La increÃble vida de Marcos Ana, al cine por Almodóvar
23 años en la cárcel, dos veces condenado a muerte, escribiendo poemas para mitigar el dolor, la injusticia y el desánimo. Este apasionado comunista entró en la cárcel en 1939 y no salió hasta 1962. El director Pedro Almodóvar ha adquirido los derechos de su biografÃa para llevarla al cine. La experta en fotografÃa, SofÃa Moro, retrató su historia en el libro ‘Ellos y nosotros’. Te la ofrecemos Ãntegra.
MARCOS ANA
Ventosa del RÃo Almar,Salamanca,1920.
COMUNISTA. 23 AÑOS PRESO Y DOS VECES CONDENADO A MUERTE.
Fernando Macarro procede de una familia muy humilde y profundamente católica. Con quince años se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y abandonó la religión. En julio de1936 marchó al frente, pero le devolvieron a casa por ser menor de edad. Se incorporó finalmente en 1938 llegando a ser comisario polÃtico del partido comunista. Al acabar la guerra fue encarcelado y torturado. Se le juzgó en dos ocasiones y de las dos salió con condena de muerte. Cumplió casi 23 años de prisión. En la cárcel comenzó a escribir poemas firmando como Marcos Ana. Fue indultado en 1961. Ya libre, marchó a Francia y se dedicó a viajar por todo el mundo convertido en un sÃmbolo de la solidaridad internacional y de la lucha antifranquista.
‘Tengo la friolera de 82 años, aunque, como digo siempre, esos son años de edad. De vida tengo 59, que son los que quedan al restar los 23 que pasé en la cárcel. Entré con 19 años en mayo del año 1939 y salà en el año 1962 con 42. Soy la persona que más tiempo seguido ha pasado en las cárceles franquistas. Yo procedo de una familia muy humilde. Mis padres eran campesinos sin tierra y analfabetos. Cuando tenÃa seis años, nos trasladamos a Madrid y nos afincamos en Alcalá de Henares. Allà vivà mi adolescencia y mi juventud hasta que comenzó la guerra. No pude ir al colegio, ya que mi familia no tenÃa recursos y enseguida me tuve que poner a trabajar. O sea, que yo estudié prácticamente las cuatro reglas, como se decÃa entonces. Mis padres no pertenecÃan a ningún partido. Eran profundamente católicos. Eran tan sumisos que cuando pasaba el amo hacÃan la señal de la cruz, como si se tratara de un representante de Dios en la tierra. Por ese motivo yo en mi infancia era católico y, en mi adolescencia, más de una vez me sangraron las rodillas de hacer penitencia en las iglesias.
Un dÃa, serÃa el año 35, con quince años, asistà con un grupo de jóvenes católicos a un mitin de las Juventudes Socialistas en Alcalá para repartir nuestra propaganda. Me quedé escuchando lo que decÃa el orador y me di cuenta de que aquel hombre estaba hablando de mÃ, de mi casa y de mis problemas. Me empecé a interesar por lo que aquella gente decÃa. Pasé por un proceso de transición muy difÃcil. En esta época, a lo mejor durante el dÃa estaba vendiendo los periódicos de las Juventudes Socialistas pero después no me acostaba sin hacer mis oraciones. Acabé afiliándome y, durante la guerra, me pasé al Partido Comunista.TodavÃa continúo defendiendo las mismas ideas. Hemos cometido muchos errores, sin embargo mi corazón sigue en el mismo sitio.
Al empezar la guerra, la JSU formamos un batallón al que llamamos batallón Libertad. Yo, con 16 años, era la mascota. Fuimos a la zona de Peguerinos, en la sierra de Madrid. A los pocos meses el ejército se regularizó, y a los menores nos enviaron a casa. Entonces me dediqué al trabajo polÃtico en Alcalá. Fui secretario general de esa comarca hasta el año 38. Ese año, los jóvenes tuvimos la idea de movilizar a los menores de edad. Organizamos dos divisiones de lo que se llamó Voluntarios de la Juventud. De vez en cuando aparecÃa el padre de algún chico y se lo llevaba de allà a caponazos. Era increÃble, ¡chicos de 15 y 16 años movilizados!
Cuando cumplà los 18 años me incorporé al ejército. Fui comisario polÃtico en una unidad. Después fui instructor de la juventud en el Ejército del centro hasta el final de la guerra. Se corrió la voz de que quienes tuviéramos responsabilidades polÃticas debÃamos concentrarnos en el puerto de Alicante, porque nos iban a sacar de España. Nos concentramos a miles, pero nuestros barcos nunca llegaron. Los que llegaron fueron los de Franco. Y la División Littorio, que llegó por tierra. Nos atraparon a todos. Me llevaron al campo de prisioneros de los Almendros y, a los pocos dÃas, me trasladaron al de Albatera, de donde me escapé, lo que resultó relativamente fácil ya que habÃa muchÃsima gente. Conseguà llegar a Madrid y me escondà en casa de un amigo. A los pocos dÃas un confidente me entregó a la policÃa. Me cogieron por ingenuo y por impaciente.
En pleno año 39 estaba tratando de organizar la resistencia, contactando con los amigos. Uno de los que llamé se habÃa hecho confidente y me denunció. Me llevaron a la cárcel de Porlier, un antiguo colegio. Muchas veces me paseo por ahà y veo un espectáculo que me recuerda a nuestra época. Las madres van a buscar a sus hijos y eso me recuerda a cuando nuestras familias iban a recoger nuestros paquetes o a llevarnos los suyos. También iban a buscar los cuerpos de los que habÃan sido fusilados. Muchas veces las madres llegaban con el paquete y se tenÃan que volver. «No, señora, su hijo ha sido fusilado». Yo estaba condenado a muerte, lo habitual en esos dÃas. Hasta tal punto, que cuando la gente iba al consejo de guerra al volver estábamos todos esperándoles para saber qué condena traÃan. A lo mejor venÃan con los ojos llenos de lágrimas: «¡Treinta años! ¡Treinta años!». Y te abrazaban, porque traer treinta años de condena era una suerte, era evitar el fusilamiento.
Desde el principio empezamos a montar una organización clandestina en la prisión. Una organización muy cerrada y muy opaca. Cada miembro conocÃa sólo a dos compañeros, el que te pasaba las cosas y al que tú se las pasabas. En el año 43 creamos un periódico al que llamamos Juventud, destinado a mantener el ánimo de los presos y a mantenerlos informados. Estaba primorosamente hecho, incluso llevaba dibujos. Un dÃa sorprendieron a un chico leyéndolo. El chico confesó y yo entonces decidà entregarme para evitar que cayera más gente. Estuve casi un mes en la Dirección General de Seguridad, donde me torturaron cruelmente. Me machacaron vivo, pero no delaté a nadie. La tortura es una pelea extremadamente difÃcil. Llega un momento en que temes por tu razón. El problema es que mientras tú estás bien, aunque te machaquen, si tienes moral, lo soportas. Lo malo es que pasa el tiempo y empiezas a temer, porque dices: «¿Pero hasta dónde voy a controlar mi cabeza?». Mi fortaleza era imaginarme mi vuelta a prisión.
A mÃ, en la prisión, todo el mundo me querÃa. Me llamaban el chaval porque era de los más jóvenes, y todos me conocÃan. Yo pensaba: «Si vuelvo sin haber entregado nada, después de haber salvado la situación y habiendo resistido, ¡joé!, la gente me va a comer a abrazos. Pero ¿y si vuelvo después de haber hablado? No me voy a atrever a mirar a nadie a la cara, seré como un pelele, siempre solo en un rincón del patio». Eso era lo que me daba fuerza. Después de estas torturas, me condenaron por segunda vez a muerte. Cuando las penas de muerte se conmutaron por treinta años, a mà me cayeron sesenta. Un dÃa, cuando me encontraba en la Dirección General de Seguridad tirado en la celda, lleno de sangre y hecho un guiñapo, de repente sentà que me lanzaban un papel por el ventanuco. A rastras, como pude, cogà el papel. Era un retrato de Lenin, que alguien habÃa arrancado de algún libro. Nunca supe quién me lo mandó. Lo cierto es que, para mÃ, desde ese momento, fue como si yo ya no estuviera solo. Como si alguien estuviera vigilando y controlando mi situación y mi comportamiento.
TenÃa el retrato enterrado bajo la arenilla del suelo de mi celda. Cuando bajaba, lo desenterraba y hablaba con él: «Mira, camarada, cómo me han puesto, pero no temas, que yo tendré fuerza suficiente para defender al partido». Un dÃa, estando en el calabozo, oà unos gemidos y me asomé por el ventanuco de mi puerta. Vi que traÃan en brazos a un preso al que habÃan torturado. Me di cuenta de que aquel hombre estaba entregado. Que ya habÃa confesado algo y que estaba vencido. Yo, que era todavÃa un niño, tenÃa 21 ó 22 años, desenterré el retrato de Lenin y le dije: «Tú sabes que por nada del mundo me desprenderÃa de ti, pero te necesitan en la celda número 27». Cuando me sacaron al servicio, pasé delante de su celda y le tiré la foto. Parecerá un milagro, pero al dÃa siguiente, cuando oà que venÃa este preso, me asomé y observé que venÃa andando por su pie y en su mirada habÃa una luz tensa y distinta a la del dÃa anterior. Aquel hombre se habÃa rehecho. Recibir la fotografÃa lo resucitó.
Años después, en la cárcel de Ocaña, oà a un hombre contar la historia. Entonces me di a conocer. «¡Yo soy el que te pasé la foto!». Me confirmó que ya habÃa denunciado a alguien y que, cuando se encontró con el retrato, se golpeaba contra la pared, desesperado. Muchos años después, en Moscú, visitando el museo de Lenin, Yeltsin me enseñó el papel en el que yo escribà esta historia junto a la famosa fotografÃa de Lenin con un pionero en la Plaza Roja. Se lo enseñaban a todos los españoles.
En la prisión, en un primer momento, lo único importante era sobrevivir, hasta el punto de que en Porlier, al poco tiempo de entrar, no quedaba ni un hierbajo en el suelo. Las hierbas del patio las cogÃamos, las metÃamos en agua a hervir y nos las comÃamos como podÃamos. Muchas mañanas te encontrabas con que, no sólo faltaban los compañeros que habÃan fusilado, sino que también muchos aparecÃan muertos a tu lado, de hambre o de frÃo.
La situación cambió coincidiendo con el fin de la Guerra Mundial. Nuestras familias se habÃan rehecho y nos podÃan ayudar. Europa pudo volver sus ojos a España y se empezaron a organizar comités de amnistÃa, socorro popular… y comenzó a llegar algo de esta solidaridad, que nos ayudó a sobrevivir. En esa época empezamos a estar más tranquilos y más alimentados y gracias a eso empezamos a organizarnos mejor. Éramos como un estado dentro de otro estado. Montamos clases clandestinas. TenÃamos cientos de libros escondidos. Era muy fácil introducir libros en la cárcel. Lo difÃcil era mantenerlos ocultos. Lo que hacÃamos era coger de entre los libros de la biblioteca de la cárcel, casi todos religiosos, el libro más parecido al que querÃamos camuflar. Desencuadernábamos los dos libros, cogÃamos las tapas del libro legal con las cien primeras páginas, que era donde aparecÃan el sello de la cárcel y las firmas del director y del capellán e Ãbamos intercalando cien páginas de nuestro libro y cien del otro y asà sucesivamente. Como tenÃamos buenos artesanos, componÃamos de nuevo el libro que, por fuera, era La historia de Santa Genoveva y, por dentro, El capital.
TenÃamos de todo, y todo clandestino. HabÃa una escuela de pintura e incluso organicé una tertulia literaria en los últimos tiempos.También hacÃamos una revista, que sacábamos de la cárcel y que se reproducÃa y se difundÃa fuera. La cárcel fue mi universidad. Conocà a mucha gente. Coincidà con Buero Vallejo y con Miguel Hernández entre otros muchos. Miguel Hernández era una persona entrañable, murió de franquismo en la prisión de Alicante en el año 42.
Unos años después le hicimos uno de nuestros homenajes: Esperábamos a la noche, a que cerraran las galerÃas. Entonces montábamos un pequeño escenario con mantas y sábanas. En las ventanas algunos presos se dedicaban a la vigilancia y asÃ, en el silencio terrible de la cárcel, hacÃamos los homenajes. El de Miguel Hernández lo titulamos ‘Sino sangriento’, que es el nombre de uno de sus versos. TenÃa tres actos, con los nombres de tres de sus libros: ‘El rayo que no cesa’, ‘Vientos del pueblo’, que trata de la guerra y ‘Cancionero y romancero de ausencias’, que era el de la cárcel. Unos narradores relataban los hechos y una pequeña banda de música se colocaba detrás del escenario con sus instrumentos realizados con los palos de las escobas y con cosas asÃ. Era muy ingenioso: se cortaba un trozo de escoba de caña. Unas gomas sujetaban un papel de fumar en cada punta y se le abrÃan unos orificios. Sólo con eso salÃa una música preciosa, que era como un zumbido, pero muy bonito. Una cosa tremenda. Esa bandita, compuesta por cuatro o cinco personas, iba poniendo música a determinados pasajes. Cuando los locutores contaban la parte de la guerra de España y de los soviéticos se oÃa La Internacional. Con los franceses y André MartÃ… se oÃa La Marsellesa. Los mexicanos con Siqueiros y tal… se oÃa La Cucaracha. Todo a media voz. Se titulaba Homenaje a voz ahogada a Miguel Hernández. Fue algo impresionante, en medio del silencio de la prisión. De vez en cuando, oÃas el «alerta» de los centinelas desde las garitas.
Toda la noche: «¡Alerta el uno!, ¡Alerta el dos!, ¡Alerta el tres!». Eso se hacÃa para que el cabo de guardia supiera que no se habÃa dormido ninguno de los centinelas. Hicimos otros homenajes a Rafael Alberti y a Neruda. Creo que jamás se podrá concebir un homenaje más emocionante que éste. Ésta fue mi escuela y la de mucha gente, y asà pasé los años de prisión.
Hoy miro aquello casi con nostalgia, «¡Joder, aquélla fue una de las épocas más hermosas de mi vida!». SabÃas que el futuro te pertenecÃa, aunque estuvieras sufriendo y te pudieran llenar la cabeza de plomo, aunque te tocara caer, pero nos parecÃa que el futuro era nuestro. Se vivÃa con esperanza. El talón de Aquiles del preso era la familia. Si veÃas a alguno triste, preocupado, andando solo por el patio, es que su familia tenÃa algún problema.
Empecé a escribir en la década de los cincuenta. Todo empezó porque me sacaron de la galerÃa y me llevaron castigado a celdas. Allà estaba aislado. Los funcionarios te sacaban el petate por la mañana y no te lo devolvÃan hasta la noche para que fuera imposible tumbarse durante el dÃa. Entonces los compañeros, los destinos, que eran quienes barrÃan y hacÃan la limpieza, se encargaban de introducir comida o lo que fuera en el petate antes de devolvértelo. Una de las veces me metieron unas hojas arrancadas de libros de Rafael Alberti y de Neruda. Las manoseaban antes para que el sonido del papel dentro del colchón fuera imperceptible, porque los guardias a veces lo inspeccionaban para ver si notaban algo raro. Releà aquellas hojas más de mil veces, y eso me creó un clima un poco particular, que hizo que empezara a escribir con un pequeño lapicero que me habÃan pasado.
Cuando salà de celdas me animaron a continuar diciéndome que lo que habÃa escrito estaba muy bien. Lo sacamos al exterior, como el náufrago que lanza un mensaje al mar en una botella sin saber si va a llegar a algún destino. No le di más importancia. Tiempo después, llegó un paquete de México, en el que nos mandaban revistas y otras cosas que nuestras familias nos pasaban clandestinamente. Entre todas esas cosas, venÃa un librito mÃo, con ocho o diez poemas. Aquello me hizo pensar que esta era una forma más de ayudar a que la gente comprendiera nuestra situación. Entonces pensé que debÃa adoptar un nombre para firmar mis cosas. Pensando en mis padres me puse Marcos Ana.
A mi padre lo habÃan matado en la guerra y mi madre murió, la pobre, cuando me condenaron por segunda vez a muerte. Anduvo deambulando por la puerta del penal de Burgos intentando verme. No lo consiguió. La encontraron muerta en una zanja. Poco a poco empecé a contactar con los poetas en el exilio. MarÃa Teresa León y Rafael Alberti, se valieron de que Paco Rabal pasaba por Buenos Aires y le dieron una pequeña nota, que me pasaron dentro de un tubo de pasta, que decÃa: «Cuéntanos algo de tu vida». Entonces les compuse un pequeño poema: Mi vida os la puedo contar en dos palabras: Un patio y un trocito de cielo donde a veces pasan una nube perdida y algún pájaro huyendo de sus alas. A partir de aquel poema, que titulé ‘Mi corazón es patio’, empecé a ser conocido fuera de las cárceles.
En el extranjero la campaña en mi defensa fue muy fuerte. Entonces el Gobierno promulgó un decreto, según el cual las personas que llevaran más de veinte años ininterrumpidos en prisión serÃan excarceladas. Fue una cosa insólita, ya que fui el único al que le afectó. Normalmente, nadie estaba en prisión más de veinte años o, como mÃnimo, se entraba y se salÃa cumpliendo la condena en dos o tres veces. Pero yo estaba condenado a sesenta años y fui el único que salà de la cárcel gracias a ese decreto.
Cuando conseguà la libertad a finales de 1961, salà en los periódicos de todo el mundo. Fraga, que entonces estaba en el Ministerio de Información y Turismo, reaccionó con un folleto que se titulaba: Marcos Ana, asesino, en el que me atribuÃan todo lo que habÃa pasado en Alcalá de Henares durante la guerra. Si eso hubiera sido cierto, me hubieran fusilado muchos años atrás. De todas maneras, sólo puedo agradecérselo, porque eso me dio todavÃa más publicidad. SabÃa que el aparato clandestino francés iba a venir a buscarme. Estuve unos dÃas en Madrid, en casa de mi hermano, hasta que vino a buscarme un matrimonio francés. QuerÃan que me aprendiese de memoria mi nombre en francés, pero yo ni me aprendÃa mi nombre ni nada. Entonces, la mujer me puso una bufanda, me tapó un poco y salimos. El coche era de una marca importante y el hombre iba ataviado con gorra y uniforme de chófer. La mujer se sentó detrás conmigo y, cuando llegamos a Irún, le dijo al guardia: «Por favor, dese prisa porque mi marido está enfermo». Y asÃ, con pasaporte falso, pasamos la aduana.
Cuando llegué, lo primero que hice fue organizar el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE) presidido por Picasso, pero dirigido por mÃ. HabÃa muchÃsima gente: Yves Montand, Piccoli, Jean Paul Sartre, Jean Cassou… Desde allà empecé a organizar las campañas de solidaridad internacional. He viajado por casi todo el mundo. Mi vida ha sido muy intensa y apasionante. Me ocurrieron cosas muy graciosas.
Siempre he parecido mucho más joven de lo que soy. Salà de la cárcel con 42 años, pero sin embargo parecÃa que tenÃa veintitantos. En una ocasión, habÃa ido a Inglaterra para pronunciar una conferencia en el parlamento. Me acompañaba un intérprete, que era un ex brigadista, profesor de español que tenÃa lesiones de guerra y estaba cojo, e iba con un bastón. TendrÃa 45 años, pero estaba muy envejecido. Cuando nos hicieron pasar, yo, como siempre he sido nervioso, entré deprisa, subiendo la escalera a gran velocidad. Me extrañó que nadie se moviera cuando aparecà en el escenario. Cuando, unos segundos después, entró el intérprete con su bastón, cojeando, todo el mundo se puso en pie, aplaudiendo. ¡Para un inglés era inconcebible que yo, que parecÃa un jugador de rugby, hubiera estado 23 años en la cárcel, torturado y condenado a muerte, tenÃa que ser el otro, que iba con su bastoncito.
Estas conferencias nos permitieron dar a conocer nuestra lucha. SolÃan preguntarme qué habÃa sido lo más difÃcil. Lo más difÃcil para mÃ, después de tantos años de prisión, fue la libertad. Yo en la cárcel sabÃa vivir. Era como un pedazo más de aquellas piedras. Lo difÃcil fue salir a los 42 años, después de 23 encarcelado. Fue como si me hubieran abandonado en un planeta extraño. Para mà fue una cosa tremenda: la adaptación a la vida, a la libertad…
Fue lo más difÃcil. Al principio, vomitaba los alimentos, no podÃa subir a los vehÃculos, incluso los ojos se me enrojecieron, puesto que el nervio óptico, en la prisión, se va retrayendo. Como se tienen paredes o muros delante en todo momento, se acostumbra a enfocar siempre cerca, y va perdiendo facultades. Si estaba en una habitación o en una calle donde hubiera edificios altos, la vista se protegÃa y estaba tranquilo. Pero cuando salÃa al campo me mareaba, como si me hubieran puesto unas gafas que no eran mÃas. Fue un tiempo difÃcil, porque no conocÃa y no entendÃa muchas cosas del mundo al que habÃa salido.
TenÃa conciencia de que era un ser adulto, pero, al mismo tiempo, tenÃa la candidez y la inexperiencia de un adolescente. Por ejemplo, nunca habÃa estado con una mujer. Cuando salà en libertad, uno de mis amigos vio que me quedaba atontado mirando a las mujeres por la calle. Salimos una noche juntos a un cabaret y él pensó que lo que más ilusión me harÃa serÃa irme con una mujer. De modo que cogió a una chica, le dio mil pesetas y le dijo: «Toma, para que te vayas con mi amigo». Cuando me quedé a solas con esa chica, yo querÃa que me tragara la tierra, porque no sabÃa cómo comportarme. Ella se creÃa que estaba borracho y cuando intentó devolverme el dinero, tartamudeando, le conté lo que me sucedÃa. Que habÃa pasado 23 años en la cárcel, no conocÃa a ninguna mujer y ésa era mi primera experiencia sexual. Ella me dijo: «Mira, yo voy a perder contigo unos cuantos miles de pesetas».
Dimos un paseo. Luego me llevó a cenar a la Torre de Madrid. Lloró conmigo cuando le contaba las cosas de la prisión. Recuerdo que me besaba las manos llorando. Le hablaba de un mundo que ella desconocÃa. Luego fuimos al hotel. A pesar de mi timidez y de todas mis inhibiciones, esa mujer consiguió con una ternura y una humanidad extraordinarias que yo hiciese el amor por primera vez. Me despertó por la mañana. HabÃa traÃdo chocolate con churros. Me marché a casa con un nudo en la garganta, sabiendo que esa noche no tendrÃa dinero para volver con ella. Al llegar,descubrà en mi bolsillo las mil pesetas y una nota que decÃa: «Para que vuelvas esta noche». Estuve todo el dÃa haciendo tiempo, deseando que llegaran las ocho o las nueve de la noche para poder ver de nuevo a esa mujer. Pero, poco a poco, me fue asaltando la idea de que si la veÃa se iba a romper el encanto de la noche anterior. Esas mil pesetas las habÃa ganado ella, y, si iba a verla con ese dinero, yo iba a tratarla como una prostituta, es decir, que yo iba a prostituirla más.
Decidà no ir, pero continuamente sentÃa la necesidad de volverla a ver. Me decÃa: «Qué importa. Ella conoce todas las noches a cuatro o cinco o diez hombres. ¡Qué le importará a ella!» Mientras deambulaba, pasé por delante de una floristerÃa y, sin pensarlo demasiado le dije a la mujer: «Mil pesetas de flores». Hicimos un ramo enorme, y lo dejé en el hotel con una tarjeta con su nombre, Isabel Peñalva. No la olvidaré nunca.
En el CISE, en ParÃs, estuve hasta que murió Franco. Bueno, en realidad no volvà hasta finales del 76, porque yo fui de los últimos a los que proporcionaron el pasaporte. Cuando volvà a España, me tuve que ir inmediatamente a Burgos, a encabezar la lista de diputados comunistas en esta provincia, como sÃmbolo de los miles de demócratas que habÃan dejado su vida en el penal de esta ciudad. No salà elegido, ya que Burgos era muy difÃcil. Luego, el partido me puso al frente del departamento de Solidaridad Internacional. Se decÃa: Ayer por España; hoy España por los pueblos. Yo me sentÃa un hijo de la solidaridad y querÃa devolver la solidaridad que a mà me habÃan prestado en la cárcel y en el exilio.
Al comienzo de la guerra, es justo reconocer que en los dos bandos se cometieron actos descontrolados. Cuando las pasiones están desatadas, es comprensible que puedan ocurrir algunas cosas. Es cierto que se quemaron iglesias y que la gente estaba descontrolada. Sin embargo, a partir del año 37, la cosa se controló y esos actos no se produjeron más. Esto no tiene comparación con lo que pasó en el otro bando. Esta gente ganó la guerra y durante cuarenta años mantuvo un ideario gubernamental cuyo objetivo fue exterminar al enemigo. Lo que hicieran durante la guerra es justificable, pero después se dedicaron a arrancar hasta las raÃces del enemigo. Hubo miles de fusilados. Un exterminio total.











