Seamos directos: “Insensibles” no ofrece nada nuevo, sino que se dedica a reordenar temas y motivos bien conocidos por todos. Pero, y esto la convierte en una de las mejores películas de género españolas que hemos visto, lo hace terriblemente bien.

Insensibles.

En su exploración del mundo de la infancia como lugar oscuro, sus flirteos (en ocasiones desaforadamente evidentes) con la memoria histórica y su reivindicación del (necesario) recuerdo de la Guerra Civil, con su intento de establecer una genealogía de la enfermedad entendida como señal de que algo va mal (y que se contagia de padres a hijos pero también entre hermanos, como los Caín y Abel mencionados por uno de los personajes), podría parecernos un pálido intento de emular mezclas similares como “El Laberinto del Fauno” o “La Cinta Blanca”, películas ya de por sí excelentes a la hora de mostrar los efectos de la guerra (o de vivir en un país preparándose para una) en los niños. Pero Juan Carlos Medina consigue armar con todo esto algunas de las imágenes más bellas (en su terrible dureza, también) y que más tienen que decir sobre uno de los conflictos más penosos de la historia de nuestro país, y todo ello en su primera película.

Enfermo, David (un estoico Alex Brendemühl) acude a sus padres para pedirles que donen algo de su médula para que pueda seguir viviendo. Lo que debería ser un cauce para la cura, el traspaso de materia sanadora de padre a hijo, se convierte en un camino abierto al horror del recuerdo de la Guerra Civil: efectivamente, su padre (Juan Diego, progresivamente desquiciado) se manchó las manos (y el alma) de sangre. ¿Drama familiar, intento de redención, propaganda a favor de la memoria histórica?.

Añadamos un ingrediente más a la mezcla: paralelamente a la búsqueda de David de sus verdaderos orígenes, volvemos atrás en el tiempo para asistir a la (también progresivamente desquiciada) historia de unos niños insensibles al dolor, que por culpa de la poco abierta mentalidad de los pueblos de montaña en la España de los años 30 (cuyos paisajes, protagonistas del tramo inicial del filme, están filmados con un onirismo y un cuidado plástico maravillosos) son encerrados en un sanatorio. En este sentido, la primera parte del film (con flashbacks previos a la guerra) se nos presenta como una variación del tema de las peripecias infantiles, combinada con una trama de investigación en la época presente.

Es en la segunda parte, cuando la guerra irrumpe en el sanatorio y David se introduce con su investigación en una ciénaga sangrienta que desembocará en suicidios, la revelación de secretos horribles y el viraje de la película hacia una especie de tragedia fantástica, cuando empiezan a temblar los cimientos sobre los que se ha ido construyendo la narrativa. Tenemos entonces la sensación de que en los resquicios de las bellísimas imágenes de “Insensibles” se ha inyectado algún tipo de veneno, de que se han contagiado con la locura fratricida de la guerra; ahora los hechos de los flashbacks afectarán cada vez más a la trama del presente, que se impregna con el horror bélico.

Insensibles.

Si en “El Laberinto del Fauno” Guillermo del Toro nos mostraba los efectos de la guerra en la fantasiosa mente de una niña, “Insensibles” no se detiene aquí y traslada el dolor hasta el momento presente: la Guerra Civil vista como enfermedad hereditaria que no será erradicada hasta que se asuma el terrible régimen de matanzas y dolor que impuso sobre todo el país, régimen capaz de convertir a un niño en una máquina de matar.

El filme evoluciona pues desde la investigación y exposición de hechos racional hacia la libre fantasía poética y elegíaca, proporcionándonos uno de los finales más hermosos (y explosivos, y locos, y por qué no decirlo, irracionales) de la historia del fantástico cine español. Buscando sus orígenes, el presente de nuestro país se encara con su verdadero padre (el conflicto civil y sus terribles consecuencias) y lo acaba aceptando, comprendiendo que si hay un monstruo que merezca nuestro perdón es aquel que ha sido fabricado por el ser humano.

En su (inútil) carrera por sobrevivir, los personajes de “Insensibles” se revelan como contagiados de esta enfermedad incurable, capaz de hacer que los hermanos se maten entre sí y que los niños se olviden de qué significa el dolor, y quizás sólo tras un incendio que acabe con todo (entendido como una verdadera asunción de responsabilidades, como un derrumbamiento de los prejuicios y el “lo mejor es olvidar”) podrá una sociedad como la nuestra resurgir de sus cenizas, como el superhombre de Nietzsche, y seguir adelante, habiendo superado de verdad el episodio más vergonzoso y terrible de la historia de nuestro país.