A veces parece que nos olvidamos de que los orígenes del cine de gángsters son, esencialmente, las páginas de sucesos o las crónicas criminales truculentas. En la multivitaminada (digámoslo ya: formalmente recargada pero argumentalmente vacía) ‘Gangster Squad’, esto se lleva a sus últimas consecuencias, abandonándose definitivamente cualquier atisbo de realismo o comentario social para lanzarse de lleno a la montaña rusa del blockbuster palomitero. Como en su momento sucedió con los otrora temibles piratas, parece que los mafiosos han sido reciclados de personaje real a estereotipo de cartón piedra del que se pueda hacer un parque temático.

Pero cabe hacer un poco de historia (si estás impaciente por enterarte de si Emma Stone se desnuda o no, puedes ir directamente cuatro párrafos más abajo). En 1931, uno de los más brillantes directores del clasicismo hollywoodiense, Howard Hawks, dirigió su ‘Scarface’, obra que inauguró muchos de los códigos del cine de gángsters. Éste y muchos otros filmes del momento pintaron a los mafiosos como figuras trágicas ávidas de poder, que se cargaban a todo aquel que se les pusiera por delante mientras combatían valientemente a la policía y de paso entretenían a millones de espectadores. Esto a la censura no le hizo ninguna gracia: se estaba ensalzando, casi se estaba ¡exculpando! a los mayores enemigos del Estado, se estaba convirtiendo en entretenimiento un hecho de actualidad de difícil tratamiento para muchos.

Gangster Squad

Por lo tanto, podemos afirmar que durante el clasicismo estadounidense las películas de gángsters (y, posteriormente, las de policías que intentaban frenar el éxito del cine criminal) se centraron en ofrecer el contenido más adecuado de la forma más transparente posible: la enorme maquinaria guionística de los años dorados de Hollywood ideó historias míticas, personajes legendarios, temas y desarrollos que hoy en día se han convertido en tópicos… estableciendo definitivamente lo que hoy conocemos como cine negro.

Este afán por simple y llanamente entretener empieza a resquebrajarse pocos años antes de que Brian de Palma se lance a modernizar la película de Howard Hawks, firmando su ‘El precio del poder’. Aunque obviamente los vaivenes de la historia siguen siendo esenciales, los directores jóvenes como de Palma, que procederán a un intento de renovación del sistema clásico por otro un poco más “autoral”, pondrán antes el acento en la forma que el contenido, creando algunos de los escenarios más opulentos y memorables que se recuerdan, y estetizando la violencia (cómo olvidar el tiroteo final en casa de Tony Montana) mediante el uso de nuevos efectos especiales y de la cámara lenta, capaz en sus manos de multiplicar la belleza de cualquier escena descomponiéndola en instantes de gran fuerza plástica, además de generadora de tensión (pensemos también en ‘Los intocables de Elliott Ness’, cuyo argumento parece conocer bien el guionista de ‘Gangster Squad’). En esta época, también, otros se dedicaron a perfeccionar el clasicismo (no hace falta decir que nos referimos a ‘El Padrino’).

¿A dónde nos lleva todo esto? Podemos trazar una línea evolutiva del género de policías y ladrones, que va del auge del contenido (planos instrumentales, que sirvan sólo para explicar bien y que no denoten una mano autoral detrás, quedando el director en segundo plano) al auge de la forma (aquí el director posee mayor libertad expresiva y puede liberar su creatividad, buscando soluciones originales que delaten una mente pensante detrás de todos los planos). Es, en esencia, un viaje que ha permitido a los cineastas explorar todas las caras del gángster, desde aquel sucio mafioso en blanco y negro obcecado en pronunciar su grandilocuente y crudo discurso hasta el gángster listillo conocedor de la cultura pop y vestido con colores chillones que nos han ofrecido gente como de Palma o Scorsese. Y gente como Tarantino se ha encargado de sobra de mostrar una perspectiva más autoconsciente: a priori, uno se pregunta si una película de gángsters al uso tiene algún sentido hoy en día, dado que parece una mina agotada desde (casi) todos los ángulos.

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Emma Stone no se desnuda. Sean Penn actúa como si dentro de él vivieran todos los mafiosos que hemos ido viendo en pantalla a lo largo de los años (lo cual queda por momentos ridículo y por momentos simplemente risible). Ryan Gosling, por otro lado un excelente actor, repite su papel en ‘Drive’, aunque esta vez lo aderece con algunos gritos aislados. Un bastante bueno Josh Brolin actúa de corazón pero se ve con dificultades para sostener este buffet libre de referencias clásicas (los sombreros oscuros, las gabardinas, el fumeteo constante, las persecuciones de coches, una sobreabundancia de tiroteos, la desaprovechada femme fatale, el equipo ultrasecreto de policías-mercenarios…).

Porque de eso es de lo que va la película: de cómo Josh Brolin arma una unidad policíaca (cada uno con su habilidad propia: hay que reconocer que la secuencia en la que son presentados causa verdadero interés, aunque luego sus personalidades se diluyan) encargada de vencer a Mickey Cohen, malvado capo mafioso que está convirtiendo Los Ángeles en un nido del crimen. Sin embargo, sus conquistas tardan en llegar y en conjunto ofrecen mucho menos de lo que esperaríamos, desembocando en un desenlace decepcionante comparado con el discurso épico que ha venido pronunciando Sean Penn a lo largo del filme (“Los Ángeles es mi destino”, aunque acabará dándose de hostias en un parque público y poco más). Entre medias, abundantes cámaras lentas, primeros planos innecesarios (esa bonita llama de mechero que no aporta absolutamente nada) y una subtrama amorosa de previsible desenlace.
‘Gangster Squad’ no triunfa, pues, ni en el contenido ni en la forma, dirigida por un Ruben Fleischer demasiado acostumbrado a las cámaras lentas y a los efectos digitales (aunque a priori no suene mal darle un toque videoclipero al noir clásico, como ya hizo con el género de los muertos vivientes en ‘Zombieland’, el resultado es un popurrí de escenas que recordamos de otros sitios alineadas a lo largo de una montaña rusa tan “trepidante” y ultra-retocada que por momentos nos perdemos entre tanto cristal surcando el aire y tanto travelling animado por ordenador) y sólo muy de lejos basada en un hecho real (sustituida la credibilidad o al menos el intento por mostrar unos hechos de forma plásticamente innovadora por la dictadura de la imagen digital y la ultra-visibilidad).

Por lo tanto, este espectáculo palomitero empeñado en disfrazar bajo una fotografía vintage y un diseño de arte cuidado un montón de tópicos de cartón piedra sobre el cine negro, intenta erigirse como modernización electrónica de un ambiente clásico (pensemos en cuando Bob Dylan empezó a usar la guitarra eléctrica) pero no acaba siendo más que un menú fast-food artificial, que entra por los ojos y se digiere fácilmente. Una muestra más, en definitiva, de la crisis de ideas originales que ataca a la industria hollywoodiense, quizás ya al final del largo viaje de investigación argumental y formal alrededor del género que empezó hace casi un siglo, y que no tiene más remedio que mirar hacia atrás (aunque con el obligado toque moderno que atraiga a la muchachada a las salas) en vez de plantearse de verdad cuál es el camino que tiene por delante.