Siete Psicópatas. La ficción inteligente

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La situación del cine de género (acción pura, terror, aventuras, etc.) es compleja hoy en día, ahora que se dice que “todo está inventado ya”. Una de las tendencias seguidas, muy en la línea del caldo de cultivo posmoderno en el que nos movemos actualmente, parece ser la de seguir la vía autoconsciente (dicho de otra forma, “sabelotodo”) y dejar claro al espectador que lo que está viendo es de todo menos transparente, mediante las continuas referencias a otras películas, interesantes juegos entre realidad y ficción o diálogos que dejan entrever que incluso los personajes son conscientes de que sus peripecias forman parte de una película, con sus códigos de género.

En el pasado Festival de Sitges, sin ir más lejos, pudimos ver filmes de género fantástico como “Holy Motors” o “Berberian Sound Studio” (y no nos olvidemos de que ahora mismo podemos encontrar en la cartelera a un Schwarzenegger que se hace un homenaje a sí mismo, en “El último Desafío”), obras cuyo interés esencial recae en que “conocen” sus precedentes, los códigos y películas más destacadas del género al que pertenecen, y no tienen miedo a la hora de mostrarlo.

Siete Psicópatas

A priori, el mecanismo seguido por “Siete Psicópatas” (dirigida por un Martin McDonagh que ya demostró el lado tierno de los tiroteos en “In Bruges”) debe mucho a esta forma de entender el cine, es una película que “sabe que es una película”. Así, las peripecias de Colin Farrell, guionista de Hollywood que quiere llevar adelante una historia protagonizada por “siete psicópatas”, y su amigo Sam Rockwell (actor genial que en este caso le roba el perro al peligroso mafioso interpretado por un Woody Harrelson en el punto justo de histrionismo) tienen, esencialmente, dos dimensiones.
Por un lado, tenemos una alocada trama a ratos criminal (Harrelson persigue a Farrell y a Rockwell, o ellos le persiguen a él, dejando un ingente rastro de cadáveres y aumentando las ganas de venganza por ambos lados) y a ratos reflexiva y pseudo-espiritual (procedimiento divertidísimo y muy poco común en este tipo de filmes, elegía por el western que se produce cuando los personajes se retiran al desierto), que debe mucho a gente como Guy Ritchie, los Cohen, Matthew Vaughn o incluso Tarantino (sobre todo por su galería de gente excéntrica, seres a veces crueles y a veces tiernos, con extrañas manías, entre los cuales tenemos a Christopher Walken o a un envejecido Tom Waits; sus giros violentos e inesperados; los diálogos inteligentes y enrevesados que restan seriedad al asunto o el intento de humanizar a esos mafiosos que siempre se han visto como gente sin alma, ridiculizándolos como sólo los británicos saben hacerlo).

Pero uniendo todo esto (es decir, encima, entre medias, debajo, qué importa) encontramos una especie de ente pensante, autoconsciente con respecto a la película y con respecto al género de acción en el que se enmarca. Así, los personajes ideados por Farrell pasan a formar parte de la acción, se entremezclan sus atributos inventados con otros reales, los protagonistas parecen completamente seguros de que se encuentran en una película de tiroteos, sus acciones, pensamientos e ideas influyen en el guión que Farrell va escribiendo, que a su vez impregna los hechos, los hace cambiar y lleva a los protagonistas en un constante vaivén entre lo imaginario y lo real (si entendemos real como la ciudad de Los Ángeles, escenario increíblemente ficticio en el que viven, o ese retiro al desierto en el que “no sucede nada”, a petición de uno de los personajes). Es difícil ser más concreto: se trata de un experimento que es mejor ver y oír, sentir, con tus propios ojos.

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Lo que a primera vista parece un filme de acción cómica más, se revela como un verdadero lienzo de libertad que se permite reflexionar sobre el género (los personajes esperan un “tiroteo final”, como es normal en este tipo de filmes), jugar guiñándole un ojo al espectador y, sobre todo, ensanchar los límites de la autoconsciencia: “Siete Psicópatas” no se limita a citar, a homenajear, sino que mezcla, colorea, deforma sus referentes y juega con las expectativas del espectador, convirtiéndose en una película tan inteligente que se va pensando a sí misma, se va construyendo sobre la marcha incluso contando con un guión tan preciso y eficaz.

Pues podría pensarse, según lo dicho, que son muchas las dimensiones y los recovecos que plantea un juego, en los límites entre realidad y ficción, como es “Siete Psicópatas”, y que quizás el espectador poco avezado se pierda. No es el caso: la acción se desarrolla de forma tan orgánica y natural, el desdoblamiento entre película de género y instrumento de reflexión está tan bien resuelto e intercalado, que se trata de un filme que disfrutarán tanto aquellos que vayan buscando un “Snatch” a la americana (todo lo americano que puede ser un británico dirigiendo en Hollywood) como aquellos que vayan al cine buscando algo más, una dimensión filosófica que, como mínimo, nos haga plantearnos preguntas sobre los límites de lo real y lo imaginado.

“El teatro no puede morir. Forma parte de la vida misma; todos somos sus actores. Y aunque fueran abolidos y abandonados los teatros, seguiría, “insuprimible”. Sustituyan “teatro” por “cine”, y encontrarán en estas palabras de Luigi Pirandello el discurso central del filme, una joya destinada (y esperamos no equivocarnos) a formar parte de eso que muchos llaman “cine de culto”.

“Siete Psicópatas” es, pues, una película poco común, un brillante experimento de acción y comedia, un pastel con muchas capas con unos actores francamente buenos, una banda sonora ecléctica y, sobre todo, un deseo profundo por jugar, por hacer que juguemos nosotros también y por conseguir que todos lo pasemos bien: los personajes convertidos en espectadores de su propio drama, y los espectadores convertidos en personajes en ese mundo, impregnado de ficción pero tan real a la vez, que nos propone la película.

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