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My Own Private Idaho. Crítica de mi nueva colaboradora Angélica Guzmán Miralles

my-idaho-privado.jpgNo faltará a quien le parezca un enorme atrevimiento la sola idea de poder encontrarse ‘My Own Private Idaho’ junto al resto de los clásicos. Puede que lo sea, pero tengo mis razones para incluirla entre ellos. Quizá la principal es que nos encontramos ante una película que merece ser recordada, sobre todo por el especial tratamiento que el director da a los temas escabrosos: prostitución, homosexualidad, incesto y drogodependencia. Con ingredientes como éstos era muy fácil incurrir en la vulgaridad. Van Sant trata estos temas, no sólo con naturalidad sino que podríamos decir que con alevosía, ya que se escuda en la realidad para perpetrar este perfecto y cuidado “atentado” pero disfruta con ello y se nota.

Este gran amante de los bajos fondos se dedicó durante una buena temporada a observar los barrios marginales de Los Ángeles, de donde nació ‘My Own Private Idaho’, que si bien no fue la primera en rodarse (le anteceden ‘Mala Noche’ y ‘Drugstore Cowboy’) sí lo fue en ser escrita.

Llaman la atención sus veladas escenas de sexo. Todo queda implícito: la felación, se convierte en una cara, una silla y unos billetes rancios que se escurren por un torso desnudo; el menage a trois, en una maraña de cuerpos en escorzo en la que no se ven más que pies y manos y en la que cuesta averiguar a quién pertenece cada miembro a pesar de encontrase en una foto fija; el fetichismo en un River Phoenix ataviado de holandesito que deja como una patena la ya pulcra habitación; la ninfomanía, en una esposa madura de clase alta a la que esperan en el sofá de su casa tres jóvenes de alquiler. No hace falta más para que el espectador no pierda comba y se entere con extrema precisión de lo que ocurre en cada momento.

No es de extrañar que esta técnica explotada por los clásicos (¿alguien recuerda sangre en ‘Psicosis’ o una carantoña siquiera en la ‘Lolita’ de Kubrick?) sea denostada por los directores modernos, puesto que es infinitamente más difícil sugerir que mostrar. Aquí se rescata esa forma de trabajar con luces y sombras, tan característica del cine en blanco y negro.

Otro testigo que recoge de los clásicos es el intercalado de imágenes aparentemente ajenas a la trama. Esta herencia del increíble Ingmar Bergman ha sido mucho mejor aprovechada por Van Sant (con la que ya hizo sus pinitos en la maravillosa ‘Drugstore Cowboy’) que por el fallido Daniel Bergman en su triste incursión en el cine, Los niños del domingo, prueba de que la genialidad no es hereditaria.

Resulta curiosa la transposición de la figura de la piedad en la que la virgen es suplantada por una madre trastornada de escasa calidad moral que acoge entre sus brazos a su hijo chapero en pleno ataque de narcolepsia. Buñuel también utilizó un paralelismo iconográfico del mismo estilo con la Última Cena en la magistral ‘Viridiana’.

Encontramos influencias del teatro en la escena en la que las portadas de las revistas para las que posan algunos de los personajes cobran vida y expresan sus pensamientos a modo de coro de tragedia griega, así como el momento en el que Scott (Keanu Reeves) da la espalda literal y figuradamente a Bob Pigeon con un duro y contundente monólogo interior. Toda la película rezuma un exquisito patetismo. Al más puro estilo barojiano, con un par de pinceladas Van Sant nos define a la perfección no sólo el crudo mundo en el que se mueven los jóvenes de la calle sino también la psicología de los personajes. Esto se pone especialmente de manifiesto con los clientes de Scott y Mike (River Phoenix).

Como buen homosexual reconocido, Gus Van Sant es especialmente sensible a la hipocresía y así lo demuestra con sus continuas transgresiones. Estigmatizado como todos los denominados enfants terribles de Hollywood y a la cabeza de la lista negra de la vetusta Academia, es consciente de que nunca coronará su estantería con una de las doradas estatuillas que rece «al mejor director» a pesar de haber intentado una reconciliación con el gran público con títulos como ‘Psycho’ (versión de ‘Psicosis’) y ‘Descubriendo a Forrester’, filmes que es mejor olvidar (si Cela se plagia a sí mismo y la mayor parte de la obra Lucía Etxebarría no es más que una paráfrasis de su primer libro ¿por qué iba a ser menos él?). Aunque con los años se vaya volviendo comodón y se aburguese como los hippies de los 60 siempre será recordado por la carga crítica de sus primeras películas, en las que ni la religión escapa a su ácida visión. Uno de los momentos en los que más claramente se pone de manifiesto es cuando Scott se vende por su herencia y delante de todos niega a Bob Pigeon, a quien consideraba su “verdadero padre”, conduciéndolo así a la muerte.

La degeneración en las capas altas tampoco queda impune, recordemos a la insaciable mujer acomodada, al enigmático y escalofriante Udo Kier en el papel de vendedor de recambios para automóviles, al nauseabundo buscador de la inmaculada perfección o a los policías comprados por el alcalde.

Van Sant juega con los conceptos mediante las imágenes; pone cara y voz a lo marginal, humaniza a los “objetos” que trabajan la calle, y despersonaliza a los verdugos, quienes cooperan con su consumición a que el mundo de la prostitución exista y con su hipocresía a su ilegalidad, de ahí que tanto el hombre que paga con desprecio a Mike por sus favores como los clientes que pueblan los sex-shops aparezcan sin cara; porque podrían ser cualquiera. Sin embargo, queda bien claro quiénes son las víctimas: jóvenes a los que vemos contar con apatía sus estremecedores inicios en la prostitución.

El escenario principal de la trama es el que venía siendo común en Gus hasta el momento: Portland (Oregón), lugar en el que comienza todo y donde también se rodaron algunos años antes sus dos primeros largometrajes: los ya citados ‘Mala Noche’ y ‘Drugstore Cowboy’. Sin embargo, el periplo de nuestro protagonista también nos lleva por Roma, y cómo no, Idaho para acabar en el punto de partida. Esta road movie circular da comienzo de una manera infantil presentando los títulos de crédito con colores planos y vistosos, quizás como señal de la ingenuidad del protagonista. Para situar al espectador y que todos los cabos queden bien amarrados, aparece en la pantalla la definición que el diccionario da de narcolepsia. Como se puede apreciar, no hay nada que escape al control del director.

La variadísima banda sonora se adapta a la historia como un guante, acompañándola sin eclipsarla. Todo cabe en este aparente cajón de sastre musical cuyo contenido está escogido con pinzas: Rudy Vale, cantante de principios de siglo, interpreta la delirante Deep Night (más tarde utilizada en ‘Descubriendo a Forrester’ en versión instrumental), Madonna su Cherish, Elton John Blue Eyes, los míticos y paradójicamente olvidados The Pogues con The Old Main Drag, etc. También se incluyen temas interpretados por algunos de los actores: Too Many Colors, de Aleka’s Attic, grupo en el que tocaban el desaparecido River Phoenix y su hermana Rainbow, y lo que podría considerarse un objeto de coleccionista, el grandioso Udo Kier interpretando a dúo dos temas. Lástima que ningún sello discográfico se haya atrevido a editarla.

Esta película, como la gran mayoría, es mucho mejor verla en versión original. Esto se debe, a pesar de que España sea el mejor país en cuestión de poner voces a nuestros héroes, a que esta película se llevó a cabo con un presupuesto muy bajo y nadie se esperaba que tuviera un gran tirón. El éxito la sorprendió a raíz de la desafortunada muerte de su protagonista, es decir, tres años después de su estreno en la gran pantalla de las salas de cine independiente y tres y medio después de su gran acogida en el festival de Sundance. Por lo que la distribuidora pensó que, al no estar dirigida al gran público, no merecía la pena un doblaje esmerado. Sorprenden las voces planas y faltas de énfasis y profundidad, que hacen desmerecer una serie de magníficas actuaciones (incluyendo, no sin sorpresa, la de Keanu Reeves).

Otro triste aspecto es el del título. Quien quiera conseguir esta película en vídeo, podrá encontrarla con los siguientes nombres:

·        My Own Private Idaho (el mejor título que se le puede dar).

·        Mi Idaho privado (una vulgar traducción literal que resta garra a la película).

·        Mi camino de sueños (una paupérrima y nada acertada manera por parte de la distribuidora de intentar hacer la miel para la boca del asno).

    En fin, espero que la disfruten tanto como yo y… que tengan un buen día.

Acerca de Rafael Calderón

Crítico de cine, Director y Redactor jefe en Cineralia. Admito que soy un enamorado del séptimo arte que no duda en recordar que como dijo aquel, "Nadie es perfecto"

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3 comentarios

  1. ¡Hola!:

    Me alegro de que os haya gustado. El placer es mío ;D Sí, sí, a ver si me meto entre pecho y espalda algún tutorial de esto pq me va a sacar loca…

  2. Cuando controle el editor bien tendrá tiempo de contestarte que seguro está buscando la manera, me alegro de que te gusten sus críticas, a mi también.

  3. Buena critica, me he quedado con ganas de ver la pelicula.

    Y bienvenida por estos lares Angélica.

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