
Afortunado fuí cuando en la muestra de Sci Fi descubrí esta cinta previamente avalada por los festivales de Tribeca o Göteborg. Ante su estreno mi recomendación absoluta a que se pase por taquilla. Sin delirios vertiginosos de cámara, sin borbotones de sangre que salpican las primeras filas, sin volúmenes estridentes para acentuar el pánico súbito, sin efectismos inventados por entes vacíos de imaginación, esta historia del introvertido Oskar y la enigmática y letal Eri proporciona momentos en que el horror es lo más cercano que se puede concebir al amor cándido y puro.
Todo ello sin soslayar secuencias de una crudeza feroz, en que una niña capaz de la mayor delicadeza silenciosa puede desgarrar la yugular de un incauto con la facilidad con que se puede disfrutar un helado en las calores estivales.
Pero en esta crónica de complicidades clandestinas y confidencias en la desolación blanca de las nieves escandinavas la belleza está de parte del depredador con colmillos, de esa pareja que aúna inocencia y apología de la diferencia como medio de supervivencia y complementariedad.
Y es que Tomas Alfredson nos ha regalado un compendio de la sobriedad de la cinematografía nórdica de quietud contemplativa y pasmada, y un cuento en que la víctma inerme es salvada a posteriori por un criminal que visto desde las butacas se transforma en una heroína romántica que se venga de los abusadores con una justicia poética fría e implacable como los copos que cubren delicadamente la ciudad.
Atención Spoliers-Ese tren final en que un niño entregado sin reticencias se comunica con suaves golpecitos con una niña feroz y tierna que se oculta de la luz dentro de un baúl sellado es tan conmovedor como una rebelión ante un dictador que se impone brutal y atroz-.