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A Roma con Amor. A Woody Allen le gusta Europa.

Dice Allen que en Europa se siente mejor que en su tierra natal; que aquí le dejan más libertad para elegir tramas y actores, para llevar a la pantalla exactamente lo que quiere llevar sin la mediación de productores avaros o ejecutivos simples. Quizás por eso sus últimas películas americanas han sido tan irregulares, mientras que nos ha ofrecido un puñado de filmes ambientados en ciudades europeas de los que por lo menos podemos afirmar que tienen carácter propio.

A Roma con Amor.

Su visión trágica y shakesperiana de Londres en ‘Scoop’, ‘Match Point’ o ‘Cassandra’s Dream’, el retrato erótico-festivo de Barcelona en ‘Vicky Cristina Barcelona’ y el recuerdo melancólico de la época dorada del París de los artistas en ‘Midnight in Paris’ son buenos ejemplos de esta última tendencia del neoyorquino a combinar (con mayor o menor fortuna) sus obsesiones intelectuales y formales (la dificultad de vivir en pareja, la angustia del día a día, la ironía y el punch cínico…) con ciertos valores culturales (turísticos, dirán algunos, cosa que Allen no niega) que son atribuidos a las respectivas ciudades.

El cómico que sorprendió a todos mostrando su amor por el sueco Bergman homenajea ahora a otro de sus directores favoritos: el italiano Fellini. Y más concretamente a su ‘La dolce vita’, fresco dinámico y extraño de una Roma llena de personajes contradictorios y vitales, pero también melancólicos.

En ‘A Roma con amor’, Allen nos narrará cuatro historias distintas (dado que el Decamerón bocacciano está también en el origen del proyecto), que suceden en una especie de tiempo abstracto en el que lo peculiar campará a sus anchas, en el incomparable ambiente que ofrece la ciudad más antigua del mundo. Obsesiones fellinianas, como la crítica al poder y al papel de los medios de comunicación en nuestro mundo (en la historia protagonizada por Benigni) o el amor por un cierta fantasía circense relacionada en muchos casos con el cine y los rodajes (en la historia protagonizada por Alessandra Mastronardi), se entremezclan con otros temas allenianos, como en la historia protagonizada por Jesse Eisenberg (con cierto aroma al joven Allen) y Ellen Page, centrada en los avatares de la vida en pareja y el amor que viene y va.

Crítica de A Roma con amor.

En este sentido, historias como la del cantante de ópera acuático o la de la mujer sustituida por una prostituta (buena Penélope Cruz, que nos preguntamos cuándo empezará a ser apreciada en su país de origen) sólo pueden aceptarse entendiendo el amor de Allen hacia la alocada y en muchas ocasiones provinciana comedia italiana clásica, en la que los enredos amorosos y los personajes humildes eran muy frecuentes.

Así, Allen abraza algunos de los valores cinematográficos que supone propios del nuevo ambiente en el que se mueve, introduciendo una música vital pero algo machacona que nos recuerda a las comedias clásicas de Dino Risi o Monicelli, lo que se dio en llamar commedia all’italiana (representante de la cual era el polifacético Totó, una especie de antepasado de nuestro moderno actor-director-payaso Roberto Benigni) o los ya mencionados argumentos alocados, que en ocasiones hacen parecer al filme una sucesión de relatos cortos.

Aunque no nos engañemos: Allen sigue siendo tan narcisista como siempre, colocándose nuevamente delante de las cámaras para volver a interpretarse a sí mismo, en un nuevo álter-ego neurótico pero también autoconsciente: ‘Muchos han intentando psicoanalizarme, sin éxito‘, parece un guiño a todos aquellos que disfrutamos con filmes de juventud como ‘Manhattan’ o ‘Annie Hall’.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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