sábado , septiembre 22 2018
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Berberian sound studio. Viaje al fondo del Giallo.

Cualquiera diría que ‘Berberian Sound Studio’ no es más que una mala pesadilla que, de forma progresiva, va minando el crédito (en algunos casos la paciencia) del espectador, juicio de valor a raíz del cual las opiniones sobre el filme han sido muy dispares. Aunque no se puede negar que hay bastante de esto, es mejor que pensemos dos veces: en la película de Peter Strickland hay muchas cosas más.

Barbarian Sound Studio.

Pero, antes que nada, definamos la trama: el director inglés, responsable también de la atmosférica ‘Katalin Varga’, viene ahora a introducirse en la cabeza de un ¿inocente? ingeniero de sonido oriundo de la pacífica campiña inglesa que viaja a la ardiente Italia de los setenta, contratado por un cineasta de violentas películas exploitation, un trasunto de Argento, Fulci, Bava o cualquier director fetiche de la sangrienta oleada de giallos de serie B que asoló el país transalpino en esta época.

Una vez allí, el protagonista (un Toby Jones tan contenido y a la vez tan incontenible) se enfrenta a un estudio de grabación kafkiano y sombrío y a una película terrible que desafía día tras día su capacidad de aguante. Y esto es, en esencia, lo que pasa en el filme. Cómo, ¿y no hay un final? ¿No hay una matanza, no surgen los personajes de dentro de la película y asesinan a todo el mundo? Sí y no, y aquí empiezan las particularidades de ‘Berberian Sound Studio’.

Pues no nos encontramos ya ante una sucesión objetiva de hechos, sino en un espacio intermedio entre la realidad (el traumático trabajo al que se enfrenta el ingeniero, torrente de hemoglobina que se proyecta en nosotros sólo a través del sonido) y el sueño (lugar subjetivo en la cabeza del protagonista, cáliz de posibles traumas familiares representados por misivas progresivamente deformadas, pasillos interminables de viaje onírico que eventualmente se deshacen como película ardiendo). El filme es una circulación continua entre estos dos espacios, que se contaminan el uno al otro y se confunden hasta la desaparición de una trama narrativa coherente.

Esta maniobra, que recuerda inequívocamente al Lynch de ‘Mulholland Drive’ (referencia al Club Silencio incluida) o ‘Carretera Perdida’, adquiere una grandeza particular cuando se imbrica en ella al giallo, convirtiendo el filme en una declaración de amor altamente metalingüística al género italiano y una reivindicación de la importancia del sonido atmosférico en el terror (inquietante la periódica aparición de las verduras que hacen las veces de carne humana), de forma similar a cómo la cámara de Arrebato aprendió a encuadrar sola a su protagonista. En este caso, será el oído, y no tanto la vista (dado que apenas podremos ver el filme en el que trabaja el protagonista) el que generará las pesadillas.

El espectador se enfrenta, por lo tanto, a una sucesión de escenas inteligentemente bien enlazadas aunque sin una verdadera conclusión lógica, sólo un viaje hacia un lugar mental cada vez más profundo y subjetivo, que al final, como no podía ser de otra forma, se consume a sí mismo y quién sabe si también al protagonista. Y este abrupto desenlace nos deja, siendo sinceros, con ganas de más.

Pero también debemos intentar entender la lógica interna del filme, que no es otra que la del mundo onírico: dado que nos encontramos en un sueño, en una pesadilla provocada por unas horribles películas, no podemos esperar una explosión final. Sólo podemos intentar adivinar en qué momento se despertará el protagonista definitivamente y todo habrá acabado.

Dijimos que sí (y no) había matanza final: la hay, en tanto que el horror al que se acaba enfrentando el ingeniero inglés es mucho mayor que el que pueda causar un tipo con una motosierra, y no la hay, en tanto que el filme se diluye en esta dimensión de los sueños sin ofrecernos una verdadera explosión de hemoglobina italiana final. Quizás nos encontremos ante una poesía, quizás ante un engaño: nosotros preferimos ver en Strickland a un creador que ama el cine del que habla, que no a ese malvado engaña-espectadores que muchos le han hecho parecer.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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