lunes , junio 25 2018
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Holy Motors. Las mil caras del alma

Holy Motors.

Monsieur Oscar es un ejecutivo de éxito, con una familia feliz y una casa en las afueras. Pero entonces su limusina, conducida por Céline (Édith Scob, polo central del continuo homenaje al cine de Georges Franju en ‘Holy Motors’) le lleva a París y también es una anciana jorobada que pide en la calle mientras se lamenta, y un maniquí de motion-capture, un horrible ser (ya aparecido en un fragmento de Tokyo!, otra pequeña locura de Carax) que surge de las alcantarillas y secuestra modelos, es un anciano moribundo. Y muchas cosas más que se extienden más allá del día que abarca el filme, y que nunca podremos ver: Monsieur Oscar se mueve de papel en papel consciente de ello, y nunca sabremos cuando fue el principio ni cuando será el final, o si alguna vez lo hubo o habrá.

Pues ‘Holy Motors’ no son/es (el singular y el plural se diluyen al hablar de esta película) sólo nueve posibles ficciones-personaje (interpretadas por el actor fetiche/alter ego de Carax, Denis Lavant, en un papel al que el adjetivo “camaleónico” se le queda corto), sino todas las ficciones cinematográficas (y literarias, y culturales) del mundo, o a ello parece aspirar: es el cine primitivo (con esas referencias a los experimentos de Marey, previos a la invención del cinematógrafo), es Chaplin y sus sucesores, es el cine negro y sus luces y sombras, es musical sentimental (con la aparición especial de Kylie Minogue) es fantasía desbocada y drama contenido, es una pura experiencia subjetiva moldeada a imagen y semejanza de un Carax que aparece al principio como soñador de realidades para celuloide, como introduciéndonos en este fantástico y loco mundo multigenérico en el que vive Monsieur Oscar.

Es poesía (como abstracción y concrección, balanceándose en el fino hilo entre la pura alegoría y la ciencia-ficción posible) y prosa (como crítica a la situación actual del cine), es una arriesgada mirada al hilo dorado e invisible que une todas nuestras ficciones y a aquellos que lo hacen posible; es, más que nada, una película de tesis (lo cual invita a que se la acuse de pretenciosa o vacía) acerca de nuestra cultura audiovisual y literaria y su funcionamiento. Y también es una fantástica divagación sobre el género y su funcionamiento, un intento de cuestionar el cine sin perderle nunca el amor y respeto.

Carax nos enseñará, pues, todo aquello que él parece amar acerca del hecho cinematográfico, desde la intensidad dramática hasta el gore absurdo, creando una especie de mezcla entre elegía por la progresiva muerte del cine (sustituido por “pantallas cada vez más pequeñas” en una sociedad donde ya no interesa el movimiento real, sino el simulado por gráficos 3D) y canto optimista hacia un futuro lleno de nuevas ficciones, pues el cine (como trasunto de la misión de Monsieur Oscar) es ya algo tan importante que la humanidad (o, al menos, la parte de ésta que todavía disfruta con la luz proyectada) no puede vivir sin él.

Carax, el director que más se ha interesado por la búsqueda del movimiento puro, por la abstracción e inocencia de las primeras imágenes de los Lumière, ha creído siempre en el amor como en el motor de todo. En varias de sus otras (escasas) películas (‘Boy meets girl’, ‘Mala Sangre’, ‘Los amantes del Pont Neuf‘), el amor era hacia la mujer, como elemento capaz de provocar la “sonrisa de la velocidad”, como depositaria de un amor verdadero que nunca deje de moverse, incluso pasados los años. En ‘Holy Motors’, Carax dirige todo su amor cinético hacia el cine, valga la redundancia, hacia el arte capaz de capturar y repetir el movimiento.

Y transmite este movimiento no sólo con la fluctuante historia y las continuas y atrevidas rupturas y juegos con el espectador (cambios bruscos en el tratamiento de la acción, transiciones pasadas de moda y entreactos musicales inesperados comparten cama con una planificación clásica, una paleta de colores bastante suave y unos diálogos sorprendentemente correctos y equilibrados, lejos de la poesía exacerbada de sus inicios), sino también cuestionando su existencia en el alma de su personaje principal, que irónicamente tras el desfile de máscaras se nos revela como un pobre hombre desengañado de su cometido en el mundo, y que lo único que quiere es “una misión cerca del bosque”, aunque sepa que hoy en día escasean mucho. El hombre que más cambia es aquel que percibe con mayor claridad la monotonía de su existencia, en Holy Motors.

Dice Hesse, intentando definir a su “lobo estepario”, que como cuerpo, cada hombre es uno. Como alma, jamás. Magma en constante ebullición, rayo de luz que se refleja en los infinitos espejos de nuestro cerebro, todos y cada uno de nosotros mantenemos una lucha silenciosa con aquello a lo que llamamos psique. Pues al mirar sólo unos años atrás quizá no nos reconozcamos, y pasaremos por tantos cambios como veces nos quiera u odie alguien, como veces nos queramos u odiemos a nosotros mismos. La representación de estas evoluciones invisibles del alma se ha confiado desde siempre al arte: la poesía fluctuante, la pintura sugerente, la música voluble.

Como verdadero artista sinestésico, heredero de los intensos poetas simbolistas, que es (en el primer país donde alguien se atrevió a llamar artista al director de cine), Leos Carax rompe su prolongado silencio y juega con todos nuestros sentidos y expectativas para acabar dirigiendo una película que se enfrenta de cara(s) con la problemática identitaria y experimenta desde una perspectiva genial con ella, concentrando sus atenciones también en el cine (como proceso histórico y como arte del que uno se enamora, idea esencial en el cine de Carax) y vehiculando, de forma brillante, uno de los discursos sobre el arte y la sociedad más creativos, rompedores y valientes de los últimos veinte años, en su búsqueda del alma del cine y del cine como alma. Gracias a películas como ‘Holy Motors’, se siente uno orgulloso de su amor por la imagen grabada.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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