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Mamá. Crianza fantasmal

En “Otra vuelta de tuerca”, Henry James creaba la novela de fantasmas casi perfecta al cuestionarse qué puede pasar cuando la crianza de unos niños es dejada en manos de espectros. Invocando a fantasmas psicológicos y sociales (el temor a no saber educar a nuestros hijos, el miedo a que sean influenciados por fuerzas oscuras, no necesariamente fantasmales sino más bien humanas) y no al típico chillido en la noche, el autor estadounidense inauguró una cosecha literaria y cinematográfica que pone el acento en el cuestionamiento de la infancia como un lugar de inocencia (pues los niños pueden acceder a terribles pensamientos, a ocurrencias que de adultos tendrán que olvidar) y paralelamente se pregunta acerca de los límites y el carácter de una buena educación.

Como ejemplo canónico, citemos ese “Los Otros”, de Amenábar, basado muy libremente en la novela de James y en el que el mayor terror de Nicole Kidman no era que los fantasmas acudiesen a matarla en mitad de la noche con un hacha, sino que sus peculiares (léase fantasmales) criados pudieran mostrar a sus sobreprotegidos hijos ese universo desconocido y neblinoso que es el más allá. El acierto del filme, finalmente, era revelar cómo la raíz ya estaba enferma (en un sorprendente final tan parecido al de “El Sexto Sentido”), cómo resultaba que los fantasmas pueden estar incluso en lo más cotidiano, en esta sociedad volcada en la individualidad en la que vivimos.

Mamá

Hay mucho de esto en “Mamá” (ya el título parece invitarnos a pensar en ello); pero donde el filme de Amenábar era sobrio, estilizado, respetuoso y distanciado con una historia y un género a los que tradicionalmente no se ha presentado de esta manera (y por todo esto supuso uno de los mayores logros de la historia del cine fantástico), la ópera prima de un Andrés Muschietti auspiciado por Guillermo del Toro comete tales excesos formales e incide en tantos tópicos que pierde la originalidad que respiraba su premisa.

Incitado por el desplome de la bolsa y su consecuente ruina económica, un ejecutivo (Nicolaj Coster-Waldau, valor en alza que en “Headhunters” ya demostró que era algo más que un tipo guapo) mata a su esposa y pretende hacer lo mismo con sus hijas. Pero una misteriosa fuerza que habita en el bosque lo despedaza y, de algún modo, se encarga de criar a las huérfanas durante cinco años. Este inicio es, a nuestro juicio, lo mejor de la película, pues juega al arte de la sugerencia, de ocultar información al espectador (los títulos iniciales, elipsis en forma de siniestros dibujos de los cinco años que nunca llegaremos a ver, ponen la piel de gallina sólo por lo que evocan en nuestra mente).

Una vez encontradas las niñas (por el hermano gemelo de su padre, interpretado otra vez por Coster-Waldau en un giro lúdico más propio de la serie B, y por su novia, una cambiadísima Jessica Chastain afectada por el síndrome Lisbeth Salander), la película transita por terrenos más conocidos, mostrando por un lado a ese “medio amigo” erudito o científico que investiga los pormenores del caso, sorprendiéndose desmedidamente según pierde la fe en la ciencia (figura mil veces vista, por ejemplo en “La semilla del diablo”, “La profecía” o “El horror de Amityville”, y que invariablemente sufre el mismo destino mortífero) y por otro lado los vaivenes de la familia de adopción formada por Coster-Waldau y Chastain, que tiene que soportar una presencia fantasmal en casa (interesante cómo la película “empuja” a los protagonistas hacia esta gran vivienda, clásica en este tipo de filmes, como si en su pequeño apartamento bohemio los poderes del más allá no pudieran explayarse como es debido).

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Una vez aquí, los tópicos se desatan: niñas que murmuran canciones de cuna siniestras, armarios que ocultan presencias oscuras, sueños premonitorios (este ya empieza a aburrir) que revelan elementos clave de la trama de forma rápida y poco imaginativa… Según se va revelando la identidad de la oscura presencia y los motivos de su fijación con las niñas (que, también es cierto, se convierten en uno de los atractivos principales de la cinta), “Mamá” peca de una excesiva exposición, de un abuso sistemático de los efectos visuales que hace que abandonemos definitivamente el camino de la ambigüedad, que tan bien le funcionó a Amenábar, para entrar en una especie de espectáculo animado por ordenador, en el que los primeros planos del fantasma abundan de manera excesiva y el terror se diluye.

Notamos por aquí la mano de Del Toro, que, empeñado como siempre en que empaticemos de manera casi melodramática con sus horribles criaturas (cosa que en “El Laberinto del Fauno” le salió verdaderamente bien), convierte al misterioso espectro del comienzo en un personaje más, con una psicología completamente humana (y más propia de una telenovela). Incluso el diseño del fantasma (y sus quejidos) recuerdan inequívocamente a otras producciones del mexicano.
Convertida en una especie de cuento de hadas macabro, “Mamá” parece que acaba queriendo poner contra las cuerdas a un Muschietti que pierde el norte queriendo satisfacer a su famoso productor, uno bastante atípico: pues cuando el que pone la pasta además tiene una visión artística clara y reconocible, es difícil negarle que la ponga en práctica en el filme, aunque no sea legítimamente suyo.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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