martes , diciembre 11 2018
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Erase una vez en Anatolia. Viaje al fin de la noche

Crítica de cine. ‘Erase una vez en Anatolia’.

Pocos filmes efectúan un desnudo tan valiente y poético del género de investigación criminal como el que tenemos entre manos: con las comisarías muy lejos de la acción, y los inseguros policías protagonistas preocupados por cuestiones metafísicas, la búsqueda policíaca de un hombre asesinado en las afueras de Anatolia, en medio del campo, se convierte en un viaje al fin de la noche (la primera hora y media de filme transcurre en la oscuridad, el espectador abrumado por una temporalidad tan lenta que cada paso que dan los titubeantes investigadores lo damos nosotros también) que una vez nos saca del túnel (digámoslo ya: al amanecer el cadáver es hallado, pero poco importa ya) nos encontramos tan confusos acerca de lo que hemos visto como el doctor protagonista, dividido entre la ciencia y la fe.

Aunque “Érase una vez en Anatolia” comienza al ponerse el sol en las llanuras turcas. Pero, como el sol, la película se esconde tras las montañas para dar paso a la noche más oscura. En el nuevo filme del director turco Nuri Bilge Ceylan (ganador del Grand Prix del Festival de Cannes, en empate con los hermanos Dardenne) las pausas se convierten en paisajes nocturnos, los silencios en caminos oscuros; las pesquisas llevadas a cabo para encontrar un cadáver son el punto de partida terrenal para una película a la que le da igual si el crimen se resuelve o no, centrada como está en la exploración del alma humana como territorio de luz y también de oscuridad.

Foto de Erase una vez en anatolia

No es un filme, a priori, fácil de digerir: fascinada la cámara por la inmensidad, tachonada de faros de automóviles, de la noche turca y por los diálogos cotidianos de los personajes, nos enfrentamos a dos horas y media de planos abiertos (con un trabajo de fotografía tan perfeccionista que parece que estemos ante una sucesión de pinturas de paisajes) poblados por una galería de personajes divididos entre la discusión acerca de qué queso es el mejor y preguntas de índole existencialista como, por poner un ejemplo, si es posible morirse súbitamente cuando uno lo desee.

Rodeados por la noche, en la primera mitad de ‘Erase una vez en Anatolia’ el convoy de agentes de la ley (una estricta jerarquía en la que caben el fiscal, el jefe de comisaría, el médico de la autopsia, un vehículo lleno de militares, los dos supuestos asesinos esposados e incluso los que llevan la pala para cuando toque desenterrar al muerto) se dedica a dar tumbos por el campo abierto, guiados por los confusos asesinos, un ejército de luces amarillas que comparte protagonismo con la noche turca; a un filme que encuentra su máximo placer en el trigo mecido por el viento (Ceylan ama su tierra y todos sus filmes se los dedica a ella, a sus contrastados paisajes urbanos o rurales), a una película que centra su discurso en la mera observación de la oscura naturaleza (la exterior a nosotros y la que llevamos dentro), que rompe las convenciones narrativas al revelarse como un díptico filosófico que empieza de noche y acaba de día, no se le puede pedir un tratamiento convencional del mundo.

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“Érase una vez en Anatolia” es verdadero cine moderno: es el heredero contemporáneo de los neorrealistas italianos, del contemplativo cine japonés y de los dramas pausados y metafísicos de gente como Bergman o Tarkovski, en los que la inmensidad de la condición humana sobrepasa cualquier intento de establecer una narrativa cercana a lo que llamaríamos cine para el gran público. Es, como también lo son los filmes del húngaro Béla Tarr, un intento de “remodernizar”, de darle un valor espiritual propio y consecuente, al cine actual, con las manos sucias de tanto reinterpretar lo ya dicho por otros. Es, en definitiva, un grito autoral difícil de ignorar, una de esas películas que confirman que el cine aún puede, y aún debe, desnudar el alma humana siendo simplemente lo que es: el séptimo arte.

Una crítica de cine de Ricardo Jornet.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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