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Pacific Rim. El cineasta, el espectador, el niño

Como un niño pequeño haciendo chocar sus muñecos, haciendo ruidos con la boca e imaginando que sus Legos son diminutos seres humanos tan horrorizados como fascinados por tan titánico espectáculo. Así es “Pacific Rim”, un juego infantil con el don de la grandilocuencia, un engranaje de diversión pura, inocente y liberada salido de la mente del gran arquitecto de fantasías escópicas que es Guillermo del Toro.

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La película encuentra en la sencillez su mayor virtud. El coloso se erige sobre los vestigios de Mazinger Z, Evangelion, Godzilla y demás, fundiendo el entretenimiento altivo del blockbuster hollywoodiense con la entrañable tradición del kaiju japonés. En “Pacific Rim” conviven sin empujones la parafernalia pirotécnica a la que nos ha acostumbrado recientemente la saga “Transformers” con la una amalgama de elementos subculturales de distinta índole, que van des de los videojuego al fetichismo del coleccionista, con trazos de imaginería anime y clichés cinematográficos propios de los 90.

La “sutil” reivindicación de lo analógico (que curiosamente también tenía “Battleship”) entre tan descomunal exhibición de modernidad técnica activa la mecha de la explosión nostálgica que busca Del Toro en esta película que reivindica que de la recombinación de tópicos pasados y actuales todavía puede surgir algo nuevo que descubrir o, al menos, desenterrarlo de la memoria.

En el fondo, la gracia de “Pacific Rim” es que deja un riquísimo rastro de migajas dentro de un caos perfectamente controlado que nos lleva hasta el niño que llevamos dentro. Por esto da igual que las subtramas estén desarrolladas con ligereza, que no tenga un auténtico punch emocional o que la mitad de las acciones no tengan ningún sentido; porque el puente neuronal que traza el director no va hacia la tensión dramática entre los personajes ni hacia el espectador avispado, sino hacia el niño, el adepto a la serie B de los cincuenta, el friki orgulloso y, en definitiva, hacia todo aquel que esté dispuesto a dejar que Del Toro -el cineasta, el espectador, el niño- se meta en su cerebro y estimule sus sentidos y sus recuerdos. Entonces, y sólo entonces, la conexión es perfecta.

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