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Crítica de Blue Jasmine. Woody Allen, el revolucionario

Analizamos la nueva película del director de cine Neoyorquino. La podremos ver en cines el próximo viernes 15 de noviembre.

Si por una razón el cine de Woody Allen todavía está lejos de quedar obsoleto es por la personalidad que arrojan sus guiones y por el mimetismo que algunos de sus personajes con la psique del propio director.

Blue Jasmine tiene la cualidad incuestionable de salirse de la tangente en ambas características y, a pesar del poco atino del director neoyorquino en algunas decisiones de dirección y montaje, estamos ante una obra que transita por el universo de Allen dejando una estela cáustica que vagas veces se había visto hasta ahora.

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Quizá sea porque aleja la cámara lo suficiente de Cate Blanchett y su Jasmine. Superficial, neurótica y vacía, resulta imposible de empatizar con ella pero también lo es no sentir lástima por su figura de reina caída. El genio de Manhattan afronta un gran reto con Jasmine: representar la clase alta que tanto le gusta retratar sin mostrar sus las costuras y ponerla en conflicto con su entorno. Referirse a Jasmine como una metáfora es quedarse corto porque la riqueza de matices que le añaden sus líneas y la interpretación catedralicia de Cate Blanchett la convierten en un ente mucho más significativo e icónico.

Blue Jasmine puede permitirse abrir una cantidad de temas complejos que abre (la crítica al capitalismo voraz, el valor vacuo del dinero, la denuncia a la aspiracionalidad de las clases bajas, los desórdenes sociopáticos de la formalidad de las relaciones sociales, etc.) porque su protagonista los capitaliza y los filtra en pos de una historia sin pretensión de ser emblemática ni aleccionadora, sino un retrato muy humano de una mujer que poco a poco asimila que jamás en toda su vida ha tenido nada. Y como Cate Blanchett ya va sola, a al director le basta con poner la cámara y seguir el rastro de miserias que este elemento tóxico que es Jasmine va dejando al bajar peldaños en la escala social y en mostrar un choque de clases terrorífico a través del retrato íntimo con mucho más valor que cualquier sentencia revolucionaria en boca de un arquetipo.

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Este película posiblemente sería mucho más relevante si hubiera tenido un proceso de maduración de ideas y una mayor planificación para darle un valor añadido a través de la realización, pero la de Woody Allen es una mente creativa frenética hasta el punto que uno de los rasgos característicos de su sello autoral es justamente la necesidad de manufacturar películas en serie –una por año desde el estreno de Annie Hall en 1976– sin tiempo material para madurar sus historias. No es extraño, pues, que no siempre de con la tecla adecuada y personalmente encuentro más loable el hecho de que a pesar del ritmo de trabajo autoimpuesto todavía pueda deleitarnos, de vez en cuando, con grandes películas, y más meritorio es aún que Blue Jasmine, por atrevida, mordaz y compleja, sea a estas alturas una de las mejores de su carrera.

Una Crítica de cine de Gerard Fossas.

Acerca de Gerard Fossas

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