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Crítica de El Hobbit: La Desolación de Smaug. Sombras que se ciernen

En mi crítica de El Hobbit: Un Viaje Inesperado, insistí mucho en la necesidad de entender las adaptaciones tolkienianas de Peter Jackson como un corpus cinematográfico de seis películas que, por un derecho que su director se ha ganado a pulso, trascienden las obras literarias en las que se inspira.

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Un purista de la obra de J.R.R. Tolkien podría perfectamente rasgarse las vestiduras con La Desolación de Smaug porque las libertades que Peter Jackson se ha tomado a la hora de seguir rediseñando la mitología de la Tierra Media a su antojo han ido en aumento, siempre, esto sí, con una respetuosa fidelidad por el material original. En cambio, desde el punto de vista del espectador neutro, esta película es el mejor ejemplo de cómo aplicar la idea de la serialidad en el cine, más acicalado incluso que el expansivo universo que está construyendo Marvel o las interminables aventuras de Harry Potter. Personajes nuevos entran en escena mientras viejos conocidos desaparecen para introducir nuevas tramas que favorecen el calado dramático del conjunto, pero sacrifican el espíritu lúdico y naif de la primera parte.

La trilogía de El Hobbit encara un sendero más oscuro. En su segunda parte deja de ser un viaje iniciático, pierde la fascinación contemplativa que emanaba de Un Viaje Inesperado. En posesión del anillo único los ojos de Bilbo Bolsón (fantástico, de nuevo, Martin Freeman) pierden la inocencia. Esta continuación del viaje abandona la fase de descubrimiento y la mirada de Bilbo, que experimenta el crecimiento del mal en primera persona, se convierte en el punto de vista diegético que muestra la oscuridad creciente en la Tierra Media, en forma de actitudes egoístas y almas corruptas –y también de algunos destellos de heroicidad– que aportan el amplio elenco de personajes.

De este modo, El Hobbit deja parecerse a El Hobbit y entra en la dimensión épica de El Señor de los Anillos. Si la trilogía del anillo, en su cómputo global, era una historia del bien triunfando sobre el mal, este segundo episodio incide justamente en el proceso contrario. Lo que va a justificar una tercera entrega no es que Peter Jackson se tome su tiempo dilatando la cruzada de los enanos para recuperar su hogar, sino el auge de un poder maligno que discurre en paralelo.

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Los primeros planos de personajes mirando al horizonte enunciando una gran amenaza en ciernes vuelven a acaparar protagonismo, al igual que las tintas cargadas de gravedad épica de la trilogía del anillo. Irónicamente el gran damnificado de esta apertura de frentes es Smaug, pues su despertar pierde trascendencia ante el auge de un mal superior. El duelo entre los enanos (Y Bilbo) contra el dragón, a pesar de ser el momento más esperado del film, no tiene la magnitud que sí tenía la batalla del Abismo de Helm y, por ende, tampoco tiene la fuerza climática que requiere el final de una película con el complicado papel de ocupar el capítulo central en una serie de tres. Y lo peor de todo es que lo tendría si la película se hubiera ocupado de guiar nuestras expectativas hasta allí, porque seguramente es la escena de acción que mejor ha rodado Peter Jackson en toda su carrera.

En cualquier caso La Desolación de Smaug fluye de maravilla porque tiene más acción, más contenido y además va más al grano que Un Viaje Inesperado. Sin embargo no tiene una entidad individual suficiente (en buena parte a esto me refería con lo de “serialidad” líneas más arriba) como para valorarla sin mirar hacia los costados y para poder hacerlo todavía falta una película que, pese a las ataduras argumentales que tiene, tiene muchos números de ser imprescindible. Por este motivo creo sinceramente que para valorar el corpus tokieniano de Peter Jackson habrá que esperar unos años todavía, hasta que salga la hexalogía de películas con sus versiones extendidas y remasterizadas. Entonces, y sólo entonces, podremos ver esta gran obra magna del cine contemporáneo en toda su magnitud.

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