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Her. Del amor

Charlie Brookerha demostrado ser un pionero en radiografiar una sintomatología psicológico-social sobre como la tecnología se está convirtiendo en una parte indisoluble de las relaciones humanas. El futuro anacrónico sobre el que se construye la serie Black Mirror no es más que un presente exacerbado en el que se escenifican tendencias globales en las que la experiencia vital pasa imperiosamente por un filtro digital que otorga un nuevo nivel de significación a la idea de Vivir.

Sin embargo, lo que diferencia el discurso de Brooker respecto a otros planteamientos nacidos de la misma idea (la humanidad del ser sintético de Blade Runner, los universos distópicos de Andrew Niccol, la guerra contra las máquinas que profetizan Terminator y Matrix, el humanismo robótico de A.I. de Spielberg, etc.) es que, en Black Mirror, la incorporación de la tecnología a nuestras vidas no supone un devenir apocalíptico, sino un paso natural en la evolución del hombre que abre nuevas posibilidades morales, filosóficas, físicas, emocionales y sociales que no entienden de límites más allá de la propia capacidad del hombre para asimilar los cambios a la misma velocidad que se producen.

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En este plano ideológico que enfoca el auge tecnológico contemporáneo más como un reto que como una amenaza (otra cosa muy diferente son las consecuencias derivadas de un cierto modo de empleo en manos de gente concreta) aparece Spike Jonze, un director con un contrastado talento para fundir ficción y realidad a través de la introspección de personajes complejos que viven entre ambos mundos. En Her, cuyo guión lo firma el propio Spike Jonze, se nota especialmente la influencia que Charlie Kauffman (guionista de sus dos primeras películas) ha tenido sobre su carrera –hay reminiscencias que recuerdan sobre todo a Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michael Gondry, 2004)– en cómo nutre su leitmotiv habitual y su narrativa lírica con un tema fundamental para Kauffman como es la puesta a prueba de un concepto tan vasto como la condición humana. La historia de amor que surge en Her, entre un hombre y un sistema operativo de inteligencia artificial, sirve para cuestionar y disertar sobre la dirección que están tomando las relaciones debido al influjo de la presencia creciente de la tecnología en nuestras vidas.

El punto de partida guarda muchas semejanzas con el 2×01 de Black Mirror, “Be right back”, capítulo en el que un programa informático brinda la posibilidad de reproducir la personalidad de un ser fallecido y mimetizar su personalidad. Al igual que ocurre en la serie, la pérdida es lo que empuja a Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) a encontrar consuelo en un sistema de inteligencia artificial, aunque en su caso esta pérdida no es consecuencia de una circunstancia tan radical como la muerte, sino de la propia caducidad que muchas veces tienen las relaciones íntimas. Este matiz pone en liza el hecho constatable de que los vínculos entre humanos son tan complejos y frágiles que la frustración que conlleva no saber mantenerlos se traduce en falta de autoestima y, finalmente, en un sentimiento de soledad.

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Resulta igualmente significativo que el protagonista de Her se dedique profesionalmente a vivir y a fortalecer relaciones ajenas escribiendo cartas para terceros. Al igual que hace el sistema operativo del que se enamora, su trabajo consiste en entender las necesidades de otros y cubrirlas mediante palabras, teniendo que acomodar siempre su personalidad al servicio del cliente. Este equilibrio de fuerzas entre el hombre que debe actuar como una máquina y la máquina que debe aprender a sentir como un ser humano es lo que legitima y hace comprensible el romance imposible que vertebra Her. De todos modos, si el atrevido manifiesto de Spike Jonze funciona con un nivel tan alto de precisión y veracidad es gracias, además del guión soberbio, a las actuaciones catedralicias de una Scarlett Johansson que llena los planos sólo con su voz y a un Joaquin Phoenix que interpreta para dos, ya que es a través de su gestualidad que el contraplano de otra dimensión en el que se encuentra Samantha (el sistema operativo) parece visible en la pantalla. Con la complicidad del espectador ganada, lo que sin duda es el gran logro de la película, Spike Jonze se dedica a explorar límites y a romper tabúes sin rubor alguno.

En los términos en los que se mueve Her la pregunta no es si es posible una relación afectiva intangible, sino cómo puede ser y en qué puede derivar este nuevo nivel de amor. Stendhal basa su ensayo “Del Amor”, en el que clasifica y racionaliza la mecánica de las relaciones afectivas hombre/mujer, en la carnalidad y la proyección de deseos propios en el ser amado. No obstante, Jonze elimina este cuerpo del “otro” y lo cambia por un ente superior en capacidad intelectual, algo que obliga a examinar de nuevo todo lo referente a una relación y su valores, desde la idea de la posesión o exclusividad hasta el significado mismo de la palabra “amar”, pasando por el papel del sexo como manifestación física y nexo de un vínculo amoroso (justamente la escena en que Twombly y Samantha hacen el amor por primera vez es un prodigio de planificación, ritmo y ejecución).

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De todos modos, a pesar del extraordinariamente lúcido despliegue de ideas y de la belleza exhibida a la hora de desarrollarlas, lo que personalmente encuentro más bonito de Her es su final. No sin falta de razón, muchos podrían argumentar que el desenlace que dibuja Spike Jonze es cuanto menos conservador (también es verdad que, dentro de este baremo, es el menos conservador posible), y estoy de acuerdo con ello. No obstante, lo seductor de este conservadurismo discutible es que no es más que un reflejo involuntario de estos límites de la mentalidad del ser humano de los que habla la película.

Creo que hay un cierto romanticismo en el hecho de que las propias limitaciones de imaginación del director a la hora de ir más allá con su fascinante planteamiento le hayan jugado la “mala pasada” de coronar su película con un titubeo y hacer de ella una obra maravillosamente imperfecta, como una cicatriz que recuerda que no hay nada más humano que el error y que, en el fondo, es maravilloso que así sea.

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