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Ocho apellidos vascos. Ahí va la hostia pues.

En la tierra nace el pueblo, en el pueblo sus gentes y, en sus gentes, el tópico. España tiene una bis cómica rica y natural en esta diversidad cultural, cuyas singularidades han sido recogidas a lo largo de los años en esta unidad semántica elemental del humor que es el chiste. Lamentablemente, por las razones que sean, otras manifestaciones culturales –y menos el cine, por su vocación muchas veces generalista– apenas han abrazado estas particularidades intranacionales, por no decir celebrarlas, de modo que Ocho apellidos vascos al menos tiene el mérito de ser pionera en este apartado.

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Otra cosa es el tratamiento. Resulta perturbador que siendo dos vascos los firmantes del guión (Borja Cobeaga y Diego San José) el nivel de superficialidad con el que tratan la idiosincrasia del pueblo vasco roce lo obsceno. De hecho, más bien parece que el punto de vista de la película sea de fuera hacia adentro que al revés.

El punto de partida es de manual: la clásica disociación norte/sur (que ya funcionaba perfectamente en la entrañable comedia francesa Bienvenidos al Norte) con un andaluz fenotípico viviendo un choque cultural en tierras vascas por culpa de una chica. Aunque es simple, la idea de base genera por sí sola una serie de mecanismos que podrían funcionar perfectamente, si no fuera porque el desarrollo de la historia que la sigue tiene más de la holgazanería andaluza que del ímpetu vasco.

Ocho apellidos vascos acaba siendo una ristra de chistes con gracia desigual y encaje forzado, que sólo funciona gracias a la capacidad del cuarteto protagonista –especialmente Dani Rovira– para mimetizarse con sus personajes y darle a la película los únicos toques de personalidad que atesora.

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Poder frivolizar y utilizar la kale borroka, E.T.A. o el objetivo de la independencia como objetos del humor es sin duda positivo, pero no lo es tanto hacerlo con desidia. Sería raro ver una comedia romántica asumir ciertos riesgos en su fondo discursivo (sólo algunas comedias de la factoría Apatow lo hacen de refilón), pero el colmo del caso es que incluso en el intento de ser una comedia de enredos del montón, Ocho apellidos vascos descuida incluso la parte del romance, al fin y al cabo la piedra angular de la película, y se pierde en la necesidad de buscar un nuevo chiste o una situación estrambótica de poco recorrido más.

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