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Original vs Remake: La Guerra de los Mundos

Inauguramos una sección en la que comparamos la primera versión de un filme con su remake; en este caso, nos centraremos en las dos versiones cinematográficas más conocidas de La Guerra de los Mundos, la novela de ciencia-ficción de H.G. Wells.

Escrito por el autor inglés en 1987, el libro describe, a grandes rasgos, la lucha por la supervivencia de un protagonista sin nombre en los alrededores de un Londres victoriano invadido por trípodes gigantes llegados de Marte. Una de las primeras novelas en presentar a unos antagonistas hoy en día tan normalizados como los extraterrestres (aunque ya nadie se crea que puedan venir del planeta rojo), la calurosa acogida que recibió en su momento la elevó en unas décadas al panteón de la cultura popular, eventualmente cruzando el charco para llegar a las grandes masas estadounidenses.

En su establecimiento como relato icónico de la cultura americana tiene bastante importancia el conocido incidente orquestado por un joven Orson Welles en 1938, cuando en su programa de radio “The Mercury Theatre on the Air” decidió emitir una dramatización de la novela en la que los avances de los invasores extraterrestres se iban revelando a través de boletines de noticias falsos. Aunque la reacción de los radioyentes se ha exagerado a lo largo de los años, echando más leña al fuego el propio Welles (haciendo así aún más grande la leyenda que precedía a su figura), sí que es cierto que en algunas zonas cundió una pequeña paranoia al convencerse muchas personas de que lo que estaban oyendo era real.

guerra de los mundos

Los estadounidenses viven en el miedo a los invasores; esto forma parte de su cultura (¿complejo de culpa, por haber sido ellos más invasores que nadie?) y llega a justificar muchas de las tácticas políticas y en última instancia bélicas que el país ha emprendido con el resto del mundo. Quizá sea esta la respuesta a la eterna pregunta de por qué las naves extraterrestres aterrizan siempre allí: porque tienen industria del cine para crearlo y además un substrato cultural para ponerlo en pantalla de una forma que sólo a ellos parece salirles tan bien de las entrañas.

“La Guerra de los Mundos”, como quintaesencia de esta paranoia, nos parece un buen material de base del que partir para comparar cómo en distintos momentos históricos (con cambios tanto en los valores de la sociedad como en el terreno de los efectos visuales) la cultura norteamericana se ha enfrentado a un mismo tema significativo, en la figura de dos cineastas tan dispares pero a la vez tan hermanados como el amo de la ciencia-ficción clásica Byron Haskin y el archiconocido y grandilocuente Steven Spielberg.

La Guerra de los Mundos (Byron Haskin, 1953)

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Ganadora en su momento del Óscar a los mejores efectos especiales (por aquel entonces a años luz de la geografía digital que hoy en día puebla nuestras pantallas, dependiendo pues de trucajes visuales y una infinidad de maquetas), la primera versión importante de la novela traslada la acción a Norteamérica  y utiliza la premisa original, aunque profundamente modificada, para ahondar en las constantes narrativas que caracterizaban la paranoica ciencia-ficción de los cincuenta: un científico comprometido como protagonista, una dama en apuros de la cual se enamora y un cura benévolo y humano para completar la ecuación.

Muestra imprescindible de la campaña mediática de terror hacia los oscuros propósitos de los habitantes de detrás del telón de acero, la película consigue dotar de una personalidad fuerte a sus marcianos (y a sus naves de guerra, maravillosamente bien diseñadas) para ir más allá de la mera alegoría anti-invasores que se estilaba en el género en aquellos momentos. Quizás demasiado bien valorada hoy en día, sobre todo por los enormes avances en efectos visuales que supuso (no en vano Haskin había iniciado su carrera en ese campo), “La Guerra de los Mundos” no obstante pierde bastante tras un visionado atento hoy en día.

En este sentido, los fallos más notables del filme son su obcecación en justificar la salvación de la Tierra mediante una intervención divina (cosa comprensible, eso sí, en la América del Norte hiper-conservadora previa a los años sesenta), su desarrollo absolutamente inocente y la total planicie de sus escasos personajes femeninos, y en general el deseo subterráneo de mantenimiento estricto de un orden social que acabaría cayendo no muchos años más tarde (aunque seamos conscientes de que, casi a la fuerza, una película de invasores tiene que repelerlos con un fuerte reaccionarismo que haga valer los valores propios de la tierra que se quiere defender).

La Guerra de los Mundos (Steven Spielberg, 2005)

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Si en los cincuenta los enemigos eran los rusos, a principios del siglo XXI Estados Unidos temblaba bajo la amenaza de existencia de armas de destrucción masiva provenientes de Oriente, posibles segundas partes al golpe brutal que supuso el atentado a las Torres Gemelas. Spielberg, que siempre ha defendido los valores de lo americano (aunque entendidos de una manera más progresista y políticamente correcta), decidió construir esta oda a la paranoia que acaba situando a la familia (cómo no) como garante final de los esfuerzos del ser humano.

Aun empalideciendo al lado de otros blockbusters de Spielberg en los que se plantea la lucha por la supervivencia (“Jurassic Park” como ejemplo paradigmático, el temprano “El diablo sobre ruedas”), y también sobre todo con respecto a aquellas películas en las que se trata el tema de la vida extraterrestre (“E.T.” y “Encuentros en la tercera fase”, ambas protagonizadas por aliens benévolos), “La Guerra de los Mundos” posee algunas secuencias poderosísimas en las que los excelentes efectos especiales maridan a la perfección con una de las bandas sonoras más contenidas del orquestal John Williams. Por ejemplo, la presentación de los invasores, con una amenazante tormenta de rayos que precede a la aniquilación literal (y llena de cenizas humanas) de una ciudad entera, es tan redonda que incluso desmerece al resto del filme, al que le cuesta llegar a la altura de su primera secuencia.

Además, el metraje se hace excesivamente largo, sobre todo en una especie de descanso narrativo en un sótano habitado por Tim Robbins, en el que Spielberg demuestra lo buen cineasta que es, alimentando la sensación de alienación y paranoia plano a plano, pero también pecando de una excesiva auto-referencialidad (calco de la escena de los velociraptors en la cocina de “Jurassic Park”). Pero a pesar de todos estos errores (y contando con un alocado Tom Cruise en el papel principal), el filme constituye una pieza poderosa con momentos brillantes, que consigue combinar las obsesiones familiares de Spielberg con una cierta poética de la destrucción que, sin lugar a dudas, hace justicia a la devastadora novela original.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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