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Crítica de Godzilla. De Dioses y Monstruos

Hollywood desempolva de nuevo al rey de los monstruos, Godzilla, que bajo la batuta de Gareth Edwards se actualiza para el siglo XXI sin perder sus señas de identidad; aunque este respeto por el mito no consigue levantar una película irregular y acomodada.

Legendary Pictures (productora de, entre otras, la saga Nolan de Batman o la última de Superman) parece no cejar en su empeño por darle una pátina adulta y dramáticamente seria a algunos de los iconos pop del siglo XX. Después de los superhéroes le ha tocado el turno, beneficios casi asegurados de por medio, al personaje que mejor ejemplifica el terror atávico a convertirnos en insectos frente a una amenaza gigante: Godzilla. Con una campaña de publicidad inteligentísima, que ha sabido mantener al enorme protagonista entre las sombras y ha elidido casi todos los detalles de la trama, los responsables han conseguido que lleguemos bastante vírgenes a una historia en la que el monstruo no es el enemigo de la Humanidad, sino su salvador, un antihéroe capaz de enfrentarse a los monstruos que amenazan nuestra supervivencia.

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Efectivamente, en “Godzilla” no hay un monstruo, sino varios: el del título y una especie de mantis religiosas monstruosas que se alimentan de radioactividad (sorprendentemente poco aprovechadas, todo sea dicho); y un plantel de actores principales bastante solventes, que acabarán corriendo entre las patas de los titanes. En este sentido, y en la línea de producciones anteriores de Legendary, se combinan lo íntimo y lo espectacular, con más error que acierto.

Por un lado, tenemos un núcleo dramático tópico (triángulo familiar aberrante, con quince años de por medio, entre el hijo militar Aaron Taylor-Johnson y sus padres, Juliette Binoche y Bryan Cranston) en el que abunda el estereotipo, pero funciona dentro de las coordenadas de un blockbuster típico. La primera hora de la película (digamos que la mitad; la cosa arranca poco a poco) mantendrá al monstruo en segundo término, centrándose en las desavenencias de este núcleo familiar tan descompuesto, quizás explorando a los personajes más de lo que nos tienen acostumbradas las películas hollywoodienses recientes.

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Será a partir de la primera aparición de los monstruos que los mecanismos empiecen a virar hacia el puro espectáculo; pronto llegará Godzilla y lo hará de la mejor manera posible, en la forma de una criatura animada por ordenador que respeta y mejora, hace orgánicos (se acabaron los disfraces de goma), los presupuestos iniciales del primer filme del reptil gigante, allá por 1954, y los de sus secuelas. En este sentido, el diseño de la criatura es impecable y hace justicia a toda la tradición pop que lo ha precedido; el problema es que la nueva encarnación del reptil tiene mejor aspecto que sabor, y tras empezar a mermar la trama dramática (los personajes empiezan a desaparecer uno detrás de otro, en un golpe de guión bastante estúpido) y ganar terreno los porrazos, ni siquiera los efectos impecables y los escenarios visualmente apabullantes consiguen que olvidemos la sensación general de dejadez dramática.

Y es una lástima, porque a priori “Godzilla” propone una actualización contemporánea del tema monstruoso, que se apunta pero que podría haber dado para más: si en los filmes originales, kaiju japoneses, es el ser humano el que provoca su propia destrucción (el enfrentamiento nuclear entre países es lo que crea o despierta al monstruo), ahora los monstruos tienen un origen natural, son pura fuerza de la naturaleza que viene a reparar los errores de la Humanidad (ya no tiene sentido la disputa internacional, el nuevo “enemigo” es el mismo planeta, y nos conviene dejar de llevarnos mal con él, parece decir una película sorprendentemente ecologista). En este intento de aproximarse al zeitgeist actual, muchos de los desastres que acontecen en la película tienen su contrapartida en las catástrofes (voluntarias y naturales) que ha sufrido el ser humano en las últimas décadas: el Katrina, el ataque a las Torres Gemelas, los tsunamis del Índico de 2004…

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Así, aunque el concepto es poderoso, falla en la ejecución; si Pacific Rim (también de Legendary; suponemos que reverso hedonista del filme que ahora nos ocupa) abogaba por el puro espectáculo dejando de lado una evolución de personajes hecha con dos dedos de frente, y triunfaba porque no pretendía ser nada más que eso, “Godzilla” lanza mensajes contradictorios al iniciarse como una aventura familiar que vira hacia lo explosivo sin llegar a confiar del todo en ninguna de las dos vertientes. Porque si queríamos ver monstruos dándose de hostias, los tenemos, pero por poco rato y nunca con el amor por la hipérbole (exceptuando un momento en el que Godzilla hace gala de un poder que muchos fans jóvenes no sabrán que existía) que en ocasiones se le exige a un producto de estas características.

Y, sin embargo, por momentos el filme parece apuntar hacia algún lugar fuera de los límites del blockbuster, hacia una cierta reconsideración del papel del ser humano en la Tierra y la importancia de sus mitologías; momentos como el protagonizado por Ken Watanabe, científico enamorado de Godzilla, cuando le pide al ejército que “deje luchar a los monstruos”, como si su batalla estuviera por encima de nosotros. Como si la destrucción fuera inasible, lucha de milenios de duración a la que asistimos asustados; acabando Gareth Edwards muchos planos del filme con la pura pulverización de lo que uno es capaz de ver en pantalla (las cenizas, los escombros, acaban ocupando todo el encuadre), se apunta una perspectiva poética y abrumadora que finalmente se desvanece entre los muchos fallos del filme.

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Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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