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Crítica de Amor sin Control. Vicio aséptico.

El guionista de “Los chicos están bien”, Stuart Blumberg, se estrena en la dirección en “Amor sin Control”, tragicomedia sobre las vidas de tres adictos al sexo. Aun contando con un cast realmente interesante (Mark Ruffalo, Gwyneth Paltrow, Tim Robbins…), el filme no llega a despegar del todo.

Muchas otras veces el cine se ha adentrado en la particular lógica de los clubes de adictos anónimos (pensemos en el circo de freaks de “El Club de la Lucha”, por ejemplo), pero pocas veces se había convertido en centro de la historia a un grupo de adictos al sexo que, mientras luchan contra sus ganas constantes de aliviar la tensión sexual que padecen a cada momento, se enfrentan a muchos de los problemas del hombre urbano contemporáneo (amor, relaciones paterno-filiales y demás tópicos adecuados a la tragicomedia independiente).

amor sin control

A priori, suena a premisa como mínimo interesante (aunque no particularmente original) y, de entrada, el hecho de que el filme vaya oscilando entre tres historias distintas pero simultáneas (la del viejo y sobrio Tim Robbins, alcohólico además de adicto al sexo; la del profesional urbanita Mark Ruffalo y su interés romántico Gwyneth Paltrow; la del joven e inexperto Josh Gad, que empezará su primera relación amistosa con un espécimen del sexo contrario en la piel de, sorprendentemente, la cantante pop Pink, descubrimiento interesante) podría generar ciertas correspondencias argumentales o estéticas entre vidas tan distintas pero tan similares, servir para pintar un lienzo no sólo de la adicción en particular  sino quizás del estado de angustia del hombre urbano actual.

Algo de estas nociones hay en “Amor sin control”, pero bajo la batuta vacilante y neutra de Blumberg (guionista válido pero definitivamente no un cineasta con una personalidad estética propia) toda la historia adquiere una pátina casi televisiva que aprovecha muy poco las potencialidades del hecho cinematográfico para lanzarse de lleno a una planificación totalmente acomodada, una iluminación correctísima (en el peor de los sentidos) y un diseño de arte y localizaciones que parecen sacadas de anuncios turísticos de Nueva York o catálogos del Ikea o tiendas de muebles para jóvenes urbanitas.

amor sin control

En “Shame”, verdadero ejemplo para cualquier cineasta que quiera retratar de manera intensa el problema de la adicción al sexo, Steve McQueen sumía a Michael Fassbender en un infierno de tonos pálidos y fríos, una planificación milimétrica que se encargaba de recalcar constantemente el hecho sexual y, sobre todo, dispuesto a hacer caer cualquier tipo de tabú con respecto a la representación cinematográfica del acto sexual visto como algo sucio, desagradable, mero trámite robótico en el transcurso de una enfermedad. Este mundo estético y formal ayudaba al espectador a imaginarse la psique de un personaje como su protagonista; el mundo monótono, agradable y lleno de canciones folk-pop de “Amor sin control” parece sugerir que las vicisitudes a las que se enfrentan los protagonistas forman parte de un capítulo de sit-com y demuestra una palpable falta de valentía.

Siempre y cuando uno no haya llegado al tercer acto de la película; aquí, parece que el director-guionista decide poner toda la carne en el asador y despliega en pantalla toda una serie de dramas de diversa índole en los que, de repente, el acto sexual y su violencia característica se muestran con todo lujo de detalles, en una especie de plot twist formal que convierte a Mark Ruffalo en una especie de monstruo; pero el giro no funciona simplemente porque no pega ni con cola ni con lo que vino antes, ni con la resolución de cuento de hadas que vendrá después. De hecho, recuerda a una versión deslucida, pasada por el filtro del telefilme, de la mencionada “Shame”.

amor sin control

En cualquier caso, “Amor sin control” rompe tímidamente algunos de los tabúes de la representación sexual en el cine estadounidense contemporáneo dirigido a un público amplio (especialmente en cuanto al tema de la masturbación se refiere) y cuenta con unos actores de oficio realmente solventes, que aunque no hacen, ni pretenden hacer, el papel de sus vidas, cumplen con lo que uno esperaría de ellos y consiguen levantar un poco un producto por lo general bastante mediocre, que fracasa tanto como drama (por su falta de estética comprometida con el hecho narrado) como comedia (por esos giros hacia la tragedia que deslucen bastante todo el conjunto).

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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Un comentario

  1. Después de verla, he de decir que el guión parece hacer más hincapié en la amistad y confianza que en la temática que parece exponerse en primera instancia.

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