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Crítica de Taller Capuchoc. Laberintos de papel

Carlo Padial y compañía, más conocidos como Los Pioneros del Siglo XXI, estrenan un segundo largo protagonizado por Miguel Noguera, adalid del posthumor; y el resultado es una propuesta marcadamente autoral que, una vez más, demuestra que la etiqueta de “cómico” se les queda cortos.

Justo antes de empezar la proyección, Padial advertía que la versión que íbamos a poder ver era sólo uno de los posibles montajes a los que le ha acabado llevado todo el material grabado para la película, y que en siguientes estrenos (gracias a las plataformas de autogestión de eventos, hay programado otro para este jueves en Barcelona y dos más en Madrid) se irían ofreciendo otras versiones, que quizás modificarían la trama sustancialmente o impondrían un cambio de ritmo absoluto. Así que nosotros hablaremos de la primera versión, y añadiremos este juego, imposible hace unos años, que hace que la laberíntica y engañosa estructura de la película cobre aún más sentido si cabe, dado que futuras versiones la mostrarán desde otros ángulos.

taller capuchoc

Flaco favor les haríamos si dedicáramos la presente crítica a glosar las virtudes de lo que se ha dado en llamar “cine low cost” español, como algunos comentaristas se han dedicado a hacer celebrando algo que aún tiene mucho trecho por recorrer, y no nos centrásemos en la especificidad de “Taller Capuchoc”, especie de canto de amor/odio al mundo de la literatura y la parafernalia cultural montada alrededor de él, muestra inequívoca de que la predicción de Truffaut de que “el cine del mañana narraría el día a día de su autor, gracias a los medios más baratos” se ha cumplido en ciertos círculos culturales de nuestro país de una manera tan arrolladora y original como desconocida para el gran público.

Dijo Pauline Kael, a propósito de “Amenaza en la sombra”, que pocas películas habían adaptado tan bien, sin pretenderlo, el universo de Borges. En efecto, el montaje acelerado y brusco, los cambios de música y audio inesperados y los devaneos de una trama de lamento por la pérdida de una hija alrededor de algo indefinido pero mortífero, todo ello (sumado al decadente aspecto de la Venecia oscura que presenta el filme) remite algo a Borges y a sus estructuras laberínticas, sus juegos de muñecas, y, en última instancia, a su admiración por Kafka y sus terribles y ciegos esquemas lógicos. No sabemos si Carlo Padial ha visto “Amenaza en la sombra”, pero podemos asegurar que “Taller Capuchoc” recoge muy bien ese legado entre borgiano y kafkiano que aquella proponía, y resulta en una especie de interpretación fílmica de lo que sería volver a casa tras emborracharse en el Raval, y ponerse a leer “El Proceso”.

taller capuchoc

En efecto, la película se organiza como un juego complejo de idas y venidas en el tiempo y el espacio, componiendo una realidad ocupada por una Barcelona de callejones y centros culturales brumosos filtrada por la mente de su atribulado protagonista, un Miguel Noguera que parece interpretarse alternativamente a sí mismo y a Padial, autor también del altamente autobiográfico guión. Agobiado por las deudas, presionado por un malvado editor y encerrado en su complicada cabeza, adicta al café con hielo, decide empezar a impartir un taller de escritura en una librería del centro de la ciudad; estas informaciones se van dando de manera disgregada al espectador, que o entra en este juego o tira la toalla a los pocos minutos al intentar buscar una estructura coherente que, lamentablemente, ni existe ni es necesaria aquí.

Despistando a aquellos que esperaban una comedia al uso después de “Mi Loco Erasmus”, anterior proyecto de Padial, “Taller Capuchoc” no genera las (pocas) risas a costa de explotar cómicamente a su protagonista (un Miguel Noguera confuso al estilo de Bresson, terriblemente impasible) sino en esos resquicios del día a día que aquí son mostrados desde una perspectiva extrañamente lógica, como dijo Foster Wallace que funcionaba el humor de Kafka. En este sentido, se hace complicado valorar el trabajo de los actores o el director desde las ópticas tradicionales, dado que aquí, gracias a la libertad que supone el rodaje en digital de bajo presupuesto, se genera un montaje por asociaciones, dinámico y arriesgado, y los actores son presa de ese extrañamiento que Los Pioneros llevan cultivando desde sus mucho más accesibles shows de Youtube “Go, Ibiza, Go”.

taller capuchoc

Más allá de su estilo, a lo largo de “Taller Capuchoc” quedan diseminadas diversas críticas poco veladas a los rígidos estamentos culturales y a los requisitos sociales necesarios para poder convertirse en un escritor digno, a la carrera de obstáculos infinita, convertido el arte definitivamente en industria de entretenimiento, a la que se enfrenta un novelista joven hoy en día. Aunque sea de pasada, aunque sea a través de numerosos espejos deformantes, exageraciones y saltos de montaje demenciales, Padial está tomando aquí una postura crítica necesaria y que, en su papel de ciego mecanismo de elevación/destrucción de autores literarios, aporta algunos de los momentos más brillantes de una rara avis peculiar e inolvidable.

Tras los ya mencionados estrenos en Barcelona (¡corran!) y en Madrid, la película emprenderá otras vías de distribución (plataformas digitales, sin duda; posiblemente Canal +) que permitirán a aquellos interesados que no tengan nada que perder aventurarse en un terreno narrativo y estético arriesgado pero original, que demuestra que, pese a la ignorancia de ciertos estamentos oficiales, el cine contemporáneo español bulle de ideas nuevas que libres de industria se atreven a explorar terrenos antes inimaginables. Y que así siga.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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