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Crítica de Open Windows. Múltiples ventanas indiscretas

En cualquier caso, la película pone de manifesto el arrojo creativo de este cineasta que en España muy poca gente se toma en serio, pero que es de lo más parecido a los grandes directores.

Como un futbolista capaz de irse de dos rivales en un palmo de terreno, el genio del cineasta también sale a relucir en los espacios pequeños y Open Windows es un truco de escapismo remarcable. Nacho Vigalondo se plantea a sí mismo el reto de hacer una película sin salir nunca de la pantalla de un ordenador y lo consigue, además, dejando la sensación de que ha llevado el formato hasta sus límites gracias a la explotación de un buen repertorio de recursos narrativos –como el desmembramiento en vivo del montaje cinematográfico convencional a través de la apertura de múltiples ventanas– e ideas visuales, algunas de ellas muy atractivas –especialmente las composiciones cubistas en medio de una persecución–. Chapeau.

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Viendo Open Windows probablemente a más de uno se acuerde de La Soga (Alfred Hitchcock, 1948) y vea en la decisión de Vigalondo de atarse las manos la misma tozudez de Hitchcock para reducir toda la película a un solo plano secuencia (falseado, pero secuencia al fin y al cabo). Salvando las distancias entre ambos directores –Vigalondo todavía tiene mucho que demostrar–, ambas películas gozan de las mismas cualidades y de los mismos defectos. Tienen el atractivo inherente del tiempo real a la hora de construir un relato trepidante, pero el encorsetamiento en el espacio (algo que Vigalondo hace maravillas para superar) acaba siendo un lastre que debe arrastrar.

Es el problema de siempre cuando la premisa de una película es un concepto técnico en vez de uno argumental, que al final lucen las formas y se descuida el contenido. En el caso de Vigalondo se notan más las carencias ya que, tal y como ha demostrado en sus anteriores trabajos, su mayor virtud es el guión y esta es justamente la pata de la que cojea Open Windows.

El error, si es que se puede llamar así, es la obsesión de Vigalondo por sorprender a base de giros argumentales porque lleva la película hasta el punto en el que todo vale. En películas tipo Saw (James Wan, 2004) funciona porque está arropada por el desmadre, pero Open Windows tiene una naturaleza de thriller psicológico que no tiene, necesariamente, la exigencia de terminar con todos los cabos atados.

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En este sentido, el film se acerca mucho más a la filigrana de Cronocrímenes que a Extraterrestre, una película menos compleja a nivel formal pero que jugaba mucho y muy bien con las expectativas del espectador a raíz de su capacidad para reconocer el escenario por donde se mueve. Open Windows presenta temas muy interesantes, también reconocibles (el fetichismo por una estrella de cine, el erotismo asociado al voyeurismo, el intrusismo en la intimidad que permite Internet), que se quedan sin desarrollo en beneficio de la resolución de un conflicto mucho menos sugestivo.

En cualquier caso, Open Windows pone de manifesto el arrojo creativo de este cineasta que en España muy poca gente se toma en serio, pero que es de lo más parecido a grandes directores como Hitchcock, De Palma o Polanski que existe hoy en día, y es necesario que siga haciendo películas con la misma libertad que hasta ahora, porque incluso su obra menos buena es de lo más estimulante que se puede ver en un cine a día de hoy.

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