domingo , julio 22 2018
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Crítica de Magical Girl. Me duele España

El madrileño Carlos Vermut sorprende de nuevo y entrega con su segunda película, Magical Girl, una de las experiencias más inolvidables del reciente cine español. A partes iguales suspense abstracto y costumbrismo ibérico, el filme no dejó a nadie indiferente en el Festival de San Sebastián.

Esta crítica tiene una particularidad y es su condición de invitado tardío una vez ha acabado la fiesta: en efecto, a estas alturas Magical Girl ya ha ganado tanto la Palma de Oro en San Sebastián a la mejor película como el galardón al mejor director; esta es una situación bastante poco común y el peso de estos galardones hace que inevitablemente uno tienda a intentar justificarlos, ante un filme magnífico que, sí, continúa con los hallazgos formales de su predecesor, Diamond Flash, y demuestra de nuevo que Vermut es un creador único en el panorama del cine español de cualquier época, pero no, tampoco es tan bueno de por sí como para alzarse con los dos premios gordos del festival vasco.

En este premiado filme se intuye la última etapa de un viaje cinematográfico emprendido por el cine español alternativo desde hace unos tres o cuatro años: aproximadamente, entre la aparición del anterior largo de Carlos Vermut, Diamond Flash, y la del que nos ocupa ahora. Un viaje que se ha dado en llamar el del cine low-cost, el cual, aprovechando nuevas formas de financiación, pero sobre todo de distribución y exhibición (las plataformas digitales de video on demand, esencialmente) ha permitido el estreno, minoritario, eso sí, de un buen número de películas de nuevos cineastas (y algunos antiguos, véase Juan Cavestany) que narrativa o estéticamente se han alejado de los circuitos mayoritarios del cine español, esto es, los invariablemente nominados al Goya año tras año. Y decimos final del viaje (aunque nunca se sabe) porque en muchos casos la Concha de Oro supone el abandono de algunos de estos circuitos alternativos y la entrada en el cine español académico, el reconocimiento de que un autor como Vermut también puede generar industria.

magical girl

Aunque no pondríamos la mano en el fuego por la veracidad de esta teoría, sea más o menos acertada hay que celebrar que desde San Sebastián hayan detectado el potencial de una carrera como la de Vermut, forjada en los brazos de lo independiente (no en vano tuvo que financiar su anterior filme por su cuenta), y que quién sabe si ahora que se ha convertido en un meteorito al rojo vivo podrá brindarnos en el futuro obras maestras como hacia la que parece apuntar Magical Girl, filme originalísimo pero irregular, impactante y rompedor en muchos sentidos pero imbuido de un aroma ibérico que parece provenir de la literatura de la generación del 98 y sus disputas sobre lo que significa España.

Magical Girl es en parte una película política pero sobre todo es una intriga criminal de suspense, que narra con pulso firme el trenzado de vidas ajenas que desencadena el deseo inocente de una niña con leucemia y enamorada del manga japonés (y aquí se ve el pasado comiquero de Vermut, dibujante antes que director) y más concretamente de su variante magical girl, protagonizada por niñas con poderes mágicos. Alicia desea el carísimo vestido de una de las estrellas de sus cómics. Su padre (enorme Luis Bermejo) pone en marcha una trama criminal en la que tienen mucho que decir una desequilibrada Bárbara Lennie y un siniestramente equilibrado José Sacristán (que en los últimos años se ha adherido a la causa de este nuevo cine español); el guión, sencillo pero férreo, va combinando sus destinos construyendo un mundo, el de la España en crisis actual, en el que los viajes en círculos de un montón de personajes que viven para aprovecharse de los demás parecen ser la tónica general.

magical girl

Y quizá sea este comentario sobre España, más allá de la perfectamente bien construida trama de intriga criminal (que debe mucho, aunque sea por citar algunos referentes conocidos, a los Coen pero también a un Bresson excesivamente juguetón) lo que dota al filme de un interés superior; pues parece entender la esencia del país ibérico como algo que se pierde entre lo racional y lo emocional, entre la necesidad de amoldarse a la civilizada y urbana Europa o rendirse a los instintos rurales y salvajes de lo latino, como cita clarividentemente uno de los muchos villanos de la película, comentario que viene de lejos (como decíamos, de la generación literaria del 98, muy preocupados, en un momento también de crisis como fue el de la pérdida de las colonias de Cuba, por intentar definir su país) y que Vermut ha entendido que, aunque sea irresoluble, se halla muy cerca del corazón de ese paisano al que le hablaba Machado cuando decía “Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios./Una de las dos Españas/ha de helarte el corazón” (rima política, obviamente, pero también filosófica).

Y en este interés por el tema ibérico, por supuesto, se dejan ver los ecos de otros directores que intentaron, todos ellos en vano (y quizás ahí esté la gracia) discernir el verdadero ser del país, ya sea temática como estéticamente: la fina crueldad y el erotismo despiadado de Buñuel, el costumbrismo marciano, como desplazado, de Almodóvar, los devaneos económicos de las clases populares de Berlanga, las visiones alucinatorias y musicales de Iván Zulueta, el enfrentamiento ibérico de Bigas Luna, la crítica social pasada por el filtro popular y rural de Saura… Como una crónica pasada de vueltas, formalmente impecable, de El Caso (aquel truculento periódico, ya desaparecido, que narraba semana a semana los sucesos más abominables de un país atrasado tanto económica como moralmente, tanto social como culturalmente) Magical Girl es una joyita imprescindible que actualiza muchas de las preocupaciones del arte español de los últimos cien años para amoldarlas a nuestra situación actual, sin dejar de lado tampoco un tratamiento estético (el propio Vermut se encarga del diseño de arte) que parece huir de los lugares comunes de lo que uno entendería por la España tradicional para intentar transitar por los caminos del videoclip, del cineasta preocupado por la simetría y la belleza abstracta de sus imágenes. De nuevo, en fin, razón y emoción para una película que nos hace pensar mucho (y de manera positiva) en el futuro de un cineasta único como Carlos Vermut.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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