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Especial: Diez joyas del Festival de San Sebastián

Un año más, el festival donostiarra ha programado un buen puñado de películas nacionales e internacionales muy recomendables, de las cuales os seleccionamos diez para que en los próximos meses, cuando se vayan estrenando, vayáis al cine con conocimiento de causa. Algunas de ellas ya casi éxitos reconocidos, otras pequeñas joyas que luchan por ocupar su merecido sitio y algunas más que simplemente nos convencieron a título personal, aquí está nuestra lista con las diez recomendaciones del festival de San Sebastián.

  • Mommy (Xavier Dolan):

Muchos cineastas a los que se les coloca la etiqueta de “autorales” y que desarrollan sus filmes lejos de los designios de lo comercial corren el peligro de acabar estancándose dentro de sus propios universos para acabar construyendo ficciones quizás llenas de logros visuales y estéticos muy acordes con su manera de ver el mundo, pero dramáticamente muertas, estáticas, momificadas.  Xavier Dolan, uno de los directores más precoces de los últimos veinte años, y niño mimado de festivales de renombre como Cannes (literalmente; Dolan acaba de cumplir veinticinco años y ya acumula una cantidad de reconocimientos que ya quisieran para sí muchos otros que ya rozan la cincuentena) ha construido en sus últimas cuatro películas un universo autoral profundamente personal, una suerte de reformulación del drama barroco de Almodóvar de habla francesa (como buen canadiense, Dolan es alérgico al universo anglosajón del país estadounidense, aunque practique un cine muy similar en muchas cosas al de los americanos). Pero, tras Mommy, uno está casi seguro de que su momificación aún queda muy lejos, si es que llega: explosiva visual y narrativamente , exagerada hasta alcanzar el melodrama, sobrepasarlo y volver a dar toda la vuelta, Mommy es la confirmación definitiva del talento de un cineasta que no tiene miedo de gritar para que su mensaje nos llegue más claro a todos. Una maravilla que explora sin cortapisas la conflictiva relación entre una madre y su hijo con problemas psicológicos, Mommy ya no es un logro del cine independiente o autoral, sino una obra maestra del Cine con mayúsculas. Imprescindible.

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  • La Isla Mínima (Alberto Rodríguez):

Se acusa en muchas ocasiones al cine español (injustamente maltratado, como muchas otras muestras de cultura autóctona, en su país de origen) de no encontrar su voz y perderse en la imitación de los modelos de éxito americanos, intentando practicar un tipo de cine comercial que aspira al de industrias mucho más capacitadas y que poco o nada aporta al “arte” de nuestro país. Todo esto es falso sobre todo por omisión: hay cientos de películas españolas estrenadas en los últimos años (aunque sea en Internet) que se apartan profundamente de esta tesis; y además la existencia de estos productos más grandes y comerciales (pensemos en Lo Imposible, en Tadeo Jones), que generan enormes cantidades de dinero, sirve para que posteriormente filmes pequeños e independientes puedan producirse. Pues bien, La Isla Mínima es una película profundamente comercial (la investigación habitual de un asesinato) que sin embargo ha sabido asimilar muy bien muchos de los presupuestos autorales de otros productos menos conocidos. Aún imitando muchas de las fórmulas del cine policial extranjero (más del surcoreano que del estadounidense, todo sea dicho), La Isla Mínima es una película profundamente nacional en su exploración de las secuelas de la dictadura franquista, en su exposición cristalina de dos maneras diferentes de ver el mundo: la de los que vivieron aterrorizando a los demás durante cuarenta años y la de aquellos otros que fueron aterrorizados y tras la muerte del dictador deciden construir un nuevo mundo. Aunque todos sepamos, y las noticias actuales nos lo demuestran día a día, que es muy difícil construir algo si los cimientos fallan. Visualmente espléndida y con actuaciones dignas de aplauso (especialmente el cambio, de la comedia al drama, de un Javier Gutiérrez que da mas miedo que nunca), La Isla Mínima es un nuevo paso positivo del cine español.

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  • Güeros (Alonso Ruizpalacios):

Muchos de los que acudimos a las proyecciones de las secciones de nuevos directores o filmes latinoamericanos nos encontramos con películas acomodadas, obsesionadas con imitar a otros referentes autorales más potentes, totalmente de espaldas a la construcción de una historia atrayente y obcecadas en su intento de demostrar la enorme inteligencia de su director. Güeros demuestra de sobras la inteligencia de Ruizpalacios, pero no lo hace a través de tics autorales sino mediante un guión excelente, sorprendente, que se desarrolla en un México DF de ensueño que recuerda a Bolaño, a Joyce, a muchas de las mejores películas urbanas de la historia del cine. Pero esta es sólo una de las virtudes de un filme gigante que se llevó merecidamente el premio al mejor nuevo director; pues también está formalmente cuidadísima, con una planificación arriesgada y ambiciosa que no le da tregua visual al espectador, y posee unos personajes tan bien esbozados a primera vista que su misión (conocer a una antigua estrella del rock) y los obstáculos que van superando para conseguirla (en un recorrido urbano que desbroza las capas sociales y políticas de un país a punto de estallar) son lo único en lo que uno piensa a lo largo de toda la proyección. Salvaje pero extrañamente romántica y melancólica, veloz pero sutilmente detenida en cada una de las etapas del viaje, Güeros es probablemente la película más inteligente de todo el Festival.

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  • Edén (Mia Hansen-Løve):

Quizás hay un doble interés en Edén, que es lo que en muchos casos hace que acabe resaltando por encima de otras propuestas: por un lado, su exploración de la escena musical electrónica francesa de finales de los ochenta y principios de los noventa, momento decisivo en el que fermentaron las carreras de ídolos contemporáneos como el dúo Daft Punk; y, por otro, su pretensión de construir un relato generacional protagonizado por un joven DJ aquejado del síndrome de Peter Pan que se niega a convertirse en un tipo serio (seguramente porque nadie le ha enseñado a serlo). Todo esto ya debería bastar para que grandes capas de la población joven de hoy en día se vean atraídos por la propuesta, aunque quizás uno le exigiría algo más a la película, que finalmente acaba moviéndose a bandazos entre el relato abstracto (difícilmente veremos personajes bien esbozados, aunque seguramente esa sea la intención de la directora) y el filme-testimonio de una época (con la aparición, en algunos casos interpretándose a sí mismos, de muchos de los protagonistas de aquel momento). Aunque irregular, Edén es una película potentísima que vuelve a demostrar el talento y la ambición progresivamente más grande de Hansen-Love.

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  • Relatos Salvajes (Damián Szifrón):

Mientras que muchos países latinoamericanos poseen filmografías centradas esencialmente en la denuncia o simplemente la mostración naturalista de las malas condiciones de vida de las clases más bajas, seguramente porque sus estructuras económicas impiden el desarrollo de una clase media potente, en Argentina, país más desarrollado y por lo tanto más similar a los de nuestra Unión Europea más avanzada, se pueden permitir centrar sus narraciones en las problemáticas cotidianas de una clase cuyo problema ya no es estructural, como la pobreza, sino más personal, como la decisión de casarse o no con un marido que una sabe que la ha engañado. Relatos Salvajes contiene seis de estas historias, brillantemente escritas y transidas de un humor negro muy necesario, que si son tan “salvajes” es porque narran precisamente la respuesta violenta e instintiva de seis individuos que un día deciden que ya está bien de aguantar una realidad que parece irles siempre en contra. Al estilo de las clásicas películas antológicas (el filme puede leerse como una actualización no sobrenatural pero igualmente agresiva de otros como En los límites de la realidad), Relatos Salvajes va hilando sus historias, cada una de ellas maravillosamente bien rodada, haciendo que el espectador entre casi desde el minuto uno en una realidad paralela pero siniestramente parecida a la nuestra, la de un Damián Szifrón que ya demostró su talento para la ideación en la televisión y algún que otro filme, pero que esperamos que con este sea definitivamente considerado como lo que realmente es: un cineasta gigante.

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  • La Princesa de Francia (Matías Piñeiro):

Posiblemente el filme más pequeño de todos los que aquí enumeramos, La Princesa de Francia narra, en clave de comedia romántica atípica, los amores y desamores de un protagonista que se ve obligado a navegar entre las muchas mujeres de su vida. Directamente inspirada por el Shakespeare más juguetón (al igual que los anteriores filmes de su joven director) La Princesa de Francia es interesante sobre todo por su transparencia, por hacer pensar al espectador que todo lo que va viendo en pantalla se desarrolla de manera fluida, sin cortes, elegantemente sutil (a pesar de que Piñeiro decida romper las reglas narrativas de tanto en tanto y nos repita, por ejemplo, la misma situación pero con pequeñas variaciones). Con unos personajes que disparan sus palabras (tan suyas como de Shakespeare) como metralla y que representan muchos de los problemas del amor joven contemporáneo, influidos enormemente por los tics y las constantes interpretativas del teatro (no en vano todos ellos son actores en la ficción pero también en la vida real), La Princesa de Francia construye un relato pequeño y simple que sin embargo resuena hasta mucho después de su visionado.

 

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  • Magical Girl (Carlos Vermut):

Como ya os contamos en nuestra crítica, Magical Girl, ganadora de los galardones a la mejor película y al mejor director, es una maravilla surgida de varias líneas que confluyen: de las entrañas del cine de autor español contemporáneo más low-cost, de la imaginación visual de su creador, Carlos Vermut, guionista y dibujante de cómics la influencia de los cuales se deja sentir formal y narrativamente (una de las protagonistas es una niña enamorada del manga), y también de la tradición cinematográfica española que se mueve entre el esperpento y el realismo en un intento de definir lo que significa ser español. Lo que se dice pronto. Moviéndose en una realidad personalísima como es la de Vermut, combinando las constantes del costumbrismo ibérico con las del suspense, Magical Girl construye un discurso narrativa y visual que es muy difícil explicar con palabras, y que descansa a partes iguales en su confianza en los enormes actores y sus diálogos (cuya originalidad algo impostada agradará a unos y mosqueará a otros) y en un tratamiento formal sencillo pero efectivo, alejado de los claroscuros del cine negro y más cercano al cine de autor. Única y mayormente imprevisible, Magical Girl suena ya de entrada como ganadora del Goya al mejor director novel.

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  • Los Tontos y los Estúpidos (Roberto Castón):

Destacamos este filme sobre todo por su condición de producto construido no gracias a nada sino más bien a pesar de todo. Originalmente una ficción normal y corriente, con sus cambios de escenario y su iluminación clásica, la crisis y la falta de ayudas necesaria para llevar adelante una película en este país hizo que Castón decidiese liarse la manta en la cabeza y rodar su guión, sí, pero de una manera un tanto desnuda: los decorados reales se ven sustituidos por un gran plató en negro (o en blanco, según se mire) en el que las distintas subtramas de esta ficción que juguetea con el drama y la comedia romántica se van desarrollando ante un espectador al que al principio el invento le suena raro pero que acaba olvidándose de la falta de paredes para proceder a imaginárselas él mismo. Aunque argumentalmente floja (esencialmente es un puñado de situaciones diversas muy bien dialogadas e interpretadas, pero que dejan una constante sensación de dejà vu), su radical propuesta formal (tampoco muy original; pensemos en el Dogville de Lars Von Trier como referente más inmediatamente cercano, aunque acaben siendo películas bien distintas) hizo que se convirtiese en una de las favoritas del festival en la sección de nuevos directores.

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  • La desaparición de Eleanor Rigby (Ned Benson):

En su intento de situarse como el reverso oscuro, una exploración de lo que sucede después del “vivieron felices y comieron perdices”, La desaparición de Eleanor Rigby se entiende especialmente cuando uno se entera de que, a pesar de su narrativa en ocasiones esquiva y su lentitud clara en algunos pasajes, está protagonizada por James McAvoy y Jessica Chastain, estrellas internacionales de un cine norteamericano que en esta ocasión no opta por las fórmulas fáciles y los finales felices, sino por los devaneos dramáticos de una pareja de clase media-alta que tras un profundo trauma acaba por separarse. Infravalorada quizás por su falta de valentía (pues si algo tiene de sobra es sutilidad, y si algo necesita es una narración un poco más rompedora, sanguínea), la película posee en todo caso algunas escenas potentes, sobre todo aquellas en las que el dueto protagonista comparte pantalla (que son menos de las que uno pensaría). En estos momentos, ya sea en flashback o en presente, uno no puede dejar de pensar en todo lo que vino antes (el amor a la manera de Gondry en ¡Olvídate de mi!, sobre todo) pero a pesar de ello se aprecia la complicidad y la sutilidad en los gestos y diálogos de dos actores que, sin duda alguna, acaban por ser lo mejor de la cinta. Quizás sus lagunas argumentales, que las hay, se puedan perdonar sabiendo que el montaje que se pudo ver en el festival y se estrenará en los cines no es el original, sino una reordenación de dos películas distintas, cada una de ellas centrada en la perspectiva de los dos miembros de la pareja.

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  • Winter Sleep (Nuri Bilge Ceylan):

Ganadora de la Palma de Oro y el premio de la crítica internacional en el pasado festival de Cannes, Winter Sleep es la única de todas las películas de este especial que un servidor no pudo ver en San Sebastián, pero a pesar de ello no ha dudado en incluir aquí, incluso por encima de muchas otras a las que sí que pude echarles un ojo. Probablemente el autor contemporáneo con mayor atención a la iluminación y a sus efectos que uno pueda recordar, Bilge Ceylan ha ido construyendo una filmografía que explora muchas de las tensiones de su Turquía natal: las existentes entre campo y ciudad, juventud y vejez, soltería y matrimonio, imaginación y realidad… El cineasta ha ido consiguiendo que, uno tras otro, sus filmes pinten un lienzo preciosista de la condición humana, de tiempos eminentemente lentos, que en la estela de otros grandes cineastas de la temporalidad como Tarkovski se puede permitir, más allá de conseguir algunos planos tan hermosos que son difíciles de olvidar, hablar de tú a tú con lo que comporta ser un ser humano en el mundo contemporáneo. En un principio más preocupado por las narraciones mínimas, Ceylan ha ido añadiendo más personajes a sus filmes y dotándolos de personalidades potentes que hacen su cine mucho más accesible que en sus inicios (aunque sigamos enfrentándonos a filmes de dos horas como mínimo, con unos planos técnicamente virtuosos que pueden llegar a durar minutos y minutos). Un creador singular que ha sabido moldear el cine a la imagen y semejanza de sus preocupaciones estéticas y éticas, con Winter Sleep Ceylan da un paso más en su camino hacia la gloria.

 

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Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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