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Crítica de La Venus de las Pieles. Hombre/Mujer y perversión

Los maestros son los únicos creadores que pueden poner en pie cualquier proyecto y hacerlo cómo les dé la real gana.

El ser humano, el mujer y el hombre, siempre han tensado una vibrante relación con la perversión; con traspasar los niveles de lo establecido, de lo permitido, adentrarse en los terrenos del peligro y entrar en contacto con lo que nos deja desnudos ante los sentidos. La excitación como lo desconocido, como aquello que nos permite enterrar las convenciones y acercarnos al lado salvaje del espíritu humano.

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Si un director ha tonteado con el lado oscuro de los deseos humanos, que se ha dejado llevar por los pantanosos territorios de lo prohibido, que se ha sentido a gusto en la habitación cerrada de lo pervertido, ese no es otro que Roman Polanski. Audaz siempre en desentrañar la tendencia humana a la negrura, a lo pecaminoso, a lo oscuro, al placer más desprejuiciado.

En La Venus de las Pieles, el polaco, idolatrado en el país en el que el arte merece respeto, es adulto y se atreve (o sea, Francia), establece un juego malsano y de poder entre un autor teatral y una impúdica actriz que busca el papel de Wanda en la adaptación escénica de la obra decimonómica de Leopold von Sacher-Masoch que da título al film. Obra que sirve de referente, desde entonces, de las relaciones sadomasoquistas; tan escuchadas como desprestigiadas siglo y medio después.

En La Venus de las pieles tenemos sólo dos actores, un escenario, un teatro vacío y un director de cine. Eso es todo. El resto es una intensa partida de poder y sumisión repleta de cambios de roles, de insinuaciones verbales, de maldades soterradas, de miradas que subvierten la posición de cada uno de los personajes, de deseos y perturbaciones expuestas con cada nueva línea de diálogo. Como hizo el amadísimo Louis Malle en Vania en la Calle 42, la obra se muestra entre bambalinas, evidenciando la extraña convivencia entre el artista y el ser humano que está debajo. Aquí más intensamente, más ardientemente con dos actores descomunales, Emmanuelle Seigner y Mathieu Amalric, que se muestran tan seguros y confiados en su papel como Polanski en su dirección.

Crítica de La Venus de las  pieles

A los maestros no les hacen falta demasiados atrezzos y su veteranía es tan insultante que consigue hacer brillar cualquier texto, cualquier propuesta, cualquier obra. Es lo que tienen los grandes: hacen lo que quieren, cómo ellos quieren. Libertad y sabiduría. Y eso abruma.

La Venus de las Pieles es un divertimento, un entretenimiento inteligente y audaz de un autor inolvidable que, en el tramo final de esta ligera y atrevida obra, adulta e intelectual, vuelve a sucumbir a una de sus grandes pasiones: la belleza y la supremacía de la mujer en este mundo.

Lo mejor:  La inconmensurable maestría de este ser único llamado Roman Polanski

Lo peor:  Que la propuesta no quiera, ni necesite, ir más allá

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