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Crítica de Birdman. En busca del tiempo perdido (o cómo el crítico también debe citar a un autor clásico para estar a la altura)

Crítica de Birdman

Iñarritu deslumbra con un film tan apasionado y atrevido como maniatado a su necesidad de resultar transcendente

El tiempo perdido, la vejez, la fama hueca, la popularidad de un mundo del espectáculo rendido a las taquillas, el arte como valor soslayado que busca respirar, la autoafirmación, la egolatría, la miserable vida entre las tablas, las hijas abandonadas por los padres ausentes, las drogas, el alcohol, el sinsentido de la crítica sobre el arte, la banalidad frente a la torrencial presencia de lo auténtico, los matrimonios rotos, los artistas atados a las exigencias de los que mueven el dinero, la extraña fascinación que transmiten los actores, los genios y fraudes, los imbéciles que se pasean por el celuloide, la imaginación como única salida, la bohemia, etc. Y así podríamos seguir con tantas nociones y conceptos como líneas tenga la crítica.

De todo eso habla Birdman de Alejandro G. Inárritu, la cacareada cinta que pretende Oscars a base de ser la propuesta más atrevida (un plano secuencia falseado que ocupa todo el metraje), más radical (los diálogos esgrimen sentencias rotundas y verdades como templos) y más desterrador de las miserias del mundo del entertainment. El superhéroe como sustrato de la falsa vida artística vivida: una apasionada reflexión sobre la mediocridad, en el fondo.

Tremendo en muchos instantes, Inárritu deja en Birdman momentos de una clarividencia asombrosa (“me he quedado limitado a ser una respuesta del Trivial” o “me gustaría arrancarte tus ojos -los enormes ojos de Emma Stone- para ver la vida desde tu juventud” -impresionante-) y consigue que su propuesta sea respetada y admirada a partes iguales. Hirientes diálogos, buena radiografía del mundo que narra, atrevimiento actoral y buena cadencia narrativa.

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Ahora bien, Birdman no quiere ser sólo una buena película, quiere ser la película, como tantas veces en el cine del mexicano. Y ahí viene su talón de aquiles: su necesidad de resultar trascendente no ofrece descanso ni tiene piedad con el espectador, al que puede llegar a fatigar soberanamente. Como a mi. Acabo harto de no poder respirar y de tratar de digerir la profundidad y densidad que el director quiere darme sin descanso; me siento como los niños traviesos a los que se les da la merienda a cucharadas precipitadas por si se escapan.

Y todo se me acaba antojando tan grandilocuente y pantanoso como las ínfulas creativas del pobre -y genial- Michael Keaton (que le den el Oscar ya). A diferencia de Inárritu, el personaje se sabe mediocre.

Un buen film, sin duda, cargado con el don de querer decir lo que no se oye mucho y hacerlo bien pero cargado, cargado de vanidad artística. Un manjar de atractivo sabor y admirable aroma pero altamente empachoso.

Lo mejor: La ambición de la propuesta.

Lo peor: Que esa ambición caiga en la pedantería, a base de citas de autores (sabemos que son cultos los guionistas, eso sí) y densidad voluntaria.

Estrellas: 3

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