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Crítica de The Imitation Game (2014) La guerra invisible

Detrás de un ejército, de la victoria y de la guerra moderna, está la fría lógica que no se embadurna con tonos negros y ocres el rostro o atrinchera entre barro y sangre.

Crítica de The Imitation Game (2014).

Crítica de The Imitation Game

Los misiles descienden como grotescos recién nacidos traídos por una cigüeña irónicamente de aspecto metalizado y estéril. Las disparos se suceden con una cadencia entrecortada, como una conversación entre dos personas con el ruidoso metro de fondo. Las tropas avanzan por el campo de batalla dirigidas por escasas y hercúleas manos, como si un grupo de gigantescos cíclopes de la Odisea estuviesen jugando al  Risk. La 2º Guerra Mundial se está desarrollando, pero el foco de The Imitation Game se sitúa en un pequeño y modesto pueblo del sur de Inglaterra, dónde nadie esperaría que pasara nada. Pero allí se terminaría ganando el conflicto, gracias precisamente a Alan Turing (Benedict Cumberbatch), una persona de quien tampoco nadie esperaba nada, soldándose con la grandiosa humildad (no tienen por qué ser términos contrarios) del municipio.

The Imitation Game demuestra que detrás de un ejército, de la victoria y de la guerra moderna, está la fría lógica que no se embadurna con tonos negros y ocres el rostro o atrinchera entre barro y sangre. En las grandes gestas de la Antigüedad, serían los sagaces y valientes estrategas los que ganaban batallas. Con el paso del tiempo (el tiempo, ese gran antagonista presente tanto en esta película como en toda nuestra vida), los avances tecnológicos han pasado el micrófono a matemáticos, científicos o informáticos, que libran esas contiendas desde la pantalla de un ordenador o la pizarra colonizada por ecuaciones y fórmulas complejas. Los soldados son como esa ex-miss Universo que tras siglos notando el placentero calor de los focos en el rostro, ahora tiene que apartarse para que sea otra la que recite su discurso y capte las seductoras miradas del público.

Benedict Cumberbatch era la única opción plausible para representar a Alan Turing, un genio matemático que es atormentado por “la soledad del diferente al resto” y su condición homosexual en una Sociedad tan restrictiva por aquel entonces. La gélida superficie de su temperamento genuinamente inglés es quebradiza y, bajo ella, subyacen todo tipo de inseguridades y demonios asemejando su interior al Infierno descrito por Dante. Su fachada andrógina es fascinante y al mantenerse en equilibrio entre los dos extremos, le otorga un fulgor misterioso e inefable.

Crítica de The Imitation Game de Sergio G. Arias.

3.5
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Acerca de Sergio G. Arias

Estudiante de Periodismo. Pienso, luego escribo. Colaborador en https://www.cineralia.com/ y Redactor en http://www.elfutbolesinjusto.com/ y http://www.loslunesseriefilos.com/

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