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Crítica de Perdiendo el Norte. ¿Hubo norte alguna vez?

Hay que tener ganas de cine para acabar esta comedia romántica española.

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Crítica de Perdiendo el norte.

Nacho G. Velilla había trasladado su experiencia en la televisión (7 vidas y Aída) con bastante acierto en su debú tras las cámaras en Fuera de Carta, comedia de 2008 en la que explotaba ese humor tan nacional, tan de calle, que tanto engancha al público de este país. La película tenía frescura y una naturalidad en el acting fuera de toda duda. Javier Cámara, con su talento y profesionalidad, infería verdad a ese cocinero gay que se complicaba la vida (como es natural) por amor. La cinta tenía recorrido, cierta irreverencia y determinadas dosis de chusquería, que siempre vienen bien y que, además, nos hacen gracia a todos.

Que se mueran los feos, su siguiente obra, enclavada en el mismo concepto de película con actores conocidos y referenciales en el mundo de la televisión, buscó una inclinación más bizarra, explorando complejos y miedos de personajes poco agraciados con la vida en general. Ahí el tiro le salió un poco desviado y el film se apoyaba en los dos magníficos actores que la soportaban (Cámara y Machi) y poco más. Un guión con claras lagunas, ternurismo de estar por casa y, eso sí, con un Julián López que acostumbra a mejorarlo todo. En ambas películas iniciales, se apreciaba un cierto gusto por reivindicar personajes un tanto marginales, de aquellos que no salen habitualmente en la foto.

En su tercera película, Perdiendo el norte, Velilla propone el mismo formato: actores conocidos procedentes de la televisión, historia de contrastes y choques, enredo y ese humor tan nuestro y tan español: el que define al producto nacional como un desastre humano con encanto. No seremos ni más listos ni más guapos, pero somos diferentes, como somos. Únicos e incomprensibles. Pero frescos, espontáneos y de verdad.

El problema de su última película no está en la perpetuación de ese esquema predeterminado, y heredero del concepto de sit-com televisivo (que aquí se nota hasta la extenuación -una serie de televisión que pase en el restaurante turco daría para unos cuantos capítulos-) sino en lo romo, rutinario, esquemático y, lo más peligroso, ausente de gracia que tiene el guión y sus diálogos.

Perdiendo el norte tiene poca gracia y su humor es absolutamente plano, tontorrón y plomizo. Notas como los propios actores intentan levantar el marrón que les ha caído encima en forma de personaje (especialmente Julián López y Miki Esparbé, dos buenos actores que sufren con la primaria definición de sus creaciones), que otros personajes no tienen entidad ninguna (el propio José Sacristán es el primero que no se sabe qué hacer con ese traje) y que los más definidos (por tópicos) son interpretados con serias dificultades (Blanca Suárez y Yon González).

Interpretaciones justitas de los principales papeles, un guión tan simple como darle la vuelta a un folio, la propia estética no demasiado cuidada de la dirección y la poca química que hay entre todos los componentes de esta historia, hacen que Perdiendo el Norte se te pueda hacer tan larga como ver tres veces seguidas La Lista de Schindler. Y eso en una comedia de hora y media larga es imperdonable. Aunque no haga gracia.

Es una maratón de paciencia para el espectador. Una maratón cuyo recorrido te sabes de memoria y encima no llegas nunca a la meta.

La verdad es que me duele (de verdad) escribir esto pero es un film absolutamente olvidable, previsible y elaborado con poca pericia. Como si nunca hubiera habido un norte.

Lo mejor: El personaje de Carmen Machi.

Lo peor: Se hace insufrible.

Acerca de Juan Pablo Beas

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