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Qué difícil es ser un dios. Una obra reflexiva y compleja

No es para nada una película comercial ni al uso, si no un trabajo reflexivo y complejo.

Cada vez es más evidente que los directores se llevan su tiempo y metraje en llevar a cabo su obra, aquí en Qué difícil es ser un Dios el cineasta ruso Aleksei German invirtió 13 años de su vida para llevar a la gran pantalla la adaptación homónima de los hermanos Strugatski, siendo además su obra póstuma.

Crítica de Qué difícil es ser un dios

Un grupo de científicos son enviados al planeta Arknar, allí reina un régimen tiránico en una época muy parecida a la Edad Media, pues realmente, se traslada 800 años atrás de la época terrenal. Los intelectuales y artistas del planeta son perseguidos, y los investigadores no deben meterse en el rumbo político e histórico. Don Rumata que reflexiona sobre todos los acontecimientos, muchos en el pueblo le atribuyen poderes divinos, va a desobedecer muchas órdenes e intentará cambiar el rumbo de algunas personas.

La obra de los hermanos Strugatski data de 1964 y quería reflejar el totalitarismo político existente en su país, lo hicieron de una manera totalmente inusual, utilizando la ciencia ficción pero hacia el pasado, utilizando escenarios ya conocidos y donde las escalas sociales eran aplastantes y se reconocían a primera vista. Las escenas que se reproducen llaman la atención, pues desde luego uno se transporta hacia el Medievo y se identifica con el entorno, nada desentona, todo está acorde, e incluso se extrapola mentalmente a cualquier época.

Lo más importante es la cámara que recorre cada rincón a examinar minuciosamente lo que esconde, lo que quiere contar con imágenes, pues los diálogos no son lo importante, hay que prestar atención a las imágenes en blanco y negro que se nos agolpan rápidamente, pues es verdad que el metraje es largo pero el ritmo de la película es intenso y aunque a priori parece que la película se va a hacer demasiado extensa, finalmente su visionado es ligero sobre todo la segunda parte, la primera es más reflexiva, la segunda más visual, pero ojo, que no todo es agradable, hay tramos duros y algunas escenas incluso grotescas. Bien es verdad que por secuencias a veces parecen repetitivas, y es que el director incide en demasía en algunos aspectos y minutos.

Con la mano del protagonista Don, la cámara nos plasmará lo que quiere enfocar, y además recalca en cada secuencia el poder de las clases sociales, la soberanía de los nobles y hay frases que se repiten hasta la saciedad, como si fueran ya hasta clasistas, por decirlo de alguna manera, pero al final te das cuenta que son metáforas con diferentes giros, en distintos escenarios.

Una evocación por la cultura, por el ser humano y por el respeto a la mujer, aunque aquí en el film por momentos se muestre todo lo contrario, lo que se quiere recalcar es que esa parte no es la verdad necesaria, si no la realidad que tenemos pero que hay que cambiar, una crítica constructiva hacia la sociedad y sus escalones sociales.

Qué difícil es ser un dios no es para nada una película comercial ni al uso, si no una obra reflexiva y compleja, donde la metáfora tiene un gran papel, que ya ha tenido su recorrido por festivales y que ahora nos llega a nuestras carteleras.

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