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Mandarinas. Una joya nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa

Hay películas especiales y son especiales porque son sencillas y nos hacen ver las cosas desde una óptica distinta y muy personal.

En el cine estamos acostumbrados, por regla general, a que nos cuenten la historia siempre desde el punto de vista de una de las partes, y en el cine bélico o cine de conflictos armados para que decir, el ejemplo claro lo hemos tenido en nuestro país con la guerra civil española.

Crítica de Mandarinas

Mandarinas es una de esas joyitas que seguro pasan de tapadillo por las salas de cine, no es de gran público, la suerte es que viene bien avalada por su nominación al Oscar como mejor película de habla no inglesa, que se llevó Ida, otra de esas joyas a tener en cuenta.

Llama la atención en esta cinta la gran sensibilidad que nos trasmite, su personaje principal atrapa con su tranquilidad y su manera de mediar, seduce el hecho de que sea una película Estonia para que uno sienta curiosidad por saber que cosas se hacen allí, que les inquieta y se demuestra que no es otra que lo que les inquieta al resto del mundo, que terminen los conflictos armados.

Mandarinas cuenta como un estonio Ivo (Lembit Ulfsak), tiene una aparente y apacible vida en una casa en el campo y se dedica hacer cajas de mandarinas para ayudar a su amigo Margus (Elmo Nüganen) en la recogida de dicha fruta, todo en un clima de guerra entre chechenos y georgianos, enfrentados por un trozo de tierra que ha obligado al resto de la población a buscar lugares más seguros, Ivo se resiste y decide salir adelante. Todo está tranquilo hasta que enfrente de su casa hay una escaramuza entre chechenos y georgianos y mueren todos menos un mercenario chechenos que queda mal herido. Cuando va a enterrar a los caídos descubre que hay un georgiano que no está muerto y también se ocupa de sus cuidados, por lo tanto ahora tiene a dos enemigos dentro de su casa a su cargo.

La película es una historia de humanidad que llega a los corazones de los espectadores, habla de la guerra pero sin un ideal, ni partidismo, ni extremos, habla de lo que nos une y no de lo que nos distancia, muestra a un personaje con una gran personalidad, Ivo, que es capaz de trasmitir una gran fuerza interior a pesar de su supuesta fragilidad y es esa fragilidad la que llama la atención cuando se descubre que es capaz de mediar con autoridad entre dos personas que se odian y se quieren matar. Demostrando así que la palabra es sin duda la mejor arma de persuasión posible.

Es una cinta delicada que tiene una trama pausada pero constante, no decae en ningún momento y se puede decir que hasta tiene dosis de intriga sublime que hace que el espectador quiera saber en todo momento la relación de los dos enemigos bajo un mismo techo y sobre el pasado del enigmático anciano y héroe anónimo que les da cobijo. Mandarinas tiene esa áurea melancólica muy influenciada ya no solo por el aspecto físico de su personaje principal ajado y taciturno si no por los paisajes y el entorno que rodea a todo. Sus personajes a pesar de su fisonomía violenta trasmiten mucha humanidad e incluso ternura.

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Su director Zaza Urushadze no ha querido entrar en devaneos políticos ni en porqueses, se ha limitado a contar una historia y ha llegado a la corrección incluso hasta con el tiempo de duración, que con tan solo una hora y media, ha sabido trasmitir toda la esencia de esta preciosa película. Destaca Niaz Diasamidze con su presente melodía musical caucásica que acompaña a la trama casi en todo momento dándole un barniz a toda la trama.

Es sin duda un testimonio en contra de la guerra, a favor del perdón, la solidaridad y la reconciliación y se respira desde el comienzo de la película, se palpa el contraste violencia-humanidad. Y como al principio me refería al cine de la Guerra Civil española, veo una concordancia en la maravillosa Vaquilla que salvando las distancias entre drama y comedia tienen más en común de lo que pueda parecer.

 

 

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