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Crítica de Tomorrowland. Sueños Disney de un mañana

Brad Bird deslumbra visualmente pese a la tendencia del film a refocilarse en su propio almibarado mensaje

Tomorrowland se dirige a sus coetáneos cinematográficos y sociales de forma directa: ya basta de películas y visiones postapocalípticas que lanzan terribles augurios sobre nuestro futuro como humanidad. Ya está bien de lanzar continuamente mensajes que señalan que el fin del mundo está cerca, que nuestra civilización va a desfallecer, que nuestro mundo se acaba, que nos lo estamos cargando.

Crítica de Tomorrowland

También, nos dice la historia pergeñada por Damon Lindelof, existe otra forma de mirar al futuro: el que está lleno de esperanza, el que cree que hay que luchar y trabajar para hacerlo mejor, el que considera que los niños y niñas son la herramienta y su inteligencia y formación, el modo. Bonito y muy Disney. Y seguro que lo firmamos. Siempre puede haber un futuro mejor y la humanidad, en su contradictoria naturaleza, seguro que encuentra la fortaleza para sobrevivir. No podemos desdeñar ese mensaje, algo almibarado y cursilón, ni la buena voluntad con la que la película lo plantea.

Tomorrowland es, asímismo, un festín visual elaborado por el talento narrativo de Brad Bird, que busca descaradamente asombrar con su inventiva y plasticidad al espectador, algo que consigue absolutamente. El trabajo de diseño de producción y artístico es deslumbrante, la fantasía se presenta en tu cara y el futuro parece más palpable que nunca.

Dentro de ello, tiene un curioso gusto estético retrofuturista, dónde lo próximo es evocado con estilismos de los años 50 lo que dota de personalidad al film, alejándolo de los mundos abstractos dibujados en tantas películas de ciencia ficción, pero también de un cierto regusto añejo del que no consigue desprenderse.

El principal problema del film, más allá de su estética de parque de atracciones y su regusto ideológico ñoño, es que está claramente descompensado en sus tramos. La evocación de la historia desde los puntos de vista del joven Clooney (primer tercio del film) y de la joven destinada a salvar la humanidad (segundo tramo) retrasan mucho la parte definitoria de la historia, que se muestra demasiado corta y precipitada. Nos referimos a que toda la resolución es mucho más rápida que la introducción, lo que hace, por ejemplo, que el malo de la historia (que no desvelaremos) no se presente ante el espectador con la entidad suficiente. En definitiva, esta descompensación en la estructura narrativa de la historia resta eficacia al clímax final.

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Tomorrowland tiene ideas brillantes (lo concerniente a la Torre Eiffel), inventiva por doquier (en artilugios, conceptos visuales, definición del mundo del mañana), buena imaginería visual pero no acaba de redondearse, por su descompensación en sus partes y por un mensaje reiterativo y algo viejo que repite hasta la saciedad. Por muy buena voluntad que tenga.

Y una cosa más: el final es espantoso. Absolutamente pasteloso. El fastidioso sello Disney, again.

Lo mejor: La brillantez visual de su director

Lo peor: El relamido final con los chavales

Acerca de Juan Pablo Beas

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