domingo , septiembre 23 2018
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Crítica de It Follows. Sorprendente, audaz revelación en el cine de terror

David Robert Mitchell explosiona los acostumbrados lugares comunes del género en base a planos generales y una apuesta por un terror desnudo que no desdeña segundas lecturas.

Está acostumbrado el cine de terror actual a barajar los mismos elementos de perturbación, las mismas herramientas para soliviantar al espectador; recursos que, de tan manidos, no llegan ni a sacudir lo más mínimo a la platea. Lugares oscuros, habitaciones cerradas, golpes de efectos musicales, persecuciones en planos cerrados, primerísimos primeros planos, planos detalle y un largo sinfín de lugares comunes. Una cosa son los estilemas genéricos (señas de identidad de un estilo) y otra muy diferente hacer cine prefabricado, engañando al espectador con los mismos trucos.

Crítica de It Follows

Pero fuera del terror industrial, también hay vida. Y buena vida y gran cine. It Follows es el ejemplo perfecto. La película de David Robert Mitchell ofrece una apuesta absolutamente diferente, reveladora, audaz, que la convierte en película con ínfulas de culto.

La fascinante propuesta inicial es alucinante en su sencillez: un joven practica sexo con una chica y le contagia una maldición (fíjense que funciona como una especie de enfermedad de transmisión sexual) que consiste en que un ser fantasmal (transmutado en diversas personas) le perseguirá caminando (aqui no hay carreras desquiciadas) hasta llegar a ella y asesinarla. Tan sencillo. Y a partir de ahí, todos son logros visuales y una visión modernizada del cine de terror.

El director apuesta por un terror sin efectos visuales ni juegos digitales. Diversas personas perseguirán a la chica durante toda la cinta sin más florituras. Pero la grandeza de la cinta está en su audacia, su sorprendente forma de ofrecer un nuevo estilo: grandes planos generales, nada de planos cerrados de ojos asustados, los “perseguidores” son mostrados en planos abiertos, casi todos a la luz del día, en un Detroit casi desértico, sin apoyarse en los manidos claroscuros del género, consiguiendo que la película sea magnética, perturbadora, desasosegante (la música es esencial en la generación de este paisaje casi onírico). Visualmente el film funciona a las mil maravillas. Con una estética y formato heredero del cine de los ochenta, el director consigue desencajar al espectador con su apuesta por un terror desnudo, casi transparente, aparentemente pueril pero profundamente valiente.

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Mitchell nos revela una nueva perspectiva genérica en un film que busca la esencia del miedo para mostrarnos, sin aderezos ni juegos dramatúrgicos, nuestra vulnerabilidad, cómo sobrevivimos y llevamos nuestros miedos más intensos y profundos. La película, en su sencillez, es revolucionaria. Limpiar de efectos para mostrar la esencia del terror.

Y si fuera poco. El director trata con sensibilidad y delicadeza a sus personajes, adolescentes en pleno proceso de transición vital, con sus deseos y anhelos connaturales. Y encima, el film nos deja la sensación (rizando el rizo) que tras este ejercicio de terror limpio se pueden hacer múltiples lecturas: la maldición como el sustrato intelectualizado de una etapa fundamental en la vida de los jóvenes.

Mitchell nos revela una nueva perspectiva genérica en un film que busca la esencia del miedo

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