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Crítica de National Gallery. Apología de la complejidad y belleza del arte

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Crítica de National Gallery

Y el resultado es una obra inmaculada, brillantísima, apasionante para los amantes del arte y de la pintura.

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Frederick Wiseman, a sus más de ochenta años, rueda un hermoso documental de tres horas sobre la gran pinacoteca del centro de Londres.

Estrenada en marzo de este mismo año, National Gallery es uno de esos títulos que merece la pena repescar dada su discreta carrera comercial. Es una película de casi tres horas dirigida por el veteranísimo documentalista Frederick Wiseman, autor de más de cuarenta obras de este género, la mayoría centradas en aspectos artísticos.

Wiseman se adentra en los pasillos del maravilloso museo británico para narrarnos, casi silenciosamente, furtivamente, la vida de esta impresionante galería artística. No utiliza más narración que situar la cámara delante de cuanto acontece en esta monumental pinacoteca inglesa. Sin utilizar artificios narrativos como una voz en off o rotulación, Wiseman escudriña cada rincón de esta institución para mostrarnos desde el rostro de los visitantes que contemplan extasiados las obras pictóricas, las reuniones de los directivos dónde se perfilan retrospectivas y exposiciones, el trabajo cuidadoso de la restauración o la explicación técnica del significado y composición de determinados cuadros.

Crítica de National Gallery

Todo es mostrado desde una perspectiva de absoluta transparencia, sin inmiscuirse, sólo contemplando lo qué allí sucede, igual que miramos los cuadros, con la misma inquietud y curiosidad. Y el resultado es una obra inmaculada, brillantísima, apasionante para los amantes del arte y de la pintura.

Podremos contemplar cómo la luz puede modificar la lectura que se hace de un cuadro o cómo los colores nos matizan la visión cuando una obra está instalada en una sala u otra. Pequeños detalles, tan artesanales como contemplar a los restauradores midiendo gramo a gramo de pintura e interpretando que quiso explicar su autor tantos siglos atrás.

En el fondo, este hermoso documental, que nos permite meternos dónde antes nunca habíamos llegado en un museo tan importante, no hace más que una emocionante alegoría de lo complejo y bello que es el arte. Más allá de contemplar un cuadro por unos segundos hasta posar la mirada en otro, Wiseman nos manifiesta que cada obra es tan profunda y milagrosa como lo es mirar por un instante un mundo entero.

Merece la pena recuperarla.

Lo mejor: Las descripciones e interpretaciones de las obras

Lo peor: Que su metraje puede hacer desistir a los más inquietos

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