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Crítica de Lejos de los hombres

La bondad y el corazón del ser humano es el que une, más allá de las creencias y las nacionalidades.

Cuando la historia hecha ficción acampa en nuestra Cartelera de cine es un punto a favor, pues los referentes que se pueden plasmar en imágenes pueden ser grandes, sobre todo si la temática en sí que se esconde detrás de esas secuencias pudiera estar mucho más vigente y actual que en otras épocas a nivel humano y político.

La película que nos ocupa viene de nuestro país vecino, Francia, Lejos de los hombres del director francés David Oelhoffen, con todo lo anteriormente mencionado no quiero decir que lo que se narre se esté viviendo hoy en día, pero sí que puede ser el reflejo de situaciones actuales, aunque puedan distar años y lugares, siempre la vida es un ciclo.

Crítica de Lejos de los hombres

Corren los años 1954 y Argelia está envuelta en una revuelta. Daru (Viggo Mortensen) es un profesor francés con orígenes españoles, que se encuentra recluido en una pequeña aldea enseñando a niños árabes a leer y escribir francés, y ahora se verá obligado a escoltar a Mohamed (Reda Kateb), un local acusado de asesinato, algo que casi tiene que hacer casi amenazado y por proteger al acusado. Ahora en ese su viaje, ambos tendrán que aunar fuerzas, sin conocerse, para sobrevivir y proteger su libertad en un ambiente totalmente hostil para ambos.

Lejos de los hombres no deja de ser un cuento sobre la conciencia enfrentando a la misma vez la realidad y la objetividad. Aquí los personajes nada equidistantes finalmente se compaginan a la perfección porque finalmente la bondad y el corazón del ser humano es el que une, más allá de las creencias y las nacionalidades que puedan causar rivalidades.

El director enfoca el relato de Albert Camus “El huésped” (“L’Hôte”) en todo un canto a la libertad y la tolerancia mutua del ser humano, al respecto y a la diversidad de ideas compartidas y por supuesto nada impuestas.

Impresiona como se ha creado una en pantalla una metáfora tan fuerte en imágenes con respecto a los personajes, paisajes áridos que se acompasan de esas personas frías y distantes a la par que inmersas en sí mismas, mostrando así la distancia que se encara entre cada uno de ellos. Una fotografía maravillosa que plasma en cada secuencia la roca que hay dentro del ser humano cuando hay política y guerra de por medio, sin pararse a medir las consecuencias.

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Lejos de juzgar los hechos el director expone los efectos de las guerras en las personas, donde finalmente una victoria es secundaria y los daños siempre es lo más relevante durante y después de las fechas acontecidas, pues siempre el futuro guarda grano de lo vivido.

Viggo Mortenseen junto con Reda Kateb crecen en sus actuaciones partiendo de unas interpretaciones interiores, apocadas y contenidas, ya que el guión lo requiere, sacando sus sentimientos por lo padecido en pequeñas pinceladas, con retazos de querer abrirse al contrario pero con la lentitud requerida por los acontecimientos hasta dejarse llevar por la amistad repentina y la confianza, contando finalmente todo lo que llevan dentro y que les hace ser tan introvertidos a ambos.

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