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Crítica de Una Pastelería en Tokio

3.5

Crítica de Una Pastelería en Tokio

Noami Kawase vuelve a demostrar que con pequeñas historias y pequeños detalles puede llegar a lo más profundo del ser humano…

Naomi Kawase se planta por segunda vez en nuestras carteleras de cine en este año.

En esta ocasión con Una pastelería en Tokio, con un tono mucho más cercano que Aguas Tranquilas, pero sin perder la profundidad que imprime en cada una de sus tomas.

Crítica de Una Pastelería en Tokio

Sentaro regenta una pequeña pastelería donde se venden dorayakis, unos pastelitos rellenos de salsa de judías pintas dulce que se llama An. Él tiene sus clientes habituales, pero una mañana aparece, Tokue, que se ofrece para trabajar junto a él, pues siempre ha sido su sueño el estar en ese tipo de establecimiento, y le da una muestra de su propia “an”. Sentaro accede porque queda cautivado por el sabor, pero sabe que la edad y algo más de su nueva compañera juegan en su contra. El negocio ha tomado otro auge hasta que un pequeño secreto de Tokue se empieza a conocer, y ambos perderán ese amarre de confianza que se estaban teniendo al tener que dejar de trabajar juntos, ya que uno se había convertido en el soporte emocional de otro y viceversa.

Noami Kawase vuelve a demostrar que con pequeñas historias y pequeños detalles puede llegar a lo más profundo del ser humano, a buscar sentimientos olvidados y escondidos por miedo a volver ser herido. Desnuda a los protagonistas lentamente con la cámara con conversaciones con dobles tonos pero sin dobles intenciones, directas al corazón.

Un film que te envuelve de principio a fin, viendo como el personaje de Sentaro, encerrado en sí mismo, va abriéndose como una flor, con la calidez del personaje de Tokue, con los símiles que se muestran de los cerezos en flor, que llenan la pantalla y que iluminan a los protagonistas en el momento justo.

Un guión lleno de pequeños matices escondidos en cada frase, en cada media sonrisa, sacada de esas duras vidas herméticas cerradas en cuerpos andantes, pero no parlantes, que no se abren por pudor a la vergüenza.

Otro factor a destacar es la fotografía, esa que la directora quiere enfatizar con luces y contrastes, que a través de los árboles y en movimiento, los rayos de luz se cruzan, con un brillo especial, haciendo una metáfora de la esperanza, de la luminosidad como espejo de la positividad y todo ello enmarcado en la naturaleza, en la que nos da vida. Es un tributo en sí a ella, y a lo que nos da día a día.

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Pero todo lo que muestra no es positivo, aquí en Una pastelería en Tokio también ha querido plasmar los prejuicios sociales ante enfermedades que muchos años pasados fueron señaladas y recluidas. Muestra el egoísmo humano y el cobrar los favores de por vida, sin tener en cuenta a las personas, pero todo ello lo hace con sutilidad y con la destreza de alguien que quiere llegar muy profundamente al tema pero sin inquirir sobre ello de sopetón, todo a su debido tiempo.

Otra lección importante y mensaje que hay dentro del film, es sobre el conocimiento que la gente tiene de las personas que tienen a su alrededor, pues en muchas ocasiones, los de fuera, los recién llegados, solamente por el mero de prestar atención, ya les conocen mejor, es decir, no es suficiente el tiempo, si no las formas con las que se está con una persona para conocerla.

 

 

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