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Crítica de La Juventud

Una descarada historia de observación y emotividad, donde los personajes se van desnudando a cámara muy lentamente.

Podríamos pensar que el título nos va a llevar por unos derroteros, pero Paolo Sorrentino en La Juventud, ha jugado con la palabra en el guion y le ha dado otro significado o relevancia no a la edad si no al interior o también a lo que se pauta como pura medicina emocional.

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Fred, es un director de orquesta consolidado, que está pasando unas vacaciones con su hija Lena y gran amigo Mick, un director de cine, que no encuentra la inspiración para terminar el guion de su última película, en un balneario de los Alpes. Fred está ya retirado de los focos y la batuta, pero alguien se empeña en que vuelva a su pasión, nada más y nada menos que la reina Isabel, con motivo del cumpleaños del príncipe Felipe, pero el reniega de subirse a un escenario.

Un gran collage de imágenes cortantes, frías, silenciosas y cálidas que componen una gran obra donde nada es lo que parece en primera instancia y donde se matiza que el juzgar siempre es algo muy fácil a priori, y este film hay que dejarlo reposar para encontrar la esencia de todo el metraje y poder hacer una composición emocional de los personajes tanto lo que plasma de ellos en lo personal como en lo laboral, ya que al final están ligados y entrelazados ambos campos.

La juventud es todo un canto a la amistad, al respecto y la tolerancia en todos los ámbitos de la vida. Sorrentino hace un homenaje en cierta forma también a la cultura y al arte, a sus altibajos, a sus formas de vida, a sus caminos para el trabajo y como no sus renuncias, esas que parece nunca existir en un mundo aparentemente tan glamuroso y que aquí se dibuja de los más humano, por momentos con ciertos tintes cómicos que el espectador agradece.

Crítica de La Juventud

Manejar la cámara y los tiempos, no es siempre fácil, sobre todo si parece que la historia no tiene un gran hilo conductor, pero Sorrentino logra fusionar todos esos montajes que va mostrándonos con gran maestría, para desarrollar una descarada historia de observación y emotividad, donde los personajes se van desnudando a cámara muy lentamente pero con la justa necesidad de describir en el momento adecuado los puntos claves. En definitiva un desarrollo idóneo que hace la conjunción perfecta con los actores elegidos por el director.

Un Michael Caine y Harvey Keitel en estado de gracia, con unas conversaciones pausadas y sarcásticas que tornan alrededor de su interior y de su pasado, de su comprensión y de su apoyo. Aquí es donde se desvela en esa relación de amistad, todo lo que les rodea, en ellos está intrínsecamente detallado todo lo relevante, la belleza, la madurez, la elegancia, el respeto, el amor y perseverancia incluso a la hora de callar y solo escuchar.

Crítica de La Juventud.

Acerca de Susana Peral

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