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Crítica de El Rey Tuerto

El realizador y guionista usa de manera muy notable el humor negro para reírse de unos y de otros, poniendo de manifiesto sus incoherencias ideológicas.

El espectador más cinéfilo encontrará más de un punto en común entre la española El rey tuerto, la ópera prima del cántabro Marc Crehuet, y Un dios salvaje, el largometraje firmado por Roman Polanski. Ambas son películas basadas en obras teatrales, las dos hablan de conflictos entre dos parejas y la violencia está muy presente en la trama. No obstante, el cineasta polaco lograba desprenderse de gran parte de los elementos que delataban su origen escénico, mientras que el español no se puede deshacer de gran parte de ellos. Es quizá la gran rémora de una cinta que, por otro lado, resulta más que interesante.

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El realizador plasma en imágenes el enfrentamiento entre un policía violento, el cineasta al que salto un ojo y sus respectivas mujeres. Ambas parejas representan dos extremos de la sociedad: los que defienden sin ningún tipo de crítica todo lo que proviene del poder establecido y aquellos otros que han decido mostrar públicamente su rechazo. Crehuet retrata muy bien tanto a una clase obrera conservadora que asume como válido el orden de las cosas como a los intelectuales de izquierdas con sentimientos de superioridad y, en muchos casos, origen pudiente.

El realizador y guionista usa de manera muy notable el humor negro para reírse de unos y de otros, poniendo de manifiesto sus incoherencias ideológicas y demostrando que cualquier creencia puede servir para justificar la violencia. No obstante, quizá haya que reprocharle al debut de Crehuet que la solución de las disensiones entre unos y otros se encuentre en el simple diálogo entre los representantes de cada bando.

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Lo que sí resulta incuestionable es la buena dirección de actores de la cinta. Especialmente memorables son los trabajos de Alain Hernández, que imprime una extraña candidez al antidisturbios impulsivo, y Betsy Túrnez, capaz de lograr que su personaje de esposa confusa desprenda, a la vez, patetismo y ternura.

Como comentábamos al principio, El rey tuerto encuentra su particular talón de Aquiles en su teatralidad. Algunos diálogos altisonantes, ciertos movimientos forzados de los actores y la inclusión de unos bochornos pasajes interpretados por un representante del gobierno deslucen un largometraje que retrata perfectamente el momento en el que vivimos.

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