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Crítica de Todos queremos algo

Richard Linklater, quien ya cautivó hace poco al público con Boyhood, vuelve a incidir en reconocer el interior de las personas.

No siempre las primeras sensaciones que se tiene en un visionado de una película son las correctas. Uno se impregna de esas imágenes por primera vez, pero con horas y los días todo puede tornarse en pros o contras con respecto a lo que se vivió primero. Todos queremos algo es de esos casos, Richard Linklater, quien ya cautivó hace poco al público con Boyhood, vuelve a incidir en reconocer el interior de las personas, en un cierto periodo de tiempo.

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Boyhood fue un experimento cinematográfico donde el tiempo fue el verdadero juez de los protagonistas, años llevo grabar esa película. Ahora aquí en Todos queremos algo, juega la baza contrario un periodo de tiempo muy limitado para indagar en las mentes humanas, en concreto las jóvenes.

Jake es un jugador de beisbol de universidad, ahora ha cambiado de destino y llega a la de Texas, su llegada no puede ser más explosiva de cara a los demás un deportivo, cara al viento y la música a todo volumen. Allí en su nueva casa le esperan sus nuevos compañeros de equipo y de clases. Los entrenamientos comienzan ya, pero las clases todavía le darán un respiro, y durante esos días intenta sacar jugo a los días de la juventud: fiestas, música, amigos y chicas.

Una incursión en la vida adolescentes y de la etapa de transición entre ella misma y la proximidad de la edad adulta, donde las espaldas cargan con el peso de la responsabilidad que anteriormente no existía, pero que se genera con el paso del tiempo y con lo ya vivido. Eso sí, aquí la adulta no se muestra solo se intuye.

Todos queremos algo, de primeras te deja una buena huella, buenas vibraciones en su conjunto visual y narrativo, donde la música juega un gran partido. Las canciones nos rememoran épocas y situaciones, ambientando el metraje con una dinámica bastante activa. Pero después cuando uno le pasa por el filtro de la interpretación de su conjunto global, lo efímero es lo que destaca.

Una película fugaz que se disfruta de primeras pero que se puede olvidar de la misma manera. Y esta situación se crea porque por momentos el cuento juvenil que se ha narrado, aunque pueda ser ficción pero captando realidades, no es creíble del todo. Unas historias juveniles que examinan a los personajes en un límite de tiempo extremadamente corto, para que el final sea veraz.

El director ha buscado mucho en poco, muchos sentimientos y situaciones en un intervalo de sus vidas excesivamente corto para que se llegue a ello. Muestra la volatilidad de la juventud a la par que la sensatez, extremos encontrados que se pueden creer, pero que resulta contradictorio. Situaciones que muestran exceso de cambios en un mismo contexto. Pasamos del amor al odio entre jóvenes en segundos, de camaradería instantánea, de amor a primera vista, pero sin ninguna consistencia, pues no hay ninguna mirada a lo que vendrá.

Es una película de disfrute instantáneo con el reconforte de una buena música, pero que no tiene una gran esencia potencial en la profundidad que busca ni en su análisis alocado de la juventud. 

Acerca de Susana Peral

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