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Crítica de El hombre de las mil caras. Entre pillos anda el juego

Correcto thriller que mezcla con eficacia las formas del viejo cine de espías con unas gotas de picaresca cañí.

Alberto Rodríguez se ha convertido en uno de los realizadores que mejor ha sabido adaptar las características propias del thriller a la realidad española. Sus películas de los últimos años no solamente ofrecen las habituales dosis de acción y suspense características del género, sino que lanzan una mirada crítica sobre la época que retrata en cada filme, un elemento que emparenta sus largometrajes con el viejo cine negro.

Crítica de El hombre de las mil caras

En Grupo 7, la cinta que inició su interés por los filmes policíacos, seguía los pasos de un puñado de agentes de la ley que se encargaba de limpiar la degradada Sevilla previa a los fastos de la Expo 92. Su siguiente película, la celebrada La isla mínima, nos trasladaba a los difíciles tiempos de la Transición, aquellos donde la sombra del dictador Francisco Franco todavía no se había desvanecido del todo, para mostrarnos las investigaciones de un brutal crimen en las marismas del río Guadalquivir.

Crítica de El hombre de las mil caras

El hombre de las mil caras prosigue en cierta manera este particular análisis de la realidad española a través de un caso que conmocionó a la sociedad de la piel de toro de mediados de los noventa: la fuga de Luis Roldán, el que fuera director general de la Guardia Civil, después de ser implicado en diversos casos de corrupción política. Rodríguez se centra en la figura de Francisco Paesa, la persona que accedió a protegerle en su huida de España, y que acabó traicionándolo.

El autor de After, que ha escrito el guion junto a su habitual Rafael Cobos, ofrece un trabajo que se apropia las formas de las viejas cintas de espionaje de la Guerra Fría y las combina con elementos propios de la picaresca española.

En el fondo, Francisco Paesa, ese antiguo agente de los servicios secretos españoles, no es más que una suerte de Lazarillo de Tormes que no duda en mentir a casi todos para su propio beneficio, aunque sea bastante más inteligente y frío que el protagonista de la célebre novela española del siglo XVI. A la vez,  la película nos enseña la escasa habilidad del gobierno socialista al manejar un caso de corrupción que fue conocido más allá de las fronteras españolas y precipitó su caída.

Como suele ocurrir en las cintas dirigidas por Rodríguez, el envoltorio visual es irreprochable. Álex Catalán  pone de manifiesto que es uno de los mejores directores de fotografía que existen en España al dotar a las imágenes de una elegancia más propia del viejo cine de Hollywood que la mayoría de las producciones nacionales de este siglo XXI.

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Por otra parte, el cineasta hispalense vuelve a sacar partido de su espléndido reparto. Sobresalen de manera especial un genial Eduard Fernández, que dota de la necesaria frialdad y cinismo a el hombre de las mil caras al que hace ilusión el título, y un no menos estupendo Carlos Santos, responsable de inyectar patetismo y cobardía al que fuera el jefe de la Benemérita.

Quizá haya que reprocharle a este correcto largometraje que se encuentre por debajo de La isla mínima, un trabajo que generaba una fascinación que aquí nunca se alcanza. Las razones las encontramos en un guion demasiado farragoso en ocasiones y la insatisfactoria labor de los responsables de peluquería y maquillaje que, en caso como la caracterización del político Alberto Belloch, parece más propia de un mal programa de humor televisivo que de una cinta que pretende tomarse en serio.

Crítica de Julio Vallejo Herán.

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