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Crítica de Un monstruo viene a verme. No sin mi madre

Sensible historia maternofilial con elementos fantásticos y cuidado envoltorio visual que encuentra su talón de Aquiles en su tono excesivamente lacrimógeno.

El realizador Juan Antonio Bayona parece empeñado en ofrecernos una y otra vez melodramas sobre las relaciones entre madres e hijos, aunque los disfrace con ropajes de otros géneros. En El orfanato, su debut en el largometraje, tomaba las formas de un filme de terror, mientras que en Lo imposible, su segunda película, aparecía bajo la apariencia de una cinta de catástrofes.

Imagen de Un monstruo viene a verme

En Un monstruo viene a verme, el cierre de esta particular trilogía, reincide en el tema recurrente de su todavía corta carrera cinematográfica, aunque adornándolo con la vestimenta de un producto fantástico infantil.

Crítica de Un monstruo viene a verme

Basado en una novela homónima de Patrick Ness, el largometraje nos cuenta cómo un preadolescente asiste al rápido empeoramiento del estado de salud de su joven madre, enferma terminal. En medio de esta traumática situación, el chaval recibirá las visitas de una criatura que le contará diferentes historias.

Con ayuda de un guion firmado por el autor del libro en el que se inspira el filme, Bayona nos regala una película sobre el poder que tienen las narraciones en nuestras vidas. Lo hace a través fundamentalmente de las historias del grandioso ser que visita al menor protagonista. Unas creaciones que comienzan siendo parecidas a los cuentos infantiles, donde los personajes son de una pieza y la diferencia entre el bien y el mal está muy bien delimitada, para ir convirtiéndose en relatos más llenos de claroscuros donde la fantasía se va diluyendo con la triste realidad del pequeño. Al mismo tiempo, asistimos al proceso de maduración de un chico que deja la infancia para asumir los sinsabores de una vida adulta que se acerca poco a poco.

El realizador despliega su capacidad para el espectáculo en estos paisajes fantásticos. Especialmente acertada resulta a este respecto la forma en la que visualiza las primeras historias a través de animaciones que recuerdan la estética de las pinturas de acuarela.

Por el contrario, el cineasta catalán tropieza al intentar provocar la lágrima del espectador a toda costa. Hay un regodeo un tanto insano y algo marrullero en los encuentros finales entre la madre y el hijo, que buscan de manera desesperada causar el llanto por todos los medios. Parece como si el realizador considerara que los espectadores son meros perros de Pavlov que responden mecánicamente a un estímulo de manera unívoca.

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Son precisamente estos instantes sensibleros los que deslucen una producción técnicamente impresionante, donde deslumbran desde la envolvente banda sonora Fernando Velázquez hasta la sombría fotografía de Óscar Faura.

Lo mismo se puede decir de un conjuntado reparto en el sobresale un espléndido Lewis MacDougall, capaz de enternecer al público en su papel de chico traumatizado por la enfermedad de su madre y el acoso escolar que sufre de sus compañeros de colegio. No menos acertados son los trabajos de una tierna Felicity Jones, en el papel de su progenitora, y una magnífica Sigourney Weaver, que da vida a una abuela aparentemente fría.

En resumen, Un monstruo viene a verme es un producto comercial visualmente cuidado y sensible al que quizá haya que reprocharle que recurra a algunas fórmulas demasiado trilladas y un tanto marrulleras para lograr que el espectador se emocione.

Crítica de Julio Vallejo Herán.

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