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Crítica de “Yo, Daniel Blake”. Estupendo drama social ganador de la Palma de Oro en Cannes

Retratar los temas sociales es parte, mayoritariamente, de la filmografía de Ken Loach. Le gusta radiografiar escénicamente las injusticias del mundo, sobre todo buscando el fondo humano, exactamente denunciando la falta de ello, y en “Yo, Daniel Blake” la actualidad, en ésta época apellidada crisis donde las personas pasan a ser meros números.

Daniel Blake, es un carpintero de 59 años, que recientemente ha tenido que dejar de trabajar por problemas cardiacos. Sus médicos no le dan el alta laboral, por ello se ve obligado a reclamar una invalidez que le es denegada, pues piensan que es apto para trabajar y le obligan a buscar trabajo si no quiere perder los derechos que adquirió con sus años de cotización. En la salas de Job center, Daniel se ve enredado en la maraña administrativa actual, pero tendrá como aliada a Rachel, una madre de dos hijos, que también necesita la ayuda del estado, pero solo se encontrará de primeras con la de éste hombre que a falta de trabajo le podrá dar su amistad.

Crítica de "Yo, Daniel Blake"

Por  momentos puede parecer que parte de la cinta posea situaciones bastantes predecibles, pero lo que se plasma no es la previsibilidad si no en ciertos instantes lo que el ser humano piensa que solo le queda como salida, justificable o no contar en pantalla y ser utilizado en demasía. No es un caso, ni situación, ni reacciones aisladas, sino uno de tantos de los que oímos y vivimos.

Denuncia a la burocracia, a las instituciones y sus normas. Todas ellas en sí contradictorias. Como siempre añade a una buena temática unos diálogos excelentes, a veces son un poco trabalenguas del círculo vicioso en el que se encuentra el protagonista, dando paso a la visibilidad al ciudadano de a pie si tiene que recurrir a reclamar sus derechos.

“Yo, Daniel Blake” posee el poder de describir la lapidación del factor humano como tal en la sección administrativa para dar paso a la modernización con la informática como herramienta única, pero sobre todo lo que enfoca es la imposición de eso mismo desde las altas esferas. De la obligación de ceñirse a unas cifras, y no a unos hechos o circunstancias concretas.

Comenzar como ese blanco y negro, con los diálogos del protagonista con su test para un diagnóstico de una invalidez por enfermedad, nos dará las pautas para seguir una trama totalmente emocional pero ante todo humana y realista.

Veremos como la realidad palpable en las situaciones supera a las ficciones o malas pesadillas en esos ámbitos que podamos pensar. La impotencia del ser humano ante la incapacidad de empatía por parte del sistema ante los problemas sociales es tan grande, que aquí se ha querido no solo reflejar el hecho de lo que le sucede al protagonista principal, si no que ha añadido compañeros de viaje en pantalla, que nos mostrarán otros tantos problemas más que añadir a la lista.

Añadir como valor principal a la vida la amistad y la comprensión es otro hándicap que posee “Yo, Daniel Blake”. Lo positivo es esa madurez de no solo ceñirse a un caso, si no incluir en la película más aspectos de la dejadez de la administración por los más necesitados, sobre todo ante sus derechos y la burocracia que se crea a su alrededor, que no es ni más ni menos que retrasar lo que a cada uno le corresponde.

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