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Crítica de La bella y la bestia (2017). Vistosa copia

Puntuación:

El resultado es un producto de laboratorio con un envoltorio muy cuidado, pero que no acaba de conmover. Los protagonistas reales, unos simplemente correctos Emma Watson y Dan Stevens, no tienen la química que sí tenía los dibujos de hace un cuarto de siglo.

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El director Bill Condon realiza una cuidada, monótona y algo impersonal versión en imagen real de la película homónima producida por Disney en 1991.

La empresa del ratón Mickey parece empeñada en exprimir al máximo alguno de sus más grandes éxitos con la poco arriesgada estrategia del remake.

La táctica consiste en realizar versiones con personajes de carne y hueso de algunos de sus títulos animados de la compañía. La estratagema ha funcionado financieramente bien con las recreaciones de 101 dálmatas, La cenicienta, Maléfica –adaptación de La bella durmiente– y, especialmente, El libro de la selva y Alicia en el país de las maravillas.

La bella y la bestia, uno de los hitos artísticos y comerciales de Disney, ha pasado por este particular proceso de reciclado. Una recreación que tiene el difícil reto de igualar a un clásico que ha formado parte de la educación sentimental de los niños de las últimas décadas.

Los directores Gary Trousdale y Kirk Wise, ayudados por el guion de Linda Woolverton y las canciones de Howard Ashman y Alan Menken, lograron una pequeña joya del entretenimiento con la historia de amor entre un príncipe encantado con apariencia de monstruo y una joven adicta a la lectura que sabe valorar algo más que la apariencia física. El largometraje conseguía combinar de manera precisa musical, comedia, romanticismo y elementos fantásticos en una particular adaptación de la narración literaria popularizada por la escritora francesa Jeanne-Marie Leprince de Beaumont.

Crítica de La Bella y la Bestia

Crítica de La Bella y la Bestia (2017)

Bill Condon, responsable de la notable Dioses y Monstruos y de las dos vergonzosas últimas entregas de la saga Crepúsculo, se limita en la versión en imagen real a ejercer de artesano que ofrece lo que se espera más o menos de él. La cinta demuestra que Disney no ha reparado en gasto, ofreciendo un espectáculo que hace gala de un espléndido diseño de producción, donde destacan el vestuario y los decorados, aunque el resultado sea bastante menos entretenido y emocionante que su referente de hace más de un cuarto de siglo.

Por otra parte, los deseos de sus responsables de rendir tributo al clásico de la animación impiden que la película sea una obra verdaderamente autónoma. A todo ello hay que añadir que la mayor duración no parece muy justificada y que los escasos cambios respecto a su principal modelo no aportan demasiado.

El resultado es un producto de laboratorio con un envoltorio muy cuidado, pero que no acaba de conmover. Los protagonistas reales, unos simplemente correctos Emma Watson y Dan Stevens, no tienen la química que sí tenía los dibujos de hace un cuarto de siglo.

No obstante, hay que destacar el buen trabajo de los secundarios. Luke Evans convence como el bravucón Gaston, mientras que Josh Gad provoca la sonrisa con su amanerado sirviente LeFou. También logran hacer creíbles a sus personajes un tierno Kevin Kline, en el papel del padre de Bella, y Emma Thompson, que consigue igualar el trabajo que realizó la gran Angela Lansbury en el rol de la tetera cantarina.

El resto de breves cameos de estrellas solamente aportan un poco de glamour a un entretenimiento vistoso que pretende seguir sacando réditos económicos de su magistral modelo.

Crítica de Julio Vallejo Herán.

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