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Crítica de Bella durmiente. Un clásico no animado

Puntuación:

Fuera cánones, fuera tabúes, fuera prejuicios tanto en narrativa como en el contexto que se refleja y quiere destacar. Una apuesta valiente la de Arrieta y una apuesta arriesgada la de Capricci, como distribuidora de regalarnos películas nada convencionales como Bella durmiente.

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Adolfo Arrieta ha convertido La bella durmiente en una original Bella durmiente, adaptada a la actualidad, a nuestros años y con nuestros conflictos temporales.

Solemos decir que las películas infantiles y su contenido distan mucho de estar meramente dirigidas a ese público y que el fondo, en muchos casos, encierra mucho más para los adultos.

Crítica de Bella Durmiente

Además si ya añadimos la forma, el producto en sí, será una excelente propuesta para deleitarnos donde la fotografía, color, enfoque y diálogos envuelven un clásico en un escaparate de la sociedad y sus deseos, pero también sus miserias.

En el reino de Kentz habita la Bella Durmiente con hechizo que ha hecho que lleve casi 100 años esperando a su príncipe. En un reino cercano, Letonia, el príncipe y apuesto Egon cree en esa leyenda que le contaron desde pequeño, y cuenta las horas para que llegue el día oportuno para quitar el embrujo. Mientras tanto el sigue con su vida, tocar la batería y de fiestas donde conocerá a Maggie, arqueóloga de la UNESCO, quien le ayudará en lo que su padre no cree.

Adolfo Arrieta ha convertido La bella durmiente en una original Bella durmiente, adaptada a la actualidad, a nuestros años y con nuestros conflictos temporales, pero sin perder el toque de poesía que contiene la historia en sí.

Mucho plano fijo en las primeras secuencias, como presentación de los personajes ambientado situaciones actuales al cuento clásico, y pasando a la actualidad lo que el tiempo no borra, la esencia del ser.

Otro matiz a destacar es el color, no definido en su totalidad, pero sí característica de toques difusos y colores imponiendo así un aire de su época, de su sello como temporalidad pasado y presente, deformando como si de un sueño se tratase la trama en sí.

Esto diferencia mucho la presentación de un clásico no animado en el planteamiento de Arrieta en comparación de las factorías americanas. Aquí el dejarse llevar, el color, la moraleja y su tono en los diálogos es mucho más sencillo pero a la vez sofisticado porque cada parte conlleva intrínseco el poder de combinarse con el resto de factores para regalarnos una cinta llena de interpretaciones pero con un mismo fin: soñar con la libertad de la persona y su poder de decisión.

Los planos fijos y a veces estáticos nos evocan la estimulación del actor, de su planteamiento del personaje y de verse en un escenario, que ya pudiera ser en vivo y en directo, pues se palpa su naturalidad y expresividad corporal en todo momento, enriqueciendo su papel y lo que define.

Fuera cánones, fuera tabúes, fuera prejuicios tanto en narrativa como en el contexto que se refleja y quiere destacar. Una apuesta valiente la de Arrieta y una apuesta arriesgada la de Capricci, como distribuidora de regalarnos películas nada convencionales como Bella durmiente y que hay que atreverse a ver para deleitarse con la cámara, con la palabra y con interpretaciones que sobresalen.

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