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Crítica de Como la espuma. ¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir amor?

Puntuación:

El director español ambienta su película de historias cruzadas en una orgía, aunque deje en un segundo lado el aspecto más sexual para hablar de romanticismo y las relaciones de pareja.

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Bienintencionada mezcla de drama y comedia romántica que no acaba de funcionar por los diálogos sentenciosos, la impersonal puesta en escena y el irregular trabajo de su reparto.

“¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?” La mítica cita del gran cómico Groucho Marx dejaba patente lo pacatos e hipócritas que somos al hablar de atracción física y la necesidad que tenemos de utilizar eufemismos para referirnos a ella.

Crítica de Como la espuma

Roberto Pérez Toledo, prolífico realizador de cortos como Los gritones y Eurofan, va en sentido opuesto al célebre humorista estadounidense en Como la espuma. El director español ambienta su película de historias cruzadas en una orgía, aunque deje en un segundo lado el aspecto más sexual para hablar de romanticismo y las relaciones de pareja.

El autor de En otra vida y Los amigos raros aborda, a medio camino entre el drama y la comedia, diferentes tramas amorosas que pretenden reflejar las distintas formas de querer. El cineasta canario vuelve a mostrar su tendencia a los diálogos interminables, su gusto por abordar la homosexualidad al descubierto o dentro del armario, y su preocupación por tratar las relaciones sentimentales de las personas con algún tipo de discapacidad física, como ya quedaba patente en Seis puntos sobre Emma, su ópera prima en el largometraje. Por otra parte, Pérez Toledo no pasa la oportunidad de hacer referencia a alguno de sus cortos y cuenta con protagonistas de sus famosas piezas de escasa duración, como Sara Sálamo, Adrián Expósito o David Mora.

No obstante, a pesar de los inmejorables propósitos, Como la espuma fracasa en casi todos los aspectos. Uno de los grandes problemas recae en los diálogos sentenciosos y teatrales que resultan sumamente forzados y bastante artificiales. Lo mismo se puede decir de una puesta en escena funcional y sosa que impide que la historia tenga el dinamismo que pide a gritos.

Tampoco el guion acaba de sorprender por la irregularidad de las diferentes partes y la sensación de encontrarnos ante una película que mezcla tramas que podrían haber funcionado como cortos independientes, pero no acaban de combinar bien entre ellas en un trabajo de mayor duración.

A todo ello hay que añadir la escasa convicción con la que está mostrada la orgía que sirve como marco para el filme y el irregular trabajo del reparto, donde solamente sobresalen dos de los actores más veteranos: la espléndida Elisa Matilla y el siempre convincente Sergio Torrico.

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