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Crítica de El gran Showman. Había una vez un circo

Puntuación:

Vistoso y ameno musical biográfico centrado en las peripecias de Phineas Taylor Barnum, empresario de variedades que popularizó los denominados freak shows.

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El musical cinematográfico es un género que goza de una mala salud de hierro. A pesar de encontrarnos lejos del esplendor de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta del siglo XX, cada cierto tiempo aparece una cinta que muestra que sigue vivo. El 2016 fue el año de  La ciudad de las estrellas (La la land), una carta de amor al género en su vertiente más clásica, mientras que El gran showman, la gran apuesta de 2017, prefiere acercarse más al estilo colorista y videoclipero de Moulin Rouge. Curiosamente, ambas producciones comparten letristas de sus canciones: Benj Pasek y Justin Paul. Si bien en la galardonada película dirigida Damien Chazelle  se optaba por un tono más cercano al jazz, el largometraje de Michael Gracey prefiere decantarse por los sonidos propios del R&B y la música urbana actuales.

Como en la citada Moulin Rouge, quizá el gran referente de El gran showman, una historia ambientada en el pasado lejano, la vida del empresario circense Phineas Taylor Barnum, se mezcla con los ritmos actuales en un pastiche posmoderno que pretende contentar a jóvenes y veteranos.

Gracey, fogueado en el campo de los efectos visuales y director de anuncios de televisión, sabe dotar de una brillante apariencia visual al conjunto y consigue que los numerosos musicales se integren de manera más o menos orgánica en la historia del biografiado. No obstante, el guion, en su deseo de primar la ligereza sobre la profundidad, acaba convirtiendo la película en a un espectáculo ágil, pero también demasiado banal.

Se agradece que la cinta apueste por la defensa de la diferencia, especialmente al mostrar la discriminación que sufrían en el siglo XIX la mayoría de los artistas circenses, y su denuncia del racismo, a través de la pareja que forman los personajes de Zac Efron y Zendaya, un rico actor y una trapecista afroamericana, pero nunca ahonda demasiado en estos aspectos. Está lejos de la dureza con la que abordaba Tod Browning el mundo de los freaks en La parada de los monstruos, mientras que la historia de amor nunca alcanza la intensidad romántica de Romeo y Julieta. Parece como si los responsables del filme no quisieran provocar excesivo desasosiego entre el público.

Por otra parte, el retrato del biografiado resulta demasiado tópico. La forma en la que refleja la vida de un hombre hecho a sí mismo cae en numerosas ocasiones en el lugar común, mientras que no se profundiza en su lado más oscuro: sus ansias de notoriedad y su deseo a toda costa de ser apreciado por las altas esferas intelectuales y sociales, aunque ello supusiera minusvalorar en cierta forma a todos aquellos que le habían permitido hacerse famoso y ganar una fortuna.

En definitiva, El gran showman alcanza su objetivo como pasatiempo, gracias a su acabado técnico y a un conjuntado reparto encabezado por un carismático Hugh Jackman, pero no resulta memorable debido a un guion, obra de Jenny Bicks y Bill Condon, demasiado ligero y una irregular selección de temas musicales, donde solamente brillan la bailable The Greatest Show y la sentida balada Never Enough.

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