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Crítica de Un océano entre nosotros. Crónica de un fracaso

Puntuación:

Colin Firth y Rachel Weisz aportan intensidad a una historia que prima los dilemas morales a la aventura marítima.

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El director James Marsh ha conseguido el reconocimiento comercial con dos historias de superación. En Man on Wire, el documental por el que consiguió el Óscar, nos contaba la gesta de Philippe Petit, un hombre que caminó en un alambre en el espacio que existía entre las dos Torres Gemelas del World Trade Center.

Igualmente épica resultaba La teoría del todo, biopic que resumía los años de juventud de Stephen Hawking, un científico que logró merecido prestigio a pesar de pasar gran parte de su vida en una silla de ruedas.

Un océano entre nosotros podría ser el contrapunto de los más célebres trabajos del autor de Proyecto Nim. Al igual que los títulos aludidos, nos encontramos con una historia real, aunque en esta ocasión estemos ante la crónica de un fracaso.

La película sigue las peripecias de Donald Crowhurst, un veterano de la Real Fuerza Aérea Británica, que se lanzó a participar en la Golden Globe Race, una competición que consistía en dar la vuelta al mundo en barco sin hacer escalas. El particular marinero hizo creer durante gran parte de su viaje que iba a cumplir el reto, aunque su relato estuviera teñido de mentiras y trampas.

Marsh, que se apoya en un guion de Scott Z. Burns, prefiere decantarse por el retrato humano de un protagonista acosado por sus dilemas morales antes que ofrecernos un relato de aventuras al uso. El realizador perfila a un hombre deseoso de lograr la admiración de sus seres queridos que comenzó a dudar de su hazaña antes de comenzarla siquiera. Una vez iniciada se vio en la obligación de mentir para no defraudar las esperanzas de sus familiares y aquellos que le apoyaron en su aventura.

Nos encontramos ante el particular calvario de un tipo normal desbordado por las circunstancias que será víctima de sus propios remordimientos y acabará rogando esa piedad a la que hace referencia el título original del largometraje (The Mercy).

El cineasta británico plasma en imágenes el particular calvario de su antihéroe con el particular academicismo que ya dejó patente en cintas como The King o la mencionada La teoría del todo. La película tiene ese halo de corrección tan propio de las producciones respaldas por la BBC, aunque quizá se echa de menos algo más de riesgo en la puesta en escena. Además, el guion cae en numerosas reiteraciones en la segunda parte del filme, un aspecto que provoca una ralentización de su ritmo narrativo.

Por el contrario, el largometraje destaca en su aspecto interpretativo. Colin Firth aporta sensibilidad y fuerza a ese hombre que se embarca en una misión de la que tiene más dudas que certidumbres, mientras que una espléndida Rachel Weisz deja patente con sus impresionantes miradas la resignación de una esposa que debe dejar a su marido marchar, aunque sepa que tiene más posibilidades de fracasar que de lograr el éxito.

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