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Crítica de Matar a Dios. Apocalypse Now

Puntuación:

Divertido cuento grotesco donde se aprecian las influencias de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, los hermanos Coen o las películas de Álex de la Iglesia.

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RIP, el cortometraje de Albert Pintó y Caye Casas, se encuentra por derecho propio entre los mejores de género fantástico producidos en España durante esta segunda década del siglo XXI. Allí la pareja de realizadores nos mostraba la historia de una esposa que se empeña por todos los medios en preparar un buen entierro a su marido, aunque el supuestamente fallecido se empeñe en vivir. Con mucho humor negro, los dos directores lanzaban bastantes dardos a la institución familiar y el matrimonio.

Crítica de Matar a Dios

Rodada casi a la vez que aquel pequeño filme, Matar a Dios comparte tono y actriz, la inmensa Itziar Castro. En esta ocasión, la película nos muestra cómo la vida de cuatro pobres diablos dará un vuelco cuando reciban en Nochevieja la visita de un hombre que asegura ser Dios.

Caye y Pintó nos dibujan a una serie de personajes patéticos que, a pesar de sus muchos defectos, el espectador acaba tomando cariño. Una esposa insatisfecha, un marido machista, un padre desesperado después de la muerte de su esposa y un hombre trastornado por el abandono de su novia son el cuarteto que se enfrentará a un enano con apariencia de mendigo que dice ser el todopoderoso y está empeñado en iniciar el Apocalipsis. Eso sí, el supuesto Dios es todo menos compasivo y se parece bastante a la entidad inmisericorde que se describe en el Antiguo Testamento.

Con mucha mala leche y unas gotas de absurdo, los cineastas se ríen del egoísmo y las bajezas del ser humano con un sentido del humor que no le hace ascos a lo grotesco. Hay en su particular estilo rasgos que recuerdan a los Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro de Delicatessen, los hermanos Coen de Arizona Baby o las películas de Álex de la Iglesia.

No obstante, el largometraje no sería lo mismo sin su estupendo reparto. Brillan con luz propia la citada Castro, espléndida en la piel de una mujer cansada de su aburrido matrimonio; Eduardo Antuña, como ese hombre celoso y heteropatriarcal, y Emilio Gavira, realmente amenazante como Dios inclemente.

Quizá haya que reprocharle al conjunto un cierto tono teatral y algunos baches en la narración, pero es indudable que nos encontramos ante una notable ópera prima de unos directores a los que habrá que seguir la pista.

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