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Crítica El vicio del poder

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Mckay, destaca por llevar de una manera liviana la historia, con astucia y con una voz en off de narrador muy original en todo el metraje. Nos va narrando la historia, con ironía, con sorna, poniendo el dedo en la llaga, y siendo al mismo tiempo riguroso en mostrar una parte de la personalidad que aunque pudiera quedarse en lo personal, sobresale en lo profesional, la de la persona de Cheney, que a veces parece un personaje digno de su propia caricatura.

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Adam McKay ha pasado en 10 años de sus comienzos con comedias a llegar a centrarse en guiones y direcciones de películas de relatos de historias reales con calado político y económico donde la ironía y la puesta en bandeja a debatir sobre la ética profesional es todo uno. Ya lo hizo con La gran apuesta y se reafirma con El vicio del poder.

El vicio del poder abarca la vida del exvicepresidente de Estados Unidos Dick Cheney, de donde salió y hasta donde llegó, y ante todo, como lo logró. Aquí hay que ver que otro personaje igual de importante que él, es su mujer, que desde la sombra mantiene el poder en todo momento.

Después del visionado, ya a sabiendas que va a ser así, tal y como tenemos el plantel político internacional, la credibilidad de los altos mandos del estado queda más en entredicho, y puede que incluso más, si vemos y nos reafirmamos en que todo viene de lejos, que no será ni el primero ni el último que medrará por su bien y por su ego, más allá de los intereses de un país.

Mckay, destaca por llevar de una manera liviana la historia, con astucia y con una voz en off de narrador muy original en todo el metraje. Nos va narrando la historia, con ironía, con sorna, poniendo el dedo en la llaga, y siendo al mismo tiempo riguroso en mostrar una parte de la personalidad que aunque pudiera quedarse en lo personal, sobresale en lo profesional, la de la persona de Cheney, que a veces parece un personaje digno de su propia caricatura.

En el guion se alternan los problemas personales con los profesionales, los intercala para ver lo que pudiera influir en las decisiones que toma. Son 132 minutos que no se hacen largos, que puede que no sorprendan en su contenido pero sí en su forma, los hechos se saben pero no cómo sucedieron, y ahí dando la forma de una realidad con ficción funciona a la perfección con el espectador, siendo dinámica pero sin excederse.

Christian Bale interpreta con soltura a su personaje, se nota que ha medido no pasarse en la gesticulación, en sus movimientos  y en su sonoridad con la voz, es comedido y resulta muy verosímil, en ese cuerpo que dista mucho del suyo. Una interpretación que sorprende por la pulcritud de su semblante, consiguiendo que uno no empatice con él, por ser como era realmente Cheney.

Acerca de Susana Peral

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