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Crítica de El silencio de la ciudad blanca. Clichés de thriller con sabor local

Puntuación:

Un flojo guion y el vacío esteticismo malogran esta adaptación al cine de la novela homónima de Eva García Sáenz de Urturi dirigida por Daniel Calparsoro.

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Daniel Calparsoro se ha convertido en un director esencial a la hora de hablar del thriller español. En sus comienzos desarrolló una suerte de autoría acercándose a cierta estética cercana al cine independiente estadounidense e interesándose por personajes que vivían en los márgenes de la sociedad. No obstante, con el paso del tiempo, ha optado por productos más comerciales donde aparece más como un artesano al servicio del producto que afronta en cada paso. En ambas etapas, el realizador ha dado más importancia al aspecto visual que al dramático. El silencio de la ciudad blanca vuelve a dejar patente más sus defectos que sus virtudes.

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Adaptación del best seller homónimo escrito por Eva García Saénz de Urturi, la cinta nos muestra a un traumátizado policía que investiga una serie de crímenes que se asemejan a los ocurridos veinte años atrás, cuyo culpable se encuentra en la cárcel.

Calparsoro muestra la ciudad de Álava, donde transcurre la acción, con un esteticismo de postal y otorga al conjunto un aspecto visual que puede recordar a ciertos thrillers de los noventa. De hecho, el guion guarda algunos más que evidentes puntos de contacto con clásicos de aquella década como El silencio de los corderos y Seven.

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Sin embargo, el director es incapaz de dotar de emoción y fuerza aquello que cuenta. Tampoco el deficiente guion, firmado por Roger Danès y Alfred Pérez Fargas, ayuda. Los personajes secundarios apenas están esbozados y la trama acumula agujeros y licencias que acaban por hundir la película.

A todo ello hay que sumar una deficiente labor del reparto. Javier Rey realiza una interpretación monocorde como el atormentado investigador, mientras que Belén Rueda parece inadecuada para un papel que exigía una mujer más joven. Igualmente desaprovechados se encuentran Manolo Solo y Aura Garrido, que poco pueden hacer con unos roles inconsistentes.

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En definitiva, El silencio de la ciudad blanca es otro producto de usar y tirar que se puede situar entre los peores trabajos del cineasta, justo al lado de mediocridades del calibre de Combustión o El aviso.

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