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La piel que habito. Un cocktail de sensaciones con regusto amargo

Ayer tuvimos la ocasión de disfrutar de una oportunidad única, una de esas invitaciones que no se pueden rechazar, la gente de Warner Madrid nos invitó a un pase especial de la última película de nuestro querido Pedro almodóvar, ‘La Piel que habito’; un pase con una muy grata sorpresa la presencia del mismísimo director manchego que nos presentó su nuevo trabajo en persona, junto con su hermano, y que viene a demostrar una vez más la importancia de la red para la difusión de las nuevas producciones cinematográficas. Cada vez se cuenta más con nosotros y Pedro no quería ser menos, eso si, solo nos pidió un favor, que dejáramos reposar su película durante la noche, y así hemos hecho.

Muchas gracias a Warner por la invitación, la camiseta y los deliciosos canapés posteriores y a Pedro por obsequiarnos con su presencia, algo muy de agradecer.

Almodóvar se aleja por una vez de sus anteriores registros, de su universo particular (tengo la sensación de que no tanto) para adentrarse en un género desconocido, en terrenos escabrosos, en el thriller cercano al terror, remitiendo quizás al maestro Hitchcock, aunque con algunos puntos en común con alguna de sus anteriores películas, cómo ‘Átame’, dónde Banderas también ejerce de secuestrador.

La película nos cuenta cómo el doctor Ledgard (Antonio Banderas), eminente cirujano plástico, se interesa por la creación de una nueva piel a raiz de un accidente de coche que sufre su mujer, dónde resulta gravemente quemada. Doce años después consigue cultivarla en su laboratorio, aprovechando los avances en materia celular. Pero a partir de ese momento, tendrá que traspasar unos límites hasta entonces terminantemente vetados: la transgénesis con seres humanos. Aunque no será ése el único crimen que cometerá.

El film tecnicamente es perfecto, cuenta con colaboradores habituales de Almodóvar, como el director de fotografía José Luis Alcaine, el montador José Salcedo, y el músico Alberto Iglesias, que demuestran su altísimo nivel y dotan a la película de fuerza e identidad propia en cada uno de sus apartados. Otra cosa es el reparto, dónde unos cumplidores Antonio Banderas, Elena Anaya y Marisa Paredes alternan buenos momentos interpretativos con otros diría casi grotescos, dónde uno no sabe si Almodóvar busca ese efecto o es víctima de la película, que le supera.

Otros miembros del reparto, no todos, desentonan, hieren la narración casi definitivamente, y son víctimas de un guión demasiado arriesgado, una acrobacia hacia el abismo de la que sólo la maestría y el saber hacer del maestro manchego la salvan de convertirse en una de las decepciones del año. Aún así la película se convierte en un, nada despreciable, cocktail de sensaciones con regusto amargo.

Una película loca, cómo no podía ser menos, que no logra profundizar; un espectáculo original, entretenido, en el que Pedro arriesga, da todo lo que lleva dentro, no tenemos dudas sobre eso, pero no acierta. Su previsible giro final queda demasiado cerca del ridículo, en una trama, a ratos incómoda, a ratos fascinante. Pero eso si, con identidad propia, la de Pedro Almodóvar.

Rafael Calderón Luna. Nota: 6,5.

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