Analizamos la adaptación a la gran pantalla de la novela del mismo nombre escrita por Markus Zusak y publicada en 2005.
Con La Ladrona de libros no cometí la equivocación de haberme leído el libro antes de visionar la película, como me ocurrió con El médico y su adaptación al celuloide, que no me gustó nada. En esta ocasión fui con una visión plana sin ninguna anotación en mi mente al respecto y salí ganando, porque las imágenes me contaron y plasmaron lo que en escena veía no lo que hubiera leído con anterioridad o mi imaginación hubiera recreado de las líneas leídas.
Por eso dejo para el resto, el hecho de si la adaptación de La Ladrona de libros es buena o no, meramente me pararé a relatar lo que en sí me trasmitió la película que fue mucho y sobre todo por verme inmersa en un cuento que no es tal, donde las palabras tienen un poder muy importante, siendo ésta una cinta apta para soñadores por y para el cine.
La ladrona de libros, que llega este viernes 10 de enero a nuestras pantallas, está basada en la novela juvenil homónima que ha sido llevada a la gran pantalla por Brian Percival, quien es ya un experto en recrear ambientes de época, al estar curtido en la dirección de la serie Downtown Abbey, habiendo ganado con la misma un Emmy en 2011.
Durante la Segunda Guerra Mundial muchas familias se ven obligadas a realojar a sus hijos con otras distintas para asegurarles un futuro mejor, y mucho más si son del bando perseguido. Este es el caso de la pequeña Liesel (Sophie Nélisse ) que de repente ve como sus referentes familiares cambian de buenas a primeras, ahora pertenece a la familia Hubermann, donde el padre Hans (Geoffrey Rush ) es un trozo de pan y en cierta forma será su aliado en esa casa, enseñándole a leer para que pueda defenderse en la vida.
Por otra parte se encuentra la madre, Rosa (Emily Watson), que a primera vista no deja sacar sus sentimientos y pone una coraza entre ella y Liesel, manteniendo siempre con ella una cierta distancia. Pero encuentra un sentido en esa nueva vida que tiene, jugar con un vecino y entretener con sus lecturas a un refugiado que su padre tiene que admitir como una deuda del pasado, ese que siempre vuelve. Para ello coge prestados libros de una biblioteca de la casa de un alto cargo del gobierno alemán, con lo que ello puede acarrearle en un futuro, pero ella prefiere correr el riesgo de tener en su poder una lectura, que haga que sus días sean más llevaderos y así poder soñar con el poder de las palabras.
Es una historia de dignidad, amistad, de superación y de respetar los principios de cada uno sin pisotear a los demás. Donde la lealtad está reflejada de tal manera que es una arma de supervivencia para con uno mismo, sin perder la identidad ni el coraje por los pensamientos que hacen superar el día a día, como suele pasar en todas las guerras, donde cada bando marca su terreno.
Un relato en todo momento poético y conmovedor, donde la narración que hace La muerte, un personaje importante y destacable en este film, hace que profundices en la historia, en cada uno de los personajes, en sus sentimientos más profundos, en las pérdidas y en lo que queda por vivir. Sorprende que sea un personaje como La muerte la que en cierta manera relate una vida densa y profunda, que merece la pena vivir a pesar de las penurias, hasta llegar al final de la misma que no es otro que ese personajes tan peculiar aquí, que nos espera a cada uno de nosotros y en este caso nos narra cómo y porqué es el devenir de cada uno de los protagonistas y cuando les llega su hora.
Una buena ambientación con los decorados, una música que atrapa, sobre todo en las escenas que la niña tiene un mayor protagonismo donde el piano entra en escena para mostrar más densidad si cabe en su mirada (inmensa por cierto) y en sus palabras, y unas actuaciones que están a la altura de la trama y que responden todas a lo esperado por el calibre de los actores.
Solo por esa secuencia donde Liesel entra en una biblioteca y su cara se ilumina del tal manera que vuelves a la niñez, como si estuviera dentro de una juguetería, o como si fuera un niño entrando en una chocolatería, merece la pena ver la película.
Porque en La ladrona de libros se le da importancia a lo que lo merece, en este caso, la palabra, esa que cargada de sentimientos es un puro alimento para el alma y cuerpo.